Viéndome en el espejo del baño, pude notar varios cambios.
En primer lugar, las ojeras habían desaparecido en gran medida y regresó el brillo en mis ojos. Mi postura era erguida naturalmente como antes, por lo que me veía un poco más alta de lo que en verdad era. Mis facciones afiladas parecieron atenuarse gracias a mi mirada determinada pero suave.
Aunque no le había prestado mucha atención antes, mi cuerpo también había cambiado para bien: mi busto había pasado de estar compuesto por dos limones a ser como dos pomelos, mis glúteos crecieron y se afirmaron, mis caderas anchándose y mi altura aumentando un poco. Mis músculos eran más grandes, manteniendo mi figura femenina, pero dando una apariencia igualmente imponente en cierto sentido. Mis manos callosas reflejaban el uso de la espada desde una edad temprana.
Al menos soy atractiva, me dije con un suspiro resignado. Bah, ya ni sé si es bueno o malo.
Anotándome mentalmente que algún día le daría una paliza a la entidad que me reencarnó como mujer, terminé de acomodarme el cabello. Amarrado hacia atrás, resaltaba bien mis ojos escarlatas.
Saliendo del baño del dormitorio, me encontré con Ishtar.
—¿Estuviste luchando contra un leviatán o algo? —se burló, mencionando un monstruo marino de proporciones bíblicas, nunca mejor dicho—. Un poco más y veía si te ahogaste.
—Me gustan los baños calientes —justifiqué con un gruñido.
Mientras Ishtar entraba al baño con su muda de ropa, agarré a Lamento Invernal (que estaba escondido debajo de la litera) y usé el Almacenamiento Pétreo tan pronto como los guantes rocosos se ajustaron a mis manos. Ya vestido con el uniforme de entrenamiento, con mi arma bien escondida, estaba preparado para lo que vendría el día de hoy.
*
El año escolar de Romtus se divide en trimestres, al final de cada uno ocurriendo un examen que consiste en un viaje de alrededor de una semana al Hörgr de los Antiguos, un bosque extenso al este de Rhönesis. El lugar toma su nombre del hecho de que alguna vez fue una especie de santuario del Imperio arévaco, una nación de antes de la colonización que rivalizaba con la Dinastía Xhen.
El viaje al Hörgr de los Antiguos tiene el objetivo de poner a prueba las capacidades y conocimientos de los alumnos. Con un profesor a cargo, se verifica qué tan bien pueden desempeñarse en un entorno hostil donde pedir la ayuda del maestro es igual a restar un punto al examen, el cual tiene una importancia significativa en las notas finales.
Estar dentro de un bosque donde los monstruos y qüelios abundan de por sí no puede ser agradable por sí mismo, pero tener que autosustentarse a la vez que se trata de no morir devorado cada noche por algún ataque aleatorio de una criatura mágica sumaba un estrés considerable. Aunque se podía llevar armas y ropa, todo lo demás estaba prohibido; para comer hay que cazar, para beber hay que recolectar y purificar el agua, para orinar y defecar hay que buscar y asegurar un área. El trabajo en equipo es clave.
Sin embargo, a pesar de todos los inconvenientes que supone el examen, siempre existen otros tipos de problemas. Como los profesor prácticamente desaparecen del escenario y sólo se ocupan de registrar cosas como el combate y ser autosustentable, la supervisión suele ser escasa.
Aprovechando eso, es claro para todos que alguien buscará problemas con otros para vengarse. Aunque el asesinato es casi un hecho mítico, no es inusual que dentro de los exámenes ocurran emboscadas nocturnas hacia alguna persona con la que se tenga enemistad. Los profesores no se involucran en ese tipo de temas más allá de evitar muertes debido a que la mayoría encuentros son de aristócratas contra los de su misma clase o plebeyos y extranjeros.
Para mi desgracia, sería Sigurmon Rögragg el encargado de supervisar el examen. Eso sólo significaba que cualquier acción en mi contra sería completamente ignorada si la muerte no estaba involucrada, cosa que no pasaría si estuviese Thyri Arnjøb; aunque es evidente su desprecio hacia los plebeyos y extranjeros, la Dictadora de Tareas al menos trata de mantener su fachada de profesora que sigue las reglas.
Es por esa misma razón que, mientras caminábamos toda la clase por las calles de la Ciudad de Rhönesis, Ishtar se mantenía a mi lado. Tan al tanto de la situación como estaba, mi fiel amiga se había consolidado con ayudarnos mutuamente a sobrevivir tanto del Hörgr de los Antiguos como del resto de nuestros compañeros académicos.
—Recuerden bien que esto no será una clase más donde los Campos de Garantía evitarán que mueran —advirtió Sigurmon mientras nos dirigíamos a la entrada este de la ciudad—. En el exterior, es posible que nada los salve.
Sabía que sólo estaba dando el sermón predeterminado para este tipo de exámenes, pero mi paranoia me hizo sospechar que había algo más oscuro detrás de sus palabras. No ayudó que, aunque medio difuso por la presencia del resto de estudiantes y el movimiento constante de la caminata, notara cómo su mirada parecía dirigirse a mí por el rabillo del ojo.
Sabe algo, me dije con preocupación, pero no creo que me mate él mismo. No, esto debe ser algo más enmarañado…
Entonces, recordé a ciertos personajes. Volteé levemente la cabeza para mirar a tres figuras en particular: Eldmar Gandrud, Sara Gandrud y Arnora Gissdor. Juntos como siempre, pude notar una ligera tensión en sus hombros y cómo compartían miradas sutiles.
Parece que los polluelos tratan de vencer al zorro, pensé con una leve sonrisa de comprensión. Aunque debería sentirme preocupado por tener a tres potenciadores talentosos queriendo patearme el culo, no puedo evitar sentir… expectación.
Incluso con el conocimiento de que los tres podrían vencerme si actuaban con auténtica perseverancia y coordinación, saber en qué tipo de situación me atacarían era ventajoso. Tal como lo había descrito antes, el examen trimestral era conocido por ser un momento donde los profesores dejaban pasar varias cosas por alto, así que matar a esos aristócratas arrogantes podría ser más fácil de lo que creía.
Sin embargo, mi expectación fue rápidamente agriada por un recuerdo de mi vida pasada y el trauma que aún llevaba.
No puedo matar.
Acabar con la vida de aquella pobre anciana cuando aún era Bruno Ezin había asentado en mi psique un poderoso miedo hacia el asesinato. Tenía pavor a la mera idea de volver a ser aquel hombre drogadicto que desperdició su vida en múltiples sentidos, matar a alguien siendo algo que me recordaba horriblemente bien los errores que cometí.
Quería matar a esos bastardos aristocráticos, en serio. Pero siquiera imaginarme cómo la vida se escapaba de sus cuerpos revolvía mi estómago, haciéndome dudar sobre qué decisión tomar al respecto.
Matar o no matar, esa es la cuestión, quería agregar un poco de comedia a mi situación, pero sólo sentí algo de repudio hacia mí mismo por desestimarla. A pesar de que en verdad necesito deshacerme de ellos, tengo demasiado miedo de volver a ser quien era.
Quizá no debía asesinarlos, pues eso sólo significaría volverme un auténtico enemigo de sus linajes y hasta de la aristocracia en general. Sus familias tratarían de matarme a toda costa en venganza y era posible que, cuando se revele al público lo que hice, las autoridades irladienses buscarían ejecutarme.
Sin embargo, dejarlos vivos también significaba dejar cabos sueltos que podrían causar más problemas a futuro. Con ellos vivos y manteniendo su rencor hacia mí, sería sólo cuestión de tiempo para que tratasen de hacer algo en mi contra. Y no estaba seguro de poder defenderme bien en ese momento.
Ah, esto ya está dándome migraña, pensé con un gruñido casi imperceptible mientras pellizcaba la parte superior de mi nariz.
—Hey, ¿está todo bien? —preguntó Ishtar, alzando una ceja en señal de confusión.
—Sí, creo —respondí, tronándome el cuello—, sólo un poco agotada.
—Bueno, quedarse estudiando casi toda la noche debe dejar secuelas más allá de volverte un camazot —se burló Ishtar, mencionando a un qüelio equivalente a los murciélagos.
—Ajá, como si releer más de cinco veces las cartas de tu novio no te convirtieran en una súcubo —contraataqué, mencionando a un demonio femenino que roba la vitalidad de los hombres hasta la muerte a través de las relaciones sexuales.
El rostro de Ishtar se puso casi tan rojo como un tomate, mostrándose claramente avergonzada.
—Bueno, al menos ya hice varias cosas —murmuró.
Gruñí ante su respuesta, pero no dije nada.
Tiene un punto, acepté a regañadientes. Ah, mierda, ¿por qué el destino no me concedió, como mínimo, la bisexualidad en este nuevo cuerpo? Al menos podría sentirme más atraído hacia las mujeres y no sufrir tanto con el sexo opuesto.
Rememorar las vergüenzas con hombres por culpa de las hormonas de la adolescencia, no pude evitar que cierta persona entrará en mi mente una vez más.
Jandrio, pensé con furia comprimida.
Desde que reveló ser prácticamente miembro del Culto de Kraknak, había tratado todo lo que pude para ignorar su existencia, enterrando todos los recuerdos sobre él en lo más profundo de mi mente. No quería recordar su cara de facciones notables, su voz medio grave, su figura corpulenta, su tacto algo áspero, su forma tan espectacular de luchar; nada. También era la razón por la que ignoraba a cierto compañero de clase muy similar a él.
La mención que le hice a Ishtar la otra vez había sido sin querer, como un reflejo. Saber que había recordado su existencia por mí mismo me hizo revolver el estómago.
Algún día pagarás por lo que hiciste, bastardo.
*
Tiempo después, ya habíamos salido de la Ciudad de Rhönesis.
El clima se mostraba tranquilo con un cielo despejado que dejaba caer la suave luz del sol carmesí sobre nosotros, mientras que la nieve típica de Irlad estaba a un nivel donde no molestaba demasiado. Nuestro paso fue relativamente rápido a través de los páramos congelados del lugar, el frío apenas sintiéndose gracias a la calefacción mágica de nuestros uniformes de entrenamiento.
Con eso dicho, no podía evitar sentirme nervioso. Ya había pasado por este tipo de situaciones donde la tranquilidad parecía ser sólo momentos antes de la tormenta, por lo que mis hombros se mostraban algo tensos.
—Hey, tampoco vamos a ir a una muerte segura —dijo Ishtar a mi lado, palmeando mi hombro—. Después de todo, con un arma todo puede ser derrotado y asesinado.
Sabía bien que sus palabras, medio en voz baja, habían sido una advertencia para el resto de la clase. Como es de conocimiento común, los potenciadores tienen sentidos mejorados que les permiten hazañas considerablemente increíbles comparados con una persona no-maga. Escuchar nuestra conversación era cosa fácil cuando estábamos tan compactados como grupo.
Bajé mi mirada hacia la empuñadura de una espada común envainada en mi cintura y, de forma imperceptible, a mis guantes pétreos. Sonriendo con seguridad, le mostré mi determinación a Ishtar a través de mis ojos.
Incluso si no puedo matarlos, les patearé el culo.


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