2024/03/01

Capítulo 48: Miedo

Me sentía más pesado que de costumbre, como si hubiera comido hasta reventar. Peor, a decir verdad. No, era como si algo estuviera pesando sobre mí…

Abrí los ojos, mi visión difuminada hasta que logró adaptarse. Fue sólo entonces que pude apreciar bien mi entorno en medio de la tenue oscuridad, encontrándome con la mirada de un joven delgado pero musculoso de cabello castaño y ojos azules tan afilados como un águila que ahora expresaban una perversidad que hizo acelerar mi ritmo cardíaco.

Traté de quitarme a Eldmar de encima mientras gritaba por ayuda e intentaba agarrar mi espada. Incluso quise sacar al Lamento Invernal de los guantes pétreos, pero nada funcionó.

Presa del pánico, noté con horror cómo mi boca estaba tapada por una especie de bozal, reconociéndolo como un objeto mágico de uso restringido debido a que impedía que la voz de una persona sea escuchada. Mis muñecas estaban atadas por unas esposas que identifiqué como supresores de qí, evitando el uso de magia. Incluso el Almacenamiento Pétreo, tan sencillo como es, requería de al menos una pizca de energía mágica para funcionar, por lo que el Lamento Invernal estaba sellado al igual que mis dotes preternaturales, dejándome sólo con mi cuerpo reforzado que no rivalizaba con el de Eldmar.

—Perra quisquillosa —susurró el aristócrata, acercando su cara a la mía mientras me agarraba por la mandíbula para mantener el contacto visual a la fuerza—. Esta vez no tienes escapatoria. Un poco de magia del aire es más que suficiente para evitar que tus amiguitos se enteren.

Mi corazón latía tan rápido que por un momento pensé que saldría volando fuera de mi tórax, mi cuerpo temblando ante la mera idea de lo que podría ocurrir a continuación. Sentir el peso de Eldmar encima del mío y aquella asquerosa cosa que ahora estaba casi tan dura como el acero me hizo sentir una repulsión indescriptible, todo mi organismo pidiéndome a gritos que escapara de ese lugar.

Traté de moverme, aunque sea un solo centímetro, pero mis esfuerzos eran pisoteados como si no fuesen nada. Mis piernas estaban igualmente atadas que mis manos, mi torso pegado con firmeza al suelo por culpa del peso de Eldmar, mi cabeza incapaz de golpear el piso para provocar ruido y alertar a los demás debido a la sólida mano del aristócrata.

Entonces, el pánico se convirtió en puro horror.

¡NO, NO, NO! ¡Aléjate, aléjate! ¡FUERA!

Sin importar cuanto suplicara para mis adentros, parecía que los dioses sólo se burlaban de mis intentos. Eldmar mostró una sonrisa repulsiva, acercando su mano derecha hacia mi pecho y manoseándolo.

Quería gritar, pero el ruido nunca salió del bozal. Quería moverme, pero mis movimientos estaban restringidos. Quería al menos suplicarle a algún dios bondadoso, pero mis pensamientos estaban desordenados.

En esa situación, sólo podía llorar. Miserablemente, las lágrimas rodaron por mis mejillas mientras sentía con un nudo en el estómago como aquel hombre jugaba con mi cuerpo, probándolo como si no fuera nada más que un objeto para causar placer y restregando su cosa como quien trata de frotarse las manos en un intento de protegerse del frío invernal.

Me sentía débil, indefensa y endeble. No podía hacer más que resignarme al castigo inmerecido de aquellos que trascendían la mortalidad o sólo de un cruel destino, sintiendo asco de mí misma mientras mi cuerpo reaccionaba positivamente a los estímulos. No quería y, aun así, mi organismo parecía desearlo.

No…

Escuché la ropa desgarrándose y rompiéndome, sintiendo el ligero calor del interior de la carpa cuando parte de mi pecho quedó al descubierto.

No, no…

Esos sucios labios ahora se acercaban a mis rubíes, haciéndome sentir el horror y la repugnancia que ahora se mezclaban en una cacofonía interna.

No, no, no…

Violento sería un eufemismo. Uno tan asqueroso que me hacía querer vomitar y llorar al mismo tiempo. Me retorcía mientras sentía cómo su cosa ahora amenazaba con anexarse a mis partes íntimas.

¡NO!

Horror. Eso era lo que predominaba en mi alma, como un huracán que arrasaba con una ciudad. Como un tornado que destrozaba los campos, un maremoto que hacía añicos las playas y asentamientos, un terremoto que despedazaba las tierras, una sequía que mataba a todo ser vivo de la más absoluta hambruna, una ola de calor que aniquilaba la vida con una catastrófica deshidratación, una avalancha que destruía todo un pueblo a su paso.

Miedo.

Cerré los ojos y apreté los dientes, deseando que al menos podrá suprimir el sufrimiento hasta lo más recóndito de mi mente. Recordé lo ocurrido en la Ciudad de Cravich, aquellos sentimientos multiplicándose hasta lo que parecía el infinito. Esperé, rezando a cualquier benevolente ser superior para que aquel asqueroso hombre no extendiera demasiado mi dolor.

Sin embargo, nada ocurrió… en más de un sentido.

El asalto de Eldmar se detuvo abruptamente cuando la tela que componía la tienda de campaña se desgarraba, dejando entrar la tenue iluminación del astro azul sobre los cielos nocturnos. La oscuridad impedía ver con claridad, pero la silueta de una joven que reconocí al instante fue visible, acercándose con la velocidad de una bala y su arma impactando contra el aristócrata.

Ambos salimos despedidos hacia las profundidades del bosque, alejándonos del claro. Me sentí aturdida, la confusión que me provocaba toda la situación socavando significativamente el horror anterior y el alivio actual. Fue sólo cuando un joven, que también logré reconocer al instante, me atrapó en el aire y aterrizamos con seguridad que pude organizar mis pensamientos.

Todo el grupo de clases estaba despierto, pero muchos se mantenían somnolientos y varios no intervinieron con un descaro despreciable. Sigurmon era inexistente por cualquier lado que viera, la figura borrosa de Ishtar Faelbrin moviéndose hacia a un parcialmente aturdido Eldmar Gandrud, quien tenía una profunda herida en el hombro derecho.

—T-Teressia —dijo Koigrim, bajándome de sus brazos. Sin darme cuenta, ya no tenía ningún supresor de qí o bozal mágico, seguramente destruidos por la gran y sorpresiva habilidad del joven potenciador.

Su mirada tenía una mezcla de pánico, preocupación y furia mientras trataba de enfocarse en mis ojos. Sentí mi mano temblar cuando toqué mi pecho expuesto, la baba aún persistente al igual que todos los sentimientos que plagaban mi mente.

—Koigrim… —susurré, sintiendo la firma empuñadura del Lamento Invernal entrando en contacto con mi mano derecha—… mátalos.

Apenas me paré a ver la sorpresa y determinación del joven potenciador, quien había pasado de su característica cobardía a una aguerrida ferocidad. Podía notar un leve temblor en sus manos mientras sostenía su peculiar hacha, hechos que no pude apreciar bien debido a que se movió con la velocidad de un rayo para bloquear la espada de Arnora Gissdor.

Mi mente se sintió… fría. Tenía que estarlo, lo necesitaba.

No miré cuando me moví, mis sentidos mágicos y mejorados siendo más que suficientes para esquivar un Disparo Fluvial. Di un pisotón, amplificando toda mi fuerza y velocidad al máximo con mi flujo marcial verde pálido hasta que sentí cómo mis músculos parecían estar a punto de estallar por el poder.

Lamento Invernal ni siquiera tuvo que usar su magia para desgarrar la carne de Sara Gandrud, quien poseía una mirada que mezclaba diversas emociones; sorpresa, determinación, éxtasis, perversión… y ahora miedo.

Su brazo izquierdo cayó limpiamente, el grito llegando tarde cuando Lamento Invernal se hundió en su pecho. El flujo marcial azul oscuro con tintes verdes pálido trataron de protegerla, pero todo el qí que llevó detrás el encantamiento Cero Absoluto fue más que suficiente para destrozar su corazón.

Su cadáver, junto con sus dagas largas, cayó al suelo con un ruido sordo. Sus ojos sin vida parecieron penetrar mi alma, enviándome un punzada de incomodidad que rápidamente hundí en las profundidades más oscuras y recónditas de mi mente.

Hice caso omiso a los gritos de algunos alumnos y a la pelea entre Koigrim y Arnora, dando un pisotón para impulsarme hacia donde estaba mi siguiente enemigo. Ishtar parecía estar haciendo retroceder con efectividad a Eldmar, pero el aristócrata estaba aprovechando al máximo la defensa y el entorno para protegerse y atacar en un bucle tenaz.

Al ver mi inminente llegada, trató de esquivar hacia un costado y evitar al Lamento Invernal que irradiaba poder. Lo logró, pero a costa de perder la mitad de su brazo derecho cuando Ishtar atacó con un corte vertical.

Eldmar pudo mantener parte de su compostura, aunque el miedo era palpable en sus ojos. Su equilibrio se mantuvo parcialmente, su espada imbuida con su flujo marcial verde pálido siendo suficiente para bloquear el siguiente ataque de Ishtar, pero no para defenderse contra el mío.

Lamento Invernal cortó la pierna izquierda de Eldmar hasta por unos centímetros por encima de la rodilla, enviando más sangre hacia el bosque. Su piel palideció aún más, pero no se comparó al horror que infundían sus ojos en cuanto vio cómo sus fluidos vitales cubrían como una segunda piel mi sable mágico, copiando al Manto Puntiagudo.

Sólo me di un segundo para verlo a los ojos, apreciar todo ese miedo en ellos, antes de lanzarme al ataque una vez más. La última.

Eldmar soltó un grito de agonía cuando su cuerpo fue partido en dos desde la cadera. Su torso salió volando, desprendiendo sangre y vísceras como un asqueroso festival mientras sus piernas caían, inertes, lejos de él. Su dolor fue expresado a través de aullidos que parecían penetrar los tímpanos, aquello apagándose casi tan rápido como su vida y dejando un silencio sepulcral que sólo fue interrumpido por la caída del cadáver de Arnora, ahora decapitada y sin un brazo.

Miré el cuerpo sin vida de Eldmar. Había sido más fácil de lo que pensé acabar con él y su prima, quienes se enorgullecían que eran prodigios entre sus familias. ¿Había sido gracias a las peculiares circunstancias que sus existencias se apagaron con tanta rapidez? ¿O es que mi sentido del tiempo y esfuerzo se habían distorsionado por mis sentimientos? Sea lo que sea, no sentía nada más que vacío ante la victoria.

—Teressia…

Fue sólo gracias a Ishtar que logré salir de mi ensueño, sintiendo su cálida mano caer sobre mi hombro. La miré, sus ojos dirigidos a un lugar que reconocí de inmediato con una mezcla de preocupación y furia, esta última obviamente dirigida a los culpables.

Sentí, entonces, el temblor en mi cuerpo. Primero empezó con un simple movimiento de un par de milímetros, luego de centímetros… hasta que se sintió como estar desnuda ante la intemperie de un frío invierno que calaba hasta los huesos.

Mis rodillas cedieron, haciéndome caer. Me encorvé mientras agarraba las partes de mi uniforme de entrenamiento, tratando de tapar a duras penas mi piel descubierta a la vez que sentía cómo un nudo se formaba en mi estómago. El líquido empezaba a filtrarse de mis ojos, mi garganta escupiendo murmullos desgarradores e inentendibles.

Entonces... lloré.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario