Debido a que el clima gélido de Irlad es producto de la magia de Irena la Tempestad Glacial, en el territorio ocurren ciertas peculiaridades, algunas con respuestas y otras que siguen envueltas en misterio. Una de estas últimas es el hecho de que muchas fuentes de agua jamás se congelan a pesar de las bajas temperaturas.
—Ah, sí… así está mejor —suspiré con una sonrisa, remojando mis pies en el agua fría del río.
La aparición del lindworm había sido repentina debido a la poca probabilidad de que algo así ocurriese. Aunque no tuve tiempo para notarlo en el momento, el qüelio parecía estar huyendo del bosque. Bueno, en realidad parecía ser que había llegado del este según los rastros de destrucción que dejó, así que el Hörgr de los Antiguos seguramente fue algo que se metió en su camino.
Sea lo que sea, la muerte del lindworm resultó en un gran botín. Debido a que no todos participaron en su asesinato, sólo unos cuantos nos llevamos una porción del cadáver. Tuve que batallar un buen rato para conseguir beneficios dignos, siendo Sigurmon Rögragg, Eldmar Gandrud, Sara Gandrud y Arnora Gissdor los principales obstáculos en ese proceso.
Aunque casi le corto la cabeza ahí mismo a Sigurmon por la injusticia, Ishtar y hasta Koigrim lograron calmar las cosas. Nuestra insistencia pudo hacer desistir a esos arrogantes aristócratas sobre la igualdad en el tema del cadáver.
Lejos de miradas indiscretas, Ishtar y yo nos alejamos del grupo principal y nos dirigimos a un río. Aunque corta, la pelea contra el lindworm representó una cantidad considerable de sudor que ahora nos teníamos que limpiar. Koigrim, por obvias razones, estaba haciendo lo mismo en otro lugar.
—¿Y bien? —preguntó Ishtar mientras nos desvestíamos.
En primera instancia, estar desnudo con otra persona me parecía vergonzoso en el mejor de los casos. La joven wandiolense era realmente atractiva, aunque el principal problema era que me sentía inseguro con estar con otro como nuestras madres nos trajeron al mundo.
Sin embargo, la pregunta de Ishtar ayudó a quitarme esa inquietud y concentrarme en otra cosa.
—¿Y bien qué? —repliqué, alzando una ceja.
—Sobre Koigrim —explicó Ishtar—, ¿ya estás más calmada con el tema de que se parece a ese tipo?
—Bueno… sí, más o menos —respondí, algo dudoso—. En tu caso pude disociar la idea de la guerra contigo gracias a que el contexto fue muy peculiar. Después de todo, justo pude sacarme un gran peso de encima al deshacerme de esos tres y no tenía gran parte de la frustración cegándome.
» El tema con Koigrim es… diferente. Jandrio dejó una marca aún más significativa en mi vida, pues el Imperio wandiolense había quedado en segundo plano durante mucho tiempo. Él estuvo a mi lado casi todo mi viaje, así que el dolor de su traición me destrozó.
Mis nudillos se volvieron blancos mientras recordaba cómo me contaba acerca de su relación con el Culto de Kraknak.
—Ahora mismo puedo tolerar a Koigrim —dije después de una respiración profunda—, pero no creo que pueda verlo como un amigo. Un compañero, a lo mucho.
—Bueno, es un comienzo —dijo Ishtar con una sonrisa, aunque luego puso seriedad en su expresión—. Perdón por ser entrometida, pero… ¿puedo saber más de tu relación con Jandrio?
Me quedé en silencio, dubitativo. Sabía bien las lagunas que dejé en mi historia al contarle a Ishtar sobre el Guerrero Errante, por lo que entendía bien su curiosidad al respecto. De hecho, poco o nada le había contado sobre mí.
Cerré los ojos… y suspiré, mezclando un bostezo por alguna razón.
—Te ganaste mi confianza —admití—. Creo que lo que más odié de ti es que yo estaba… estoy rota, mientras que tú te mantienes como si nada. No sé si soy fuerte o no, pero estoy segura de que tú sí lo eres… o al menos eso quiero creer, ya que significa que al menos tengo a alguien más en los momentos difíciles.
» Creo que es mejor que te cuente todo desde el comienzo.
Dejando vagos los detalles al respecto de mis relaciones dentro de Dírdin más allá de lo importante, sentí que la voz se me quebraba en ocasiones. Tener que recordar lo que sufrí fue más que doloroso, pero no me detuve a pesar de la obvia preocupación de Ishtar.
Me sentí débil, indefenso. Abrirme de esa forma era poner mi fe en la otra persona, algo de lo que empezaba a arrepentirme en ciertas partes de mi relato. Al igual que con Jandrio, mi confianza había sido ganada rápidamente… y temía que fuera escupida una vez más.
Incluso así, continué. Necesitaba creer que las personas buenas seguían existiendo, gente sin intenciones ocultas. Me repetía que Jandrio había sido un caso especial, tanto que me creí lo que me decía una y mil veces. ¿Quizá el mayor de mis fallos era depender tanto de otros? Saberlo o no, sabía que sería doloroso.
Cuando terminé, sólo quería estar acostado para siempre, escondido en una habitación donde nada podría hacer sufrir… otra vez.
Ishtar, ahora sólo vestida con la camiseta blanca y ropa interior, se mantuvo en silencio. Su mirada contenía sentimientos ilegibles, su ceño ligeramente fruncido en lo que parecía dubitación.
—No soy muy buena en este tipo de situaciones —admitió tras un silencio corto pero significativo—, pero… un camino lleno de piedras siempre será complicado, tropezarse puede ser común. Incluso así, siempre tienes la opción de dejar de seguirlo… o continuar. Tú continuaste, Teressia, y eso te vuelve fuerte.
Fuerte, repetí para mis adentros. ¿Soy fuerte… o simulo serlo?
—Llegaste lejos —continuó Ishtar—, más de lo que se podría esperar de cualquiera. Perder a tu padre, a tu hogar y a tus amigos… ver a tu país caer, cómo todo tu entorno quiere reducirte a pedazos… seguir viajando a pesar de todo, ganar un torneo para beneficiarte no sólo a ti, sino también a tu madre y hermana… y aún más, mucho más, hiciste para llegar hasta aquí.
» Ser fuerte no significa ganar siempre, sino continuar.
Me quedé en silencio. Segundos, minutos, antes de cerrar los ojos y soltar un largo suspiro que se mezcló con un bostezo, por alguna razón.
—Gracias.
*
Nos bañamos en silencio por un tiempo extensivo. Necesitaba esa falta de palabras para pensar, calmar mis pensamientos aún inquietos, y lograr actuar como si nada para no dejar que el pasado interviniera en mi mente.
Y vaya que sirvió.
—Teressia —dijo Ishtar de repente, ambas ya limpias y vestidas.
Hice un gesto suave con la cabeza para que siguiera.
—Quise decírtelo antes, pero… —Ishtar dudó un momento—… mis padres son traficantes de esclavos.
Abrí los ojos un poco, pestañeando varias veces.
—Bueno, me esperaba todo menos eso —declaré—. No sé bien qué pensar de eso, pero…
—Mis padres, Albus Terencio y Elvia Faelbrin, no son sólo traficantes —interrumpió Ishtar, mirándome con seriedad—. Son los que tienen una gran parte del mercado a disposición, teniendo el mayor negocio en todo el sur del Imperio wandiolense.
Sólo asentí en silencio, no dispuesto a ser interrumpido otra vez.
—Ellos… —dijo Ishtar, dudando—… Existe la posibilidad, no tan baja, de que en todo su mercado estén… la gente de tu pueblo.
Mis puños temblaron mientras trataba de contener las distintas emociones que se arremolinaban en mi mente, calmándome lo suficiente como para hablar normal.
—¿Eso… es siquiera posible?
—Existen los registros —aclaró Ishtar—, aunque puede ser casi imposible encontrar los que necesitamos. Incluso si conseguimos los del tráficos de esclavos krulmonianos, hay que indagar entre todos ellos y centrarnos en la región de tu pueblo. Aún si eso es posible, recuperarlos puede que cueste una fortuna… o sea imposible.
Asentí, entendiendo bien la situación. Cientos, sino miles, de esclavos fueron traficados tras la guerra. Incluso si conseguíamos encontrar a los de Dírdin, las personas que los compraron podrían pedir el mismo dinero que gastaron o más. Eso o que directamente se nieguen a pesar de lo que pidamos a cambio.
—Una oportunidad —murmuré—. Lejana, pero existente… eso es todo lo que necesito.
—Mis padres no son malas personas —dijo Ishtar de repente—, a pesar de que sean bastante estrictos. Lo que pasa es que nacieron y fueron criados en un entorno donde ellos tenían que actuar como otros aristócratas si no querían ser devorados vivos por la política.
» Es por eso que puede que sea difícil conseguir su aprobación en esto. Incluso así, sólo necesitamos perseverancia.
—Entonces, que así sea —sonreí—. Cuando terminemos de estudiar en Romtus, nos iremos a tu casa y haremos que tus padres permitan esa oportunidad.
Ishtar asintió, sonriendo.
*
Luego de un tiempo, regresamos con el grupo principal. El campamento ya se había establecido hace rato, ubicándonos en lo profundo del Hörgr de los Antiguos.
Era un amplio claro cerca del mismo río en el que nos habíamos bañado, ahora el lugar estando ocupado por varias tiendas de campaña que eran un auténtico surtido de ostentación. Todos parecían pavos reales mostrando sus colores a una hembra, aunque en este caso la fémina era el simple orgullo que tenían todos. Incluso el profesor Sigurmon Rögragg se molestó en unirse a la pompa, aunque no debería de ser una sorpresa teniendo en cuenta su personalidad.
Mientras me reunía con Koigrim para entablar una conversación y convencerme de que no tenía sentido sentirme mal por su presencia, armé mi propia carpa junto con Ishtar. El joven potenciador (con afinidad hacia la magia del aire, por cierto) ya había preparado su propia tienda de campaña de antemano, por lo que nos hizo compañía con la charla y unas pocas ayudas.
En el proceso, pude soltar un buen par de risas gracias a algunas conversaciones de otros estudiantes. Según lo que pude entender, se les había colado una ratatösk, un qüelio equivalente a las ardillas. Debido a que se suponía que tenían que estar atentos a su entorno, el profesor Sigurmon les dio una negativa al respecto.
Lo más gracioso fue saber que la persona más afectada por la intrusión fue Sara Gandrud, quien gritó de miedo al sentir al ratatösk escabullirse por su cuerpo. Aunque tarde, Koigrim se unió a la risa junto a Ishtar y yo, lo que provocó que recibiéramos miradas de parte de otros alumnos que mezclaban motivos diferentes de cada uno.
Un tiempo significativo después, donde hicimos una gran variedad de cosas junto con algunos alumnos en ocasiones (pescar, cazar, comer, etcétera), el sol ya había bajado lo suficiente como para que la oscuridad prospere. Con algunos haciendo guardia, Ishtar, Koigrim y yo nos fuimos a dormir.
Nuestras tiendas de campaña estaban separadas, la de Ishtar cerca de la mía y la de Koigrim con una distancia prudente. Al principio, tenía planeado dormir junto a la joven wandiolense, pero el profesor Sigurmon se había negado rotundamente, cosa que también hizo con el resto de estudiantes.
Estaba tratando de mantener su tapadera y evitar la mayor cantidad de sospechas posible, eso era obvio. El bastardo quería mantenerme lo más desprotegido posible ante cualquier ataque nocturno, cosa que sabía y de la que me preparé de antemano.
Con mis guantes pétreos firmemente en mis manos y una espada común lista para desenvainar a mi lado, me acosté. El interior de la carpa era bastante cálido gracias a un objeto mágico que servía de calefacción, mi uniforme de entrenamiento (que no pensaba sacarme por nada del mundo debido a su protección mágico) aportando con sus propios efectos preternaturales.
Quería mantenerme despierta el mayor tiempo posible a pesar de las obvias consecuencias que tendría, pero sentí los constantes ataques del sueño viniendo como un oleaje. Incluso así, me mantenía medio despierto por una única razón.
Podré recuperarlos, pensé con una ligera sonrisa. Si consigo que los padres de Ishtar acepten, tendré una oportunidad… lejana, eso sí, pero sigue siendo lo mejor que tengo. Sólo necesito tiempo.
Sí, tiempo. Eso era lo único que requería para salvar a todos los sobrevivientes de Dírdin de la esclavitud forzada del Imperio wandiolense. Anvún, Corenka, Ípiani, Gadwil, Drelfa, Danquiél y otros más que quizá lograron mantener sus vidas tras la destrucción del pueblo… todos podrían ser… rescatados…
Entonces, me quedé dormido.


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