2024/03/01

Capítulo 48: Miedo

Me sentía más pesado que de costumbre, como si hubiera comido hasta reventar. Peor, a decir verdad. No, era como si algo estuviera pesando sobre mí…

Abrí los ojos, mi visión difuminada hasta que logró adaptarse. Fue sólo entonces que pude apreciar bien mi entorno en medio de la tenue oscuridad, encontrándome con la mirada de un joven delgado pero musculoso de cabello castaño y ojos azules tan afilados como un águila que ahora expresaban una perversidad que hizo acelerar mi ritmo cardíaco.

Traté de quitarme a Eldmar de encima mientras gritaba por ayuda e intentaba agarrar mi espada. Incluso quise sacar al Lamento Invernal de los guantes pétreos, pero nada funcionó.

Presa del pánico, noté con horror cómo mi boca estaba tapada por una especie de bozal, reconociéndolo como un objeto mágico de uso restringido debido a que impedía que la voz de una persona sea escuchada. Mis muñecas estaban atadas por unas esposas que identifiqué como supresores de qí, evitando el uso de magia. Incluso el Almacenamiento Pétreo, tan sencillo como es, requería de al menos una pizca de energía mágica para funcionar, por lo que el Lamento Invernal estaba sellado al igual que mis dotes preternaturales, dejándome sólo con mi cuerpo reforzado que no rivalizaba con el de Eldmar.

—Perra quisquillosa —susurró el aristócrata, acercando su cara a la mía mientras me agarraba por la mandíbula para mantener el contacto visual a la fuerza—. Esta vez no tienes escapatoria. Un poco de magia del aire es más que suficiente para evitar que tus amiguitos se enteren.

Mi corazón latía tan rápido que por un momento pensé que saldría volando fuera de mi tórax, mi cuerpo temblando ante la mera idea de lo que podría ocurrir a continuación. Sentir el peso de Eldmar encima del mío y aquella asquerosa cosa que ahora estaba casi tan dura como el acero me hizo sentir una repulsión indescriptible, todo mi organismo pidiéndome a gritos que escapara de ese lugar.

Traté de moverme, aunque sea un solo centímetro, pero mis esfuerzos eran pisoteados como si no fuesen nada. Mis piernas estaban igualmente atadas que mis manos, mi torso pegado con firmeza al suelo por culpa del peso de Eldmar, mi cabeza incapaz de golpear el piso para provocar ruido y alertar a los demás debido a la sólida mano del aristócrata.

Entonces, el pánico se convirtió en puro horror.

¡NO, NO, NO! ¡Aléjate, aléjate! ¡FUERA!

Sin importar cuanto suplicara para mis adentros, parecía que los dioses sólo se burlaban de mis intentos. Eldmar mostró una sonrisa repulsiva, acercando su mano derecha hacia mi pecho y manoseándolo.

Quería gritar, pero el ruido nunca salió del bozal. Quería moverme, pero mis movimientos estaban restringidos. Quería al menos suplicarle a algún dios bondadoso, pero mis pensamientos estaban desordenados.

En esa situación, sólo podía llorar. Miserablemente, las lágrimas rodaron por mis mejillas mientras sentía con un nudo en el estómago como aquel hombre jugaba con mi cuerpo, probándolo como si no fuera nada más que un objeto para causar placer y restregando su cosa como quien trata de frotarse las manos en un intento de protegerse del frío invernal.

Me sentía débil, indefensa y endeble. No podía hacer más que resignarme al castigo inmerecido de aquellos que trascendían la mortalidad o sólo de un cruel destino, sintiendo asco de mí misma mientras mi cuerpo reaccionaba positivamente a los estímulos. No quería y, aun así, mi organismo parecía desearlo.

No…

Escuché la ropa desgarrándose y rompiéndome, sintiendo el ligero calor del interior de la carpa cuando parte de mi pecho quedó al descubierto.

No, no…

Esos sucios labios ahora se acercaban a mis rubíes, haciéndome sentir el horror y la repugnancia que ahora se mezclaban en una cacofonía interna.

No, no, no…

Violento sería un eufemismo. Uno tan asqueroso que me hacía querer vomitar y llorar al mismo tiempo. Me retorcía mientras sentía cómo su cosa ahora amenazaba con anexarse a mis partes íntimas.

¡NO!

Horror. Eso era lo que predominaba en mi alma, como un huracán que arrasaba con una ciudad. Como un tornado que destrozaba los campos, un maremoto que hacía añicos las playas y asentamientos, un terremoto que despedazaba las tierras, una sequía que mataba a todo ser vivo de la más absoluta hambruna, una ola de calor que aniquilaba la vida con una catastrófica deshidratación, una avalancha que destruía todo un pueblo a su paso.

Miedo.

Cerré los ojos y apreté los dientes, deseando que al menos podrá suprimir el sufrimiento hasta lo más recóndito de mi mente. Recordé lo ocurrido en la Ciudad de Cravich, aquellos sentimientos multiplicándose hasta lo que parecía el infinito. Esperé, rezando a cualquier benevolente ser superior para que aquel asqueroso hombre no extendiera demasiado mi dolor.

Sin embargo, nada ocurrió… en más de un sentido.

El asalto de Eldmar se detuvo abruptamente cuando la tela que componía la tienda de campaña se desgarraba, dejando entrar la tenue iluminación del astro azul sobre los cielos nocturnos. La oscuridad impedía ver con claridad, pero la silueta de una joven que reconocí al instante fue visible, acercándose con la velocidad de una bala y su arma impactando contra el aristócrata.

Ambos salimos despedidos hacia las profundidades del bosque, alejándonos del claro. Me sentí aturdida, la confusión que me provocaba toda la situación socavando significativamente el horror anterior y el alivio actual. Fue sólo cuando un joven, que también logré reconocer al instante, me atrapó en el aire y aterrizamos con seguridad que pude organizar mis pensamientos.

Todo el grupo de clases estaba despierto, pero muchos se mantenían somnolientos y varios no intervinieron con un descaro despreciable. Sigurmon era inexistente por cualquier lado que viera, la figura borrosa de Ishtar Faelbrin moviéndose hacia a un parcialmente aturdido Eldmar Gandrud, quien tenía una profunda herida en el hombro derecho.

—T-Teressia —dijo Koigrim, bajándome de sus brazos. Sin darme cuenta, ya no tenía ningún supresor de qí o bozal mágico, seguramente destruidos por la gran y sorpresiva habilidad del joven potenciador.

Su mirada tenía una mezcla de pánico, preocupación y furia mientras trataba de enfocarse en mis ojos. Sentí mi mano temblar cuando toqué mi pecho expuesto, la baba aún persistente al igual que todos los sentimientos que plagaban mi mente.

—Koigrim… —susurré, sintiendo la firma empuñadura del Lamento Invernal entrando en contacto con mi mano derecha—… mátalos.

Apenas me paré a ver la sorpresa y determinación del joven potenciador, quien había pasado de su característica cobardía a una aguerrida ferocidad. Podía notar un leve temblor en sus manos mientras sostenía su peculiar hacha, hechos que no pude apreciar bien debido a que se movió con la velocidad de un rayo para bloquear la espada de Arnora Gissdor.

Mi mente se sintió… fría. Tenía que estarlo, lo necesitaba.

No miré cuando me moví, mis sentidos mágicos y mejorados siendo más que suficientes para esquivar un Disparo Fluvial. Di un pisotón, amplificando toda mi fuerza y velocidad al máximo con mi flujo marcial verde pálido hasta que sentí cómo mis músculos parecían estar a punto de estallar por el poder.

Lamento Invernal ni siquiera tuvo que usar su magia para desgarrar la carne de Sara Gandrud, quien poseía una mirada que mezclaba diversas emociones; sorpresa, determinación, éxtasis, perversión… y ahora miedo.

Su brazo izquierdo cayó limpiamente, el grito llegando tarde cuando Lamento Invernal se hundió en su pecho. El flujo marcial azul oscuro con tintes verdes pálido trataron de protegerla, pero todo el qí que llevó detrás el encantamiento Cero Absoluto fue más que suficiente para destrozar su corazón.

Su cadáver, junto con sus dagas largas, cayó al suelo con un ruido sordo. Sus ojos sin vida parecieron penetrar mi alma, enviándome un punzada de incomodidad que rápidamente hundí en las profundidades más oscuras y recónditas de mi mente.

Hice caso omiso a los gritos de algunos alumnos y a la pelea entre Koigrim y Arnora, dando un pisotón para impulsarme hacia donde estaba mi siguiente enemigo. Ishtar parecía estar haciendo retroceder con efectividad a Eldmar, pero el aristócrata estaba aprovechando al máximo la defensa y el entorno para protegerse y atacar en un bucle tenaz.

Al ver mi inminente llegada, trató de esquivar hacia un costado y evitar al Lamento Invernal que irradiaba poder. Lo logró, pero a costa de perder la mitad de su brazo derecho cuando Ishtar atacó con un corte vertical.

Eldmar pudo mantener parte de su compostura, aunque el miedo era palpable en sus ojos. Su equilibrio se mantuvo parcialmente, su espada imbuida con su flujo marcial verde pálido siendo suficiente para bloquear el siguiente ataque de Ishtar, pero no para defenderse contra el mío.

Lamento Invernal cortó la pierna izquierda de Eldmar hasta por unos centímetros por encima de la rodilla, enviando más sangre hacia el bosque. Su piel palideció aún más, pero no se comparó al horror que infundían sus ojos en cuanto vio cómo sus fluidos vitales cubrían como una segunda piel mi sable mágico, copiando al Manto Puntiagudo.

Sólo me di un segundo para verlo a los ojos, apreciar todo ese miedo en ellos, antes de lanzarme al ataque una vez más. La última.

Eldmar soltó un grito de agonía cuando su cuerpo fue partido en dos desde la cadera. Su torso salió volando, desprendiendo sangre y vísceras como un asqueroso festival mientras sus piernas caían, inertes, lejos de él. Su dolor fue expresado a través de aullidos que parecían penetrar los tímpanos, aquello apagándose casi tan rápido como su vida y dejando un silencio sepulcral que sólo fue interrumpido por la caída del cadáver de Arnora, ahora decapitada y sin un brazo.

Miré el cuerpo sin vida de Eldmar. Había sido más fácil de lo que pensé acabar con él y su prima, quienes se enorgullecían que eran prodigios entre sus familias. ¿Había sido gracias a las peculiares circunstancias que sus existencias se apagaron con tanta rapidez? ¿O es que mi sentido del tiempo y esfuerzo se habían distorsionado por mis sentimientos? Sea lo que sea, no sentía nada más que vacío ante la victoria.

—Teressia…

Fue sólo gracias a Ishtar que logré salir de mi ensueño, sintiendo su cálida mano caer sobre mi hombro. La miré, sus ojos dirigidos a un lugar que reconocí de inmediato con una mezcla de preocupación y furia, esta última obviamente dirigida a los culpables.

Sentí, entonces, el temblor en mi cuerpo. Primero empezó con un simple movimiento de un par de milímetros, luego de centímetros… hasta que se sintió como estar desnuda ante la intemperie de un frío invierno que calaba hasta los huesos.

Mis rodillas cedieron, haciéndome caer. Me encorvé mientras agarraba las partes de mi uniforme de entrenamiento, tratando de tapar a duras penas mi piel descubierta a la vez que sentía cómo un nudo se formaba en mi estómago. El líquido empezaba a filtrarse de mis ojos, mi garganta escupiendo murmullos desgarradores e inentendibles.

Entonces... lloré.

Capítulo 47: Una oportunidad lejana

Debido a que el clima gélido de Irlad es producto de la magia de Irena la Tempestad Glacial, en el territorio ocurren ciertas peculiaridades, algunas con respuestas y otras que siguen envueltas en misterio. Una de estas últimas es el hecho de que muchas fuentes de agua jamás se congelan a pesar de las bajas temperaturas.

—Ah, sí… así está mejor —suspiré con una sonrisa, remojando mis pies en el agua fría del río.

La aparición del lindworm había sido repentina debido a la poca probabilidad de que algo así ocurriese. Aunque no tuve tiempo para notarlo en el momento, el qüelio parecía estar huyendo del bosque. Bueno, en realidad parecía ser que había llegado del este según los rastros de destrucción que dejó, así que el Hörgr de los Antiguos seguramente fue algo que se metió en su camino.

Sea lo que sea, la muerte del lindworm resultó en un gran botín. Debido a que no todos participaron en su asesinato, sólo unos cuantos nos llevamos una porción del cadáver. Tuve que batallar un buen rato para conseguir beneficios dignos, siendo Sigurmon Rögragg, Eldmar Gandrud, Sara Gandrud y Arnora Gissdor los principales obstáculos en ese proceso.

Aunque casi le corto la cabeza ahí mismo a Sigurmon por la injusticia, Ishtar y hasta Koigrim lograron calmar las cosas. Nuestra insistencia pudo hacer desistir a esos arrogantes aristócratas sobre la igualdad en el tema del cadáver.

Lejos de miradas indiscretas, Ishtar y yo nos alejamos del grupo principal y nos dirigimos a un río. Aunque corta, la pelea contra el lindworm representó una cantidad considerable de sudor que ahora nos teníamos que limpiar. Koigrim, por obvias razones, estaba haciendo lo mismo en otro lugar.

—¿Y bien? —preguntó Ishtar mientras nos desvestíamos.

En primera instancia, estar desnudo con otra persona me parecía vergonzoso en el mejor de los casos. La joven wandiolense era realmente atractiva, aunque el principal problema era que me sentía inseguro con estar con otro como nuestras madres nos trajeron al mundo.

Sin embargo, la pregunta de Ishtar ayudó a quitarme esa inquietud y concentrarme en otra cosa.

—¿Y bien qué? —repliqué, alzando una ceja.

—Sobre Koigrim —explicó Ishtar—, ¿ya estás más calmada con el tema de que se parece a ese tipo?

—Bueno… sí, más o menos —respondí, algo dudoso—. En tu caso pude disociar la idea de la guerra contigo gracias a que el contexto fue muy peculiar. Después de todo, justo pude sacarme un gran peso de encima al deshacerme de esos tres y no tenía gran parte de la frustración cegándome.

» El tema con Koigrim es… diferente. Jandrio dejó una marca aún más significativa en mi vida, pues el Imperio wandiolense había quedado en segundo plano durante mucho tiempo. Él estuvo a mi lado casi todo mi viaje, así que el dolor de su traición me destrozó.

Mis nudillos se volvieron blancos mientras recordaba cómo me contaba acerca de su relación con el Culto de Kraknak.

—Ahora mismo puedo tolerar a Koigrim —dije después de una respiración profunda—, pero no creo que pueda verlo como un amigo. Un compañero, a lo mucho.

—Bueno, es un comienzo —dijo Ishtar con una sonrisa, aunque luego puso seriedad en su expresión—. Perdón por ser entrometida, pero… ¿puedo saber más de tu relación con Jandrio?

Me quedé en silencio, dubitativo. Sabía bien las lagunas que dejé en mi historia al contarle a Ishtar sobre el Guerrero Errante, por lo que entendía bien su curiosidad al respecto. De hecho, poco o nada le había contado sobre mí.

Cerré los ojos… y suspiré, mezclando un bostezo por alguna razón.

—Te ganaste mi confianza —admití—. Creo que lo que más odié de ti es que yo estaba… estoy rota, mientras que tú te mantienes como si nada. No sé si soy fuerte o no, pero estoy segura de que tú sí lo eres… o al menos eso quiero creer, ya que significa que al menos tengo a alguien más en los momentos difíciles.

» Creo que es mejor que te cuente todo desde el comienzo.

Dejando vagos los detalles al respecto de mis relaciones dentro de Dírdin más allá de lo importante, sentí que la voz se me quebraba en ocasiones. Tener que recordar lo que sufrí fue más que doloroso, pero no me detuve a pesar de la obvia preocupación de Ishtar.

Me sentí débil, indefenso. Abrirme de esa forma era poner mi fe en la otra persona, algo de lo que empezaba a arrepentirme en ciertas partes de mi relato. Al igual que con Jandrio, mi confianza había sido ganada rápidamente… y temía que fuera escupida una vez más.

Incluso así, continué. Necesitaba creer que las personas buenas seguían existiendo, gente sin intenciones ocultas. Me repetía que Jandrio había sido un caso especial, tanto que me creí lo que me decía una y mil veces. ¿Quizá el mayor de mis fallos era depender tanto de otros? Saberlo o no, sabía que sería doloroso.

Cuando terminé, sólo quería estar acostado para siempre, escondido en una habitación donde nada podría hacer sufrir… otra vez.

Ishtar, ahora sólo vestida con la camiseta blanca y ropa interior, se mantuvo en silencio. Su mirada contenía sentimientos ilegibles, su ceño ligeramente fruncido en lo que parecía dubitación.

—No soy muy buena en este tipo de situaciones —admitió tras un silencio corto pero significativo—, pero… un camino lleno de piedras siempre será complicado, tropezarse puede ser común. Incluso así, siempre tienes la opción de dejar de seguirlo… o continuar. Tú continuaste, Teressia, y eso te vuelve fuerte.

Fuerte, repetí para mis adentros. ¿Soy fuerte… o simulo serlo?

—Llegaste lejos —continuó Ishtar—, más de lo que se podría esperar de cualquiera. Perder a tu padre, a tu hogar y a tus amigos… ver a tu país caer, cómo todo tu entorno quiere reducirte a pedazos… seguir viajando a pesar de todo, ganar un torneo para beneficiarte no sólo a ti, sino también a tu madre y hermana… y aún más, mucho más, hiciste para llegar hasta aquí.

» Ser fuerte no significa ganar siempre, sino continuar.

Me quedé en silencio. Segundos, minutos, antes de cerrar los ojos y soltar un largo suspiro que se mezcló con un bostezo, por alguna razón.

—Gracias.

*

Nos bañamos en silencio por un tiempo extensivo. Necesitaba esa falta de palabras para pensar, calmar mis pensamientos aún inquietos, y lograr actuar como si nada para no dejar que el pasado interviniera en mi mente.

Y vaya que sirvió.

—Teressia —dijo Ishtar de repente, ambas ya limpias y vestidas.

Hice un gesto suave con la cabeza para que siguiera.

—Quise decírtelo antes, pero… —Ishtar dudó un momento—… mis padres son traficantes de esclavos.

Abrí los ojos un poco, pestañeando varias veces.

—Bueno, me esperaba todo menos eso —declaré—. No sé bien qué pensar de eso, pero…

—Mis padres, Albus Terencio y Elvia Faelbrin, no son sólo traficantes —interrumpió Ishtar, mirándome con seriedad—. Son los que tienen una gran parte del mercado a disposición, teniendo el mayor negocio en todo el sur del Imperio wandiolense.

Sólo asentí en silencio, no dispuesto a ser interrumpido otra vez.

—Ellos… —dijo Ishtar, dudando—… Existe la posibilidad, no tan baja, de que en todo su mercado estén… la gente de tu pueblo.

Mis puños temblaron mientras trataba de contener las distintas emociones que se arremolinaban en mi mente, calmándome lo suficiente como para hablar normal.

—¿Eso… es siquiera posible?

—Existen los registros —aclaró Ishtar—, aunque puede ser casi imposible encontrar los que necesitamos. Incluso si conseguimos los del tráficos de esclavos krulmonianos, hay que indagar entre todos ellos y centrarnos en la región de tu pueblo. Aún si eso es posible, recuperarlos puede que cueste una fortuna… o sea imposible.

Asentí, entendiendo bien la situación. Cientos, sino miles, de esclavos fueron traficados tras la guerra. Incluso si conseguíamos encontrar a los de Dírdin, las personas que los compraron podrían pedir el mismo dinero que gastaron o más. Eso o que directamente se nieguen a pesar de lo que pidamos a cambio.

—Una oportunidad —murmuré—. Lejana, pero existente… eso es todo lo que necesito.

—Mis padres no son malas personas —dijo Ishtar de repente—, a pesar de que sean bastante estrictos. Lo que pasa es que nacieron y fueron criados en un entorno donde ellos tenían que actuar como otros aristócratas si no querían ser devorados vivos por la política.

» Es por eso que puede que sea difícil conseguir su aprobación en esto. Incluso así, sólo necesitamos perseverancia.

—Entonces, que así sea —sonreí—. Cuando terminemos de estudiar en Romtus, nos iremos a tu casa y haremos que tus padres permitan esa oportunidad.

Ishtar asintió, sonriendo.

*

Luego de un tiempo, regresamos con el grupo principal. El campamento ya se había establecido hace rato, ubicándonos en lo profundo del Hörgr de los Antiguos. 

Era un amplio claro cerca del mismo río en el que nos habíamos bañado, ahora el lugar estando ocupado por varias tiendas de campaña que eran un auténtico surtido de ostentación. Todos parecían pavos reales mostrando sus colores a una hembra, aunque en este caso la fémina era el simple orgullo que tenían todos. Incluso el profesor Sigurmon Rögragg se molestó en unirse a la pompa, aunque no debería de ser una sorpresa teniendo en cuenta su personalidad.

Mientras me reunía con Koigrim para entablar una conversación y convencerme de que no tenía sentido sentirme mal por su presencia, armé mi propia carpa junto con Ishtar. El joven potenciador (con afinidad hacia la magia del aire, por cierto) ya había preparado su propia tienda de campaña de antemano, por lo que nos hizo compañía con la charla y unas pocas ayudas.

En el proceso, pude soltar un buen par de risas gracias a algunas conversaciones de otros estudiantes. Según lo que pude entender, se les había colado una ratatösk, un qüelio equivalente a las ardillas. Debido a que se suponía que tenían que estar atentos a su entorno, el profesor Sigurmon les dio una negativa al respecto.

Lo más gracioso fue saber que la persona más afectada por la intrusión fue Sara Gandrud, quien gritó de miedo al sentir al ratatösk escabullirse por su cuerpo. Aunque tarde, Koigrim se unió a la risa junto a Ishtar y yo, lo que provocó que recibiéramos miradas de parte de otros alumnos que mezclaban motivos diferentes de cada uno.

Un tiempo significativo después, donde hicimos una gran variedad de cosas junto con algunos alumnos en ocasiones (pescar, cazar, comer, etcétera), el sol ya había bajado lo suficiente como para que la oscuridad prospere. Con algunos haciendo guardia, Ishtar, Koigrim y yo nos fuimos a dormir.

Nuestras tiendas de campaña estaban separadas, la de Ishtar cerca de la mía y la de Koigrim con una distancia prudente. Al principio, tenía planeado dormir junto a la joven wandiolense, pero el profesor Sigurmon se había negado rotundamente, cosa que también hizo con el resto de estudiantes.

Estaba tratando de mantener su tapadera y evitar la mayor cantidad de sospechas posible, eso era obvio. El bastardo quería mantenerme lo más desprotegido posible ante cualquier ataque nocturno, cosa que sabía y de la que me preparé de antemano.

Con mis guantes pétreos firmemente en mis manos y una espada común lista para desenvainar a mi lado, me acosté. El interior de la carpa era bastante cálido gracias a un objeto mágico que servía de calefacción, mi uniforme de entrenamiento (que no pensaba sacarme por nada del mundo debido a su protección mágico) aportando con sus propios efectos preternaturales.

Quería mantenerme despierta el mayor tiempo posible a pesar de las obvias consecuencias que tendría, pero sentí los constantes ataques del sueño viniendo como un oleaje. Incluso así, me mantenía medio despierto por una única razón.

Podré recuperarlos, pensé con una ligera sonrisa. Si consigo que los padres de Ishtar acepten, tendré una oportunidad… lejana, eso sí, pero sigue siendo lo mejor que tengo. Sólo necesito tiempo.

Sí, tiempo. Eso era lo único que requería para salvar a todos los sobrevivientes de Dírdin de la esclavitud forzada del Imperio wandiolense. Anvún, Corenka, Ípiani, Gadwil, Drelfa, Danquiél y otros más que quizá lograron mantener sus vidas tras la destrucción del pueblo… todos podrían ser… rescatados…

Entonces, me quedé dormido.

2024/02/29

Capítulo 46: Una cálida bienvenida

Desde una edad temprana, Koigrim se destacó por la extrema velocidad detrás de cada uno de sus movimientos. Aunque su fuerza era destacable, la rapidez con la que podía ejercer sus ataques lo llevó a crear su técnica definitiva: «Diezmo Radiante», donde rehúsa a la defensa para lanzar un corte vertical desde la cabeza. 

Básicamente imbuye sus músculos con qí para aumentar la velocidad y potencia, dirigiendo toda esa energía mágica a su arma en el momento en que ataca para desatar un poderoso rayo de luz que destruye todo a su paso. La habilidad la había practicado desde niño miles de veces para hacerla lo más efectiva posible, por lo que era su as bajo la manga para cualquier situación.

Sin embargo, a pesar de ser un guerrero más que capaz, Koigrim tenía un severo problemas: era un cobarde.

Aunque conocía sus capacidades más que suficiente, aun así seguía siendo temeroso a cualquier batalla. Despreciaba su cobardía, desahogándose con el entrenamiento (la principal razón de que hubiese avanzado tanto con el Diezmo Radiante). Volverse prácticamente la burla de sus compañeros no había ayudado mucho.

Es por eso que vio en Teressia un faro de esperanza; a pesar de al principio haber demostrado ser incapaz de hacer algo para mejorar su situación, de un día para otro logró que tres talentosos y arrogantes aristócratas la dejaran en paz y hasta parecía que le temían. Al igual que el resto de la clase, Koigrim no perdió de vista el evidente hecho de que las tornas cambiaron.

Con esto dicho, el joven plebeyo trató más de una vez tratar de acercarse a Teressia. Sabiendo lo poderosa y determinada que era, le tenía una cantidad significativa de admiración.

Pero, por alguna razón, Koigrim descubrió con pesimismo que el Filo Glacial lo evitaba. Era como si rechazase su existencia, cosa que desanimó en gran medida al joven plebeyo. Por desgracia, le era imposible que la razón del soslayo de Teressia era, nada más ni nada menos, su apariencia.

Koigrim tenía facciones ligeramente atractivas y afiladas, con un cabello rojo largo que amarraba hacia atrás con frecuencia. Sus ojos negros grisáceos parecían perlas, su postura erguida y su cuerpo atlético dándole una figura distintiva.

Esa apariencia tan similar a Jandrio hacía revolver el estómago de Teressia, quien trataba de evitarlo a toda costa para no pensar en el Guerrero Errante. Aunque sabía bien que cometía el mismo error que hizo con Ishtar por sus orígenes wandiolenses, se decía a sí misma que no afectaría en nada ignorar a un alumno que probablemente no la tendría en cuenta al igual que los demás. Muy equivocada, por cierto.

Aunque Koigrim se mantuvo bastante pesimista al respecto y siguió con su vida, encontró una valiosa oportunidad en el examen trimestral. Con el Hörgr de los Antiguos como escenario, podría aprovechar el hecho de que toda la clase tendría que trabajar en equipo para entablar una amistad o al menos compañerismo con Teressia.

Así fue como se armó con valor para ser el primero en comenzar la conversación.

*

Mientras caminábamos hacia el Hörgr de los Antiguos, no pude evitar sentir mi estómago revolverse al ver cómo se acercaba aquel alumno de cabello rojo.

No es Jandrio, no es Jandrio…, me dije para tratar de hacer frente a lo que sea que quisiera de mí o Ishtar, pero…

Tomando una decisión bastante cobarde, me cambié del lado derecho de Ishtar al izquierdo. Ella alzó una ceja, mostrando clara confusión, antes de notar la presencia de Koigrim y fruncir el ceño una fracción de segundo antes de sonreír con intenciones obviamente peligrosas.

—Perdón por molestar. —dijo Koigrim al acercarse, evitando que pudiera insultar a los antepasados de mi amiga—. Buenos días, señoritas Faelbrin y Górmot.

Aunque sentí sorpresa debido a su formalidad y al hecho de que mencionó mi apellido, no pude evitar mostrarle una mirada peligrosa a Ishtar cuando ella se alejó de mi lado para que no hubiese nada que molestase en el campo de visión de yo y Koigrim.

—No hacen falta las formalidades —dije, medio resignado a hablar con él mientras le daba una mirada más afilada de lo que quería—. ¿Qué quieres?

—Sólo quería mostrar mis respetos —respondió con un atisbo de miedo en sus ojos.

—¿Respeto? —Ishtar alzó una ceja.

—Bueno, no todos los días se ve cómo una extranjera republicana infunde el miedo en tres aristócratas talentosos —explicó Koigrim, haciendo que ambas frunciéramos el ceño sin que él pareciera darse cuenta—. No sé qué hiciste, pero ver cómo ellos parecen huir despavoridos de ti fue… ¿eh?

Sus ojos se abrieron un poco al ver cómo una cúpula de aire nos cubría a los tres, casi imperceptible si no fuera por un atisbo de qí en ciertas zonas. Mutismo es un conjuro eficaz para evitar el escape de sonidos, pero mantener atrapada la mezcla de gases que constituye la atmósfera terrestre siempre significa limitar el oxígeno, así que no es un hechizo para uso extenso debido a obvios motivos.

Sin embargo, no necesitaba mucho tiempo en esta ocasión.

—Escucha, imbécil —dije con más brusquedad de la que quería filtrar—, no sé si seas tan tonto o sólo un descarado total, aunque apuesto todo a lo primero, pero hablar de ese tema de esa forma con más de una decena de potenciadores aristócratas arrogantes alrededor terminará con tu cabeza separada de tu torso algún día.

Koigrim abrió los ojos como platos al darse cuenta de su error, deteniéndose por un instante antes de continuar la caminata.

—P-Perdón —dijo con algo de miedo, aunque no podía diferenciar si surgía de sus palabras anteriores o mi trato hacia él. Quizá una mezcla—, a veces hablo de más.

—Bien, pero procura hacerlo cuando nadie te escuche o podemos vernos involucradas —advertí, relajando un poco mi tono—. Ya tenemos suficientes problemas entre manos.

Deshice Mutismo tras hablar, dándole una última mirada de advertencia a Koigrim. Pensando que la conversación terminaría ahí, aceleré un poco mi paso, por lo que ver que se mantenía a mi lado y escucharlo reanudar la charla me sorprendió.

—Dejando de lado mis idioteces —dijo, sonando más firme que antes—, quería saber algo.

—Habla.

—Estuve notando que me… ignoraste, cuanto menos —explicó, haciéndome fruncir el ceño—. No sé si estoy equivocado o algo, pero pareciera que…

—Me recuerdas a alguien —interrumpí, desviando la mirada con un suspiro mientras recordaba mi odisea hacia Irlad—, un tipo con el que estuve viajando junto con mi familia.

—Ah, ¿es ese cabrón? —comentó Ishtar, notándose su enfado hacia Jandrio. No le había contado mucho sobre él, pero le dejé en claro mi enemistad con el Guerrero Errante.

—Sí —asentí antes de dirigirme a Koigrim, quien fruncía levemente el ceño con una mirada pensativa—. Perdón por ignorarte, pero recordar a ese tipo me revuelve el estómago. Es sólo un reflejo, así que no te sientas ofendido o algo por el estilo.

—No pasa nada —desestimó el joven potenciador, mostrando lo que parecía ser una sonrisa sutil—, ya que eso significa que no hice nada malo para merecer eso. Aunque sea algo brusco, ¿qué tal si somos amigos?

Pestañeé varias veces, sorprendido ante lo repentino de la pregunta. Ishtar alzó ambas cejas varias veces en un gesto sugerente que me hizo gruñirle, aunque no dije nada para pensar bien.

Viendo con detenimiento las características físicas de Koigrim, no pude evitar sentir mi estómago revolverse al compararlo con Jandrio. Sin embargo, tenerle algún tipo de rencor a alguien por algo que no hizo era injusto y dañino tanto para mí como para la otra persona.

Si pude hacerlo con Ishtar, puedo hacerlo con Koigrim.

Incluso así, sólo asentí. Tenía el presentimiento de que mis palabras podían salir algo bruscas, por lo que tomé la decisión de esperar un tiempo para calmar mis sentimientos al respecto y entablar una relación normal sin que el pasado se interponga.

Koigrim mostró una sonrisa amplia mientras que Ishtar asintió varias veces para sí misma. 

Dejando de lado los posibles planes peligrosos de parte de mi amiga, el viaje al Hörgr de los Antiguos continuó con tranquilidad. Estaba relativamente cerca, por lo que su figura en la lejanía fue cada vez más visible hasta que pude distinguir sus rasgos con claridad.

El extenso bosque, el más grande de Irlad, está compuesto por todo tipo de equivalentes qintiquianos de las coníferas, predominando lo que parecen ser pinos de tronco blanco ligeramente azulado y hojas verde brillante que hacen que el lugar se asemeje a una gran esmeralda desde la distancia. Está flanqueado por un largo río por el oeste (que tiene un puente grande de roca maciza) y una pequeña montaña al este.

Ni siquiera tuve que concentrarme para registrar mis memorias sobre la flora, con el Hörgr de los Antiguos dándonos una cálida bienvenida de una forma más peculiar de lo que esperaba.

Apenas nos acercamos un par de metros a la entrada del bosque, una criatura emergió del enmarañado conjunto de árboles. Su cuerpo similar al de un reptil estaba cubierto por gruesas escamas de color verde pálido, sus fauces repletas de dientes tan afilados como cuchillas eran capaces de expulsar ácido, sus ojos brillaban de amarillo, su parte inferior era una cola de serpiente y sus únicas dos patas delanteras terminaban en afiladas garras. Su tamaño poco mayor al de una camioneta grande era amenazante.

No tuve que necesitar de un segundo vistazo para reconocerlo: era un lindworm, un qüelio que se dice es descendiente de los dragones, siendo considerado como un dragón menor. Aunque son originarios del norte, tienen una presencia relevante en el resto de Dinrat.

Incluso así, encontrarse con uno en tierras tan frías como lo era el Reino de Irlad podría ser considerado un hecho extraordinario. Que nos topáramos con uno apenas nos acercábamos al Hörgr de los Antiguos ensalzaba la idea de que tuvimos mucha buena suerte por un botín de ese calibre… o un golpe del destino por una muerte segura.

Bueno, ése sería el caso si sólo estuviera presente un solo mago común. Incluso yo tendría un par de problemas luchando contra un lindworm, aunque eso sería considerando mi estado anterior al progreso hacia el Reino de la Consolidación y la obtención del Lamento Invernal. Tenía el presentimiento de que podría ganarle tan poderoso como era ahora.

Rodeado de potenciadores de la academia de magia marcial más reconocida del continente… Bueno, no hace falta decir que el dragón menor no era más que un estorbo.

El primero en actuar fue Ishtar, como era de esperarse. A pesar de lo aguerridos que podían ser mis compañeros de clase, la joven wandiolense se destacaba como la más feroz.

Esquivando con fluidez al resto de alumnos, Ishtar avanzó hacia el lindworm. Soltó un rugido mientras saltaba, encestando un corte diagonal hacia la pata derecha del qüelio a la vez que desataba una Cuchilla Incendiaria altamente concentrada.

Cuando Ishtar aterrizó, una cantidad abundante de sangre se derramó mientras la extremidad verde del lindworm caía. Aprovechando que el equilibrio de la criatura se desvanecía, el resto de alumnos atacó con una combinación de armas y magia.

El cuerpo del lindworm se cubrió de múltiples heridas antes de que reaccionase, tomando una respiración corta y profunda antes de desatar un torrente de ácido que cayó sobre varios estudiantes. La magia, el uniforme y las capacidades sobrehumanas los salvaron de morir al instante, pero la piel corroyéndose era común entre ellos, en mayor o menor medida.

Aprovechando que el campo de batalla se amplió gracias a que muchos retrocedieron, avancé con paso rápido y fluido. Pude ver que Arnora iba a atacar, pero se detuvo abruptamente al verme, mostrando una mirada que no pude comprender del todo más allá de la falta del miedo.

Quiere que sufra alguna herida o hasta muera, concluí mientras desenvainaba mi espada. ¡Pues estás equivocada, perra!

Sonriendo de una forma más bárbara que pretendía, imbuí mi arma con un Manto Puntiagudo. Lancé un tajo horizontal hacia el estómago desprotegido del lindworm a la vez que conjuraba «Marea Cristalina», una magia criomántica avanzada que materializaba una densa ráfaga de estacas de hielo.

Mi espada no logró hacer un corte lo suficientemente profundo en las escamas verdes brillante del qüelio, apenas dejando entrever la carne debajo. Sin embargo, fue más que suficiente para una decena de fragmentos agua congelada abrieran la lesión y perforaran el interior del lindworm, quien se retorció entre ruidos guturales de dolor.

Cuando aterricé, tuve la suerte de moverme justo a tiempo para ver al siguiente en dar el golpe definitivo. Para mi sorpresa, fue nada más ni nada menos que Koigrim, quien siempre se caracterizó por ser cobarde ante aristócratas y durante casi todas las batallas.

En sus manos portaba un enorme hacha de doble filo con intrincados grabados que no pude distinguir más allá de una mezcla de amarillo y azul. El metal era de un negro frío que, por alguna razón, se me hacía extrañamente familiar y hacía resurgir una incomodidad en mi ser.

Koigrim se dejó expuesto al alzar el hacha sobre su cabeza, el lindworm tratando de dar un último ataque desesperado antes de lo que parecía ser un escape. Sin embargo, su torrente de ácido nunca llegó; cuando el arma bajó, una cantidad exorbitante de qí que erizó un poco el vello de mi nuca salió despedida como un haz de luz hacia el qüelio.

Debido a los rápidos movimientos del lindworm en un intento de atacar a Koigrim, la ofensiva del joven potenciador no dio donde debería. En vez de encestar una muerte rápida a través de la cabeza, gran parte del costado izquierdo del qüelio fue cortado, echando la sangre y las vísceras por el bosque.

Muchos nos quedamos medio paralizados ante el accionar repentino de Koigrim, pero no dejamos pasar por alto la muerte inminente del lindworm. El qüelio se tambaleó varias veces, tratando de escapar en un último acto desesperado, pero su huida se ralentizó lo suficiente por una mezcla de obvia pérdida de sangre y obstáculos como vegetación y rocas.

Antes de que alguien intentara atacar para rematarlo, el lindworm cayó sin vida.

2024/02/28

Capítulo 45: La calma antes de la tormenta

Viéndome en el espejo del baño, pude notar varios cambios.

En primer lugar, las ojeras habían desaparecido en gran medida y regresó el brillo en mis ojos. Mi postura era erguida naturalmente como antes, por lo que me veía un poco más alta de lo que en verdad era. Mis facciones afiladas parecieron atenuarse gracias a mi mirada determinada pero suave.

Aunque no le había prestado mucha atención antes, mi cuerpo también había cambiado para bien: mi busto había pasado de estar compuesto por dos limones a ser como dos pomelos, mis glúteos crecieron y se afirmaron, mis caderas anchándose y mi altura aumentando un poco. Mis músculos eran más grandes, manteniendo mi figura femenina, pero dando una apariencia igualmente imponente en cierto sentido. Mis manos callosas reflejaban el uso de la espada desde una edad temprana.

Al menos soy atractiva, me dije con un suspiro resignado. Bah, ya ni sé si es bueno o malo.

Anotándome mentalmente que algún día le daría una paliza a la entidad que me reencarnó como mujer, terminé de acomodarme el cabello. Amarrado hacia atrás, resaltaba bien mis ojos escarlatas.

Saliendo del baño del dormitorio, me encontré con Ishtar.

—¿Estuviste luchando contra un leviatán o algo? —se burló, mencionando un monstruo marino de proporciones bíblicas, nunca mejor dicho—. Un poco más y veía si te ahogaste.

—Me gustan los baños calientes —justifiqué con un gruñido.

Mientras Ishtar entraba al baño con su muda de ropa, agarré a Lamento Invernal (que estaba escondido debajo de la litera) y usé el Almacenamiento Pétreo tan pronto como los guantes rocosos se ajustaron a mis manos. Ya vestido con el uniforme de entrenamiento, con mi arma bien escondida, estaba preparado para lo que vendría el día de hoy.

*

El año escolar de Romtus se divide en trimestres, al final de cada uno ocurriendo un examen que consiste en un viaje de alrededor de una semana al Hörgr de los Antiguos, un bosque extenso al este de Rhönesis. El lugar toma su nombre del hecho de que alguna vez fue una especie de santuario del Imperio arévaco, una nación de antes de la colonización que rivalizaba con la Dinastía Xhen.

El viaje al Hörgr de los Antiguos tiene el objetivo de poner a prueba las capacidades y conocimientos de los alumnos. Con un profesor a cargo, se verifica qué tan bien pueden desempeñarse en un entorno hostil donde pedir la ayuda del maestro es igual a restar un punto al examen, el cual tiene una importancia significativa en las notas finales.

Estar dentro de un bosque donde los monstruos y qüelios abundan de por sí no puede ser agradable por sí mismo, pero tener que autosustentarse a la vez que se trata de no morir devorado cada noche por algún ataque aleatorio de una criatura mágica sumaba un estrés considerable. Aunque se podía llevar armas y ropa, todo lo demás estaba prohibido; para comer hay que cazar, para beber hay que recolectar y purificar el agua, para orinar y defecar hay que buscar y asegurar un área. El trabajo en equipo es clave.

Sin embargo, a pesar de todos los inconvenientes que supone el examen, siempre existen otros tipos de problemas. Como los profesor prácticamente desaparecen del escenario y sólo se ocupan de registrar cosas como el combate y ser autosustentable, la supervisión suele ser escasa.

Aprovechando eso, es claro para todos que alguien buscará problemas con otros para vengarse. Aunque el asesinato es casi un hecho mítico, no es inusual que dentro de los exámenes ocurran emboscadas nocturnas hacia alguna persona con la que se tenga enemistad. Los profesores no se involucran en ese tipo de temas más allá de evitar muertes debido a que la mayoría encuentros son de aristócratas contra los de su misma clase o plebeyos y extranjeros.

Para mi desgracia, sería Sigurmon Rögragg el encargado de supervisar el examen. Eso sólo significaba que cualquier acción en mi contra sería completamente ignorada si la muerte no estaba involucrada, cosa que no pasaría si estuviese Thyri Arnjøb; aunque es evidente su desprecio hacia los plebeyos y extranjeros, la Dictadora de Tareas al menos trata de mantener su fachada de profesora que sigue las reglas.

Es por esa misma razón que, mientras caminábamos toda la clase por las calles de la Ciudad de Rhönesis, Ishtar se mantenía a mi lado. Tan al tanto de la situación como estaba, mi fiel amiga se había consolidado con ayudarnos mutuamente a sobrevivir tanto del Hörgr de los Antiguos como del resto de nuestros compañeros académicos.

—Recuerden bien que esto no será una clase más donde los Campos de Garantía evitarán que mueran —advirtió Sigurmon mientras nos dirigíamos a la entrada este de la ciudad—. En el exterior, es posible que nada los salve.

Sabía que sólo estaba dando el sermón predeterminado para este tipo de exámenes, pero mi paranoia me hizo sospechar que había algo más oscuro detrás de sus palabras. No ayudó que, aunque medio difuso por la presencia del resto de estudiantes y el movimiento constante de la caminata, notara cómo su mirada parecía dirigirse a mí por el rabillo del ojo.

Sabe algo, me dije con preocupación, pero no creo que me mate él mismo. No, esto debe ser algo más enmarañado…

Entonces, recordé a ciertos personajes. Volteé levemente la cabeza para mirar a tres figuras en particular: Eldmar Gandrud, Sara Gandrud y Arnora Gissdor. Juntos como siempre, pude notar una ligera tensión en sus hombros y cómo compartían miradas sutiles.

Parece que los polluelos tratan de vencer al zorro, pensé con una leve sonrisa de comprensión. Aunque debería sentirme preocupado por tener a tres potenciadores talentosos queriendo patearme el culo, no puedo evitar sentir… expectación.

Incluso con el conocimiento de que los tres podrían vencerme si actuaban con auténtica perseverancia y coordinación, saber en qué tipo de situación me atacarían era ventajoso. Tal como lo había descrito antes, el examen trimestral era conocido por ser un momento donde los profesores dejaban pasar varias cosas por alto, así que matar a esos aristócratas arrogantes podría ser más fácil de lo que creía.

Sin embargo, mi expectación fue rápidamente agriada por un recuerdo de mi vida pasada y el trauma que aún llevaba.

No puedo matar.

Acabar con la vida de aquella pobre anciana cuando aún era Bruno Ezin había asentado en mi psique un poderoso miedo hacia el asesinato. Tenía pavor a la mera idea de volver a ser aquel hombre drogadicto que desperdició su vida en múltiples sentidos, matar a alguien siendo algo que me recordaba horriblemente bien los errores que cometí.

Quería matar a esos bastardos aristocráticos, en serio. Pero siquiera imaginarme cómo la vida se escapaba de sus cuerpos revolvía mi estómago, haciéndome dudar sobre qué decisión tomar al respecto.

Matar o no matar, esa es la cuestión, quería agregar un poco de comedia a mi situación, pero sólo sentí algo de repudio hacia mí mismo por desestimarla. A pesar de que en verdad necesito deshacerme de ellos, tengo demasiado miedo de volver a ser quien era.

Quizá no debía asesinarlos, pues eso sólo significaría volverme un auténtico enemigo de sus linajes y hasta de la aristocracia en general. Sus familias tratarían de matarme a toda costa en venganza y era posible que, cuando se revele al público lo que hice, las autoridades irladienses buscarían ejecutarme.

Sin embargo, dejarlos vivos también significaba dejar cabos sueltos que podrían causar más problemas a futuro. Con ellos vivos y manteniendo su rencor hacia mí, sería sólo cuestión de tiempo para que tratasen de hacer algo en mi contra. Y no estaba seguro de poder defenderme bien en ese momento.

Ah, esto ya está dándome migraña, pensé con un gruñido casi imperceptible mientras pellizcaba la parte superior de mi nariz.

—Hey, ¿está todo bien? —preguntó Ishtar, alzando una ceja en señal de confusión.

—Sí, creo —respondí, tronándome el cuello—, sólo un poco agotada.

—Bueno, quedarse estudiando casi toda la noche debe dejar secuelas más allá de volverte un camazot —se burló Ishtar, mencionando a un qüelio equivalente a los murciélagos.

—Ajá, como si releer más de cinco veces las cartas de tu novio no te convirtieran en una súcubo —contraataqué, mencionando a un demonio femenino que roba la vitalidad de los hombres hasta la muerte a través de las relaciones sexuales.

El rostro de Ishtar se puso casi tan rojo como un tomate, mostrándose claramente avergonzada.

—Bueno, al menos ya hice varias cosas —murmuró.

Gruñí ante su respuesta, pero no dije nada.

Tiene un punto, acepté a regañadientes. Ah, mierda, ¿por qué el destino no me concedió, como mínimo, la bisexualidad en este nuevo cuerpo? Al menos podría sentirme más atraído hacia las mujeres y no sufrir tanto con el sexo opuesto.

Rememorar las vergüenzas con hombres por culpa de las hormonas de la adolescencia, no pude evitar que cierta persona entrará en mi mente una vez más.

Jandrio, pensé con furia comprimida.

Desde que reveló ser prácticamente miembro del Culto de Kraknak, había tratado todo lo que pude para ignorar su existencia, enterrando todos los recuerdos sobre él en lo más profundo de mi mente. No quería recordar su cara de facciones notables, su voz medio grave, su figura corpulenta, su tacto algo áspero, su forma tan espectacular de luchar; nada. También era la razón por la que ignoraba a cierto compañero de clase muy similar a él.

La mención que le hice a Ishtar la otra vez había sido sin querer, como un reflejo. Saber que había recordado su existencia por mí mismo me hizo revolver el estómago.

Algún día pagarás por lo que hiciste, bastardo.

*

Tiempo después, ya habíamos salido de la Ciudad de Rhönesis.

El clima se mostraba tranquilo con un cielo despejado que dejaba caer la suave luz del sol carmesí sobre nosotros, mientras que la nieve típica de Irlad estaba a un nivel donde no molestaba demasiado. Nuestro paso fue relativamente rápido a través de los páramos congelados del lugar, el frío apenas sintiéndose gracias a la calefacción mágica de nuestros uniformes de entrenamiento.

Con eso dicho, no podía evitar sentirme nervioso. Ya había pasado por este tipo de situaciones donde la tranquilidad parecía ser sólo momentos antes de la tormenta, por lo que mis hombros se mostraban algo tensos.

—Hey, tampoco vamos a ir a una muerte segura —dijo Ishtar a mi lado, palmeando mi hombro—. Después de todo, con un arma todo puede ser derrotado y asesinado.

Sabía bien que sus palabras, medio en voz baja, habían sido una advertencia para el resto de la clase. Como es de conocimiento común, los potenciadores tienen sentidos mejorados que les permiten hazañas considerablemente increíbles comparados con una persona no-maga. Escuchar nuestra conversación era cosa fácil cuando estábamos tan compactados como grupo.

Bajé mi mirada hacia la empuñadura de una espada común envainada en mi cintura y, de forma imperceptible, a mis guantes pétreos. Sonriendo con seguridad, le mostré mi determinación a Ishtar a través de mis ojos.

Incluso si no puedo matarlos, les patearé el culo.

2024/02/27

Capítulo 44: Arma

Reencarnar en un mundo de espadas y hechicerías, que un dragón mitad demonio me cuente una profecía en un sueño que se hizo realidad, la aparición con el detective serpiente en Dírdin, hablar con el descendiente de uno de los Doce Grandes y hasta recibir su ayuda, el encuentro con Leigong y Yaara, el descubrimiento de mis dones sanguinománticos, el ataque único contra Ayana… Sí, dudo que hayan cosas que me sorprendan auténticamente después de tanto.

Y, sin embargo, ahí me encontraba yo: boquiabierto y paralizado, viendo cómo algo que debería haber sido imposible se hacía realidad frente a mis ojos.

Bueno, no es como que realmente hubiese pensado alguna vez que fuese el único que provenía de otro mundo. Incluso así, siempre creí que no me encontraría con nada demasiado relacionado a la Tierra dentro de un largo, pero un largo, tiempo.

Que ese sable abandonado por los dioses tuviese inscripciones terrícolas, y encima del único idioma que conozco de la Tierra, no podía ser nada más que el destino.

—¿Qué le ves de especial a esa espada? —preguntó Ishtar a mi lado, alzando una ceja en señal de confusión.

—Ya lo entenderás —respondí vagamente antes de dirigirme al vendedor, quien me miraba curioso—. Disculpe, ¿de dónde consiguió esa arma?

—La encontré cerca de las Madrigueras de los Desleales —respondió el hombre, mencionando un sistema de cavernas al sureste de Rhönesis que toma su nombre del hecho de que, durante varios años, varios traidores a la patria vivieron dentro para no morir a manos de las autoridades—, pero no es más que una baratija. Parece que el mago que la creó puso un encantamiento que evita que alguien la use, ya que la vaina es imposible de sacar.

—Entonces, ¿no le sirve? —pregunté, entusiasmado por la idea de no gastar un solo centavo.

—No precisamente —respondió el vendedor, encogiéndose de hombros—, ya que ningún herrero fue capaz de reciclar el material. De hecho, yo sería quien te pague si lo logras. Sería interesante de contar, después de todo.

—Bien, entonces veré qué puedo hacer.

El vendedor mostró una sonrisa medio burlona y medio interesada, yendo a buscar el arma para traérmela. Apenas la sostuve con ambas manos, sentí que el tacto era cosquilleante al principio antes de adaptarse como por arte de magia.

Sabiendo qué tipo de mundo es éste, sí puede serlo, me reí para mis adentros mientras deslizaba mi mano izquierda por la superficie del sable para verificar si no tenía alguna peculiaridad extra más allá de que el peso se amoldaba de forma perfecta a mis capacidades.

Luego de comprobar que era relativamente normal en otros aspectos, leí las palabras en castellano grabadas en la vaina mientras la sostenía por la empuñadura con ambas manos.

—«Lamento Invernal»… —murmuré. Es un nombre algo tétrico, pero sí que es…

Entonces, mi carril de pensamientos se desvió estrepitosamente cuando una energía desconocida y crepitante de poder se extendió desde mis manos hasta todo mi cuerpo. Apenas tuve tiempo para reaccionar con una exclamación ahogada cuando, de repente, la vaina prístina del sable se derritió y alcanzó mis manos, cubriéndolas como un líquido cosquilleante que tomó la forma de algo parecido a guantes de piedra.

La hoja quedó al descubierto: azul prístino, como hielo que fue ensuciado durante siglos, pero que mantuvo su extraña belleza. Irradiaba un poder místico, haciendo erizar el vello de mi nuca.

Al mismo tiempo que esto sucedía, sentí cómo palabras ajenas llegaban a mi mente. Era conocimiento de una persona desconocida, información que era transmitida desde la magia misma de la espada hasta mi cerebro. Aunque pude notar ciertas lagunas e inconsistencias, seguramente producto del pasar del tiempo, no pude evitar sonreír.

—T-Tú… —El vendedor de armas estaba pasmado, viéndome como el evento del siglo.

—Hey, ¿en serio desconocías este lugar? —dudó Ishtar, frunciendo el ceño con una mezcla de confusión y sorpresa.

—Bueno, hoy gané un arma y dinero.

*

—Bueno, hoy ganaste un arma y perdiste dinero —se burló Ishtar.

—Tú fuiste la que me incitó a comprar esas manzanas acarameladas —gruñí, cruzado de brazos sobre el borde de mi cama.

—Y tú fuiste la que decidió comprarlas —argumentó Ishtar, frunciendo los labios de forma infantil.

—Eso es manipulación emocional —me quejé.

—Sí, lo que digas —se burló Ishtar—. Entonces, ¿vas a contarme qué hiciste, en nombre de Krateria?

Ambos habíamos vuelto de las afueras de Romtus tras un tiempo de compras, donde mi manipuladora amiga me hizo gastar lo que conseguí del vendedor de armas en manzanas acarameladas absurdamente caras. Bueno, el precio valió bastante el sabor, ¡pero seguía siendo considerado un robo a mano armada!

Dejando de lado mi billetera herida, le había prometido a Ishtar al menos explicarle parcialmente lo sucedido con el Lamento Invernal. El sable se encontraba en su forma de no-combate, siendo sostenido por mi amiga wandiolense (ahora sentada con las piernas cruzadas), quien la inspeccionaba de cerca como si fuese una reliquia divina o algo por el estilo.

A pesar de eso, seguía indeciso sobre contarle siquiera la mitad de lo ocurrido. Incluso siendo la única amiga que tengo, el Lamento Invernal parecía tener una fuerte relación con mi vida pasada y sería difícil contar una cosa sin la otra.

Así fue como me quedé unos instantes en silencio, dubitativo, antes de hablar.

—Es un arma que parece no haber sido forjada por humanos —expliqué, teniendo cuidado sobre qué contar—. No sé el porqué, pero mostró tener un vínculo particular conmigo. Es así como la identifiqué como algo lo suficientemente peculiar como para preguntar por ella.

Ishtar frunció levemente el ceño, pareciendo no creer del todo mi explicación. Después de todo, explicaba la situación como si no fuese la gran cosa a pesar de que me había quedado en extremo impactado por la existencia del arma mágica.

—Su nombre es Lamento Invernal, según la información que fluyó de la espada a mí —continué—. Aunque hay lagunas e inconsistencias, puedo asegurarte que es incluso mejor que la espada de oricalco que alguna vez tuve. Entre sus habilidades, está la capacidad de fusionarse con los guantes para pasar desapercibido: Almacenamiento Pétreo, así que no hay problemas con las emboscadas de algún idiota.

—Eso es… bueno, supongo —dijo Ishtar, poniendo su cabeza sobre su palma mientras mostraba una expresión que no estaba del todo convencida—. No sé qué secretos guardes, pero ten por asegurado que no te presionaré.

—Gracias.

*

—Entonces, señorita Teressia, ¿piensa explicar por qué lleva guantes de piedra?

Thyri Arnjøb, tan imponente como siempre, me lanzó una mirada inquisitiva. Debido a que dudaba que a alguien le importase, había decidido llevar el Lamento Invernal en su forma de guantes como si fuese un accesorio más. Que la profesora de Teoría del Combate me interrogase de esa forma me hizo sentir un poco avergonzado ante la idea de qué pensarían de mi apariencia, pero no me dejé presionar demasiado.

—Algo interesante que encontré ahí —respondí con tono y mirada firmes—. Aunque no lo parezca, son bastantes cómodos.

Thyri entrecerró los ojos, manteniendo el contacto visual durante un segundo más del necesario, antes de negar para sí misma y volver a su escritorio. Sentí la presión de algunas miradas incómodas del resto de la clase, pero no parecía que a alguien le interesase lo suficiente mis extraños accesorios como para preguntar en voz alta.

—Entonces, ¿qué tal si lo ponemos a prueba más tarde? —En cambio, la única persona que me habló fue la casi siempre presente Ishtar a mi lado.

—No suena mal, pero hay que conseguir una sala de entrenamiento bien escondida de miradas curiosas —respondí casi con un susurro, aunque sabía bien que las capacidades de un potenciador promedio serían suficiente para escucharme a la corta distancia entre asientos—. As bajo la manga, ¿recuerdas?

Odiaba que todos los potenciadores tuviesen capacidades sobrehumanas como algo básico, pues significaba que sólo tenían que quedarse quietos para escucharme con total claridad. Sin embargo, también servía como una forma rápida de advertir a cualquiera de que tratar de hacer algo gracioso en mi contra sería recompensado con una posiblemente dolorosa paliza.

—Sí, creo que tengo un lugar que podría interesarte —respondió Ishtar, asintiendo más para sí misma que para mí—. Por cierto, sobre los…

—Señoritas, ¿tienen algo para aportar la clase? —interrumpió la voz imponente y recriminadora de Thyri.

Paralizadas, asentimos como animales al matadero.

*

El fin de semana me había imposibilitado el entrenamiento con mi nueva arma debido a la montaña de tareas que tenía pendientes, mayormente dejadas por Thyri. Insultando las raíces de su árbol genealógico por última vez, me aferré bien a la empuñadura del Lamento Invernal.

Ishtar me había llevado a una sala de entrenamiento en una de las esquinas más alejadas de la academia, prácticamente en los dormitorios femeninos. El lugar no era usado no tanto por su ubicación, que también, sino porque las mujeres suelen usar otros salones por cercanía y los varones temen adentrarse en el peligroso territorio enemigo que puede resultar la zona de las féminas.

Dejando de lado la poca interacción social que hay entre ambos sexos, la batalla inició.

Dando un pisotón, me propulsé hacia adelante y esquivé una estocada de Ishtar, usando gran parte de mi impulso para encestar un tajo horizontal que alcanzó su costado derecho. Sus reflejos brutales y un poco de magia pudieron haber sido suficientes para evitar daños, pero la habilidad de Lamento Invernal, «Abrazo Frío», entró en acción justo a tiempo.

Desde la herida se extendió un aura gélida con capacidades paralizantes, evitando que Ishtar esquivara debido que prácticamente se estaba congelando y siendo blanco fácil de mi ataque, el cual continuó su trayectoria con aún más ferocidad. Para cuando mi oponente logró retroceder, la lesión leve terminó por convertirse en una profunda hendidura en su uniforme y piel.

Sonriendo como una fiera, Ishtar apenas le hizo caso a su herida y avanzó una vez más. Esta vez, en cambio, lanzó un tajo diagonal que no hubiera hecho daño alguno en mí por la distancia si no fuera porque conjuró una Cuchilla Incandescente de proporciones bíblicas.

Viendo que sería casi imposible esquivar, opté por una contramedida mágica. Sosteniendo al Lamento Invernal con ambas manos, lancé un tajo vertical que llevó consigo todo el poder del encantamiento «Cero Absoluto».

Una tempestad de nieve y viento gélido salió de la hoja en la dirección que deseé, que en este caso sería hacia las llamas entrantes. Al parecer, Cero Absoluto es una versión especializada de Oleaje Inclemente; no puede afectar a muchos enemigos a la vez, pero es capaz de atacar a un solo objetivo con una fuerza titánica con una cantidad de qí menor a la que se esperaría.

La gigantesca Cuchilla Incendiaria fue anulada por Cero Absoluto, ambas magias deshaciéndose entre colores rojizos y azulados. La potencia de ambos conjuros resultó ser lo suficientemente alta como para que tardasen en desaparecer por completo, pero no fue difícil ver cómo mi oponente ya no estaba donde debería.

Haciendo uso de una combinación única de una explosión espontánea de agua, reflejos brutales y llevar al máximo las capacidades de mi cuerpo, me di vuelta hacia la izquierda. Lamento Invernal se interpuso entre la estocada de Ishtar y yo, el estruendo metálico resonando por la sala de entrenamiento.

En esta ocasión, la afectada negativamente por la situación no fui yo. En cambio, fue Ishtar quien sufrió la destrucción de su espada, la punta haciéndose añicos junto a toda la hoja hasta casi la mitad.

Sentí mis brazos adormecerse por el impacto, mis piernas siendo arrastradas un par de centímetros. Sin embargo, mi cuerpo y mi arma estaban en buenas condiciones, lo suficiente como para permitirme un rápido y fluido movimiento para llevar mi espada hacia el cuello de mi oponente.

Ishtar actuó de inmediato, usando su espada ahora rota para encestar un ataque hacia el mismo lugar de mi cuerpo. Aunque llegó a filtrar sangre de mi cuello, la cúpula de energía sólo protegió a mi oponente, quien salió volando hacia un costado por la fuerza del impacto de Lamento Invernal.

La batalla terminó.