2024/02/27

Capítulo 44: Arma

Reencarnar en un mundo de espadas y hechicerías, que un dragón mitad demonio me cuente una profecía en un sueño que se hizo realidad, la aparición con el detective serpiente en Dírdin, hablar con el descendiente de uno de los Doce Grandes y hasta recibir su ayuda, el encuentro con Leigong y Yaara, el descubrimiento de mis dones sanguinománticos, el ataque único contra Ayana… Sí, dudo que hayan cosas que me sorprendan auténticamente después de tanto.

Y, sin embargo, ahí me encontraba yo: boquiabierto y paralizado, viendo cómo algo que debería haber sido imposible se hacía realidad frente a mis ojos.

Bueno, no es como que realmente hubiese pensado alguna vez que fuese el único que provenía de otro mundo. Incluso así, siempre creí que no me encontraría con nada demasiado relacionado a la Tierra dentro de un largo, pero un largo, tiempo.

Que ese sable abandonado por los dioses tuviese inscripciones terrícolas, y encima del único idioma que conozco de la Tierra, no podía ser nada más que el destino.

—¿Qué le ves de especial a esa espada? —preguntó Ishtar a mi lado, alzando una ceja en señal de confusión.

—Ya lo entenderás —respondí vagamente antes de dirigirme al vendedor, quien me miraba curioso—. Disculpe, ¿de dónde consiguió esa arma?

—La encontré cerca de las Madrigueras de los Desleales —respondió el hombre, mencionando un sistema de cavernas al sureste de Rhönesis que toma su nombre del hecho de que, durante varios años, varios traidores a la patria vivieron dentro para no morir a manos de las autoridades—, pero no es más que una baratija. Parece que el mago que la creó puso un encantamiento que evita que alguien la use, ya que la vaina es imposible de sacar.

—Entonces, ¿no le sirve? —pregunté, entusiasmado por la idea de no gastar un solo centavo.

—No precisamente —respondió el vendedor, encogiéndose de hombros—, ya que ningún herrero fue capaz de reciclar el material. De hecho, yo sería quien te pague si lo logras. Sería interesante de contar, después de todo.

—Bien, entonces veré qué puedo hacer.

El vendedor mostró una sonrisa medio burlona y medio interesada, yendo a buscar el arma para traérmela. Apenas la sostuve con ambas manos, sentí que el tacto era cosquilleante al principio antes de adaptarse como por arte de magia.

Sabiendo qué tipo de mundo es éste, sí puede serlo, me reí para mis adentros mientras deslizaba mi mano izquierda por la superficie del sable para verificar si no tenía alguna peculiaridad extra más allá de que el peso se amoldaba de forma perfecta a mis capacidades.

Luego de comprobar que era relativamente normal en otros aspectos, leí las palabras en castellano grabadas en la vaina mientras la sostenía por la empuñadura con ambas manos.

—«Lamento Invernal»… —murmuré. Es un nombre algo tétrico, pero sí que es…

Entonces, mi carril de pensamientos se desvió estrepitosamente cuando una energía desconocida y crepitante de poder se extendió desde mis manos hasta todo mi cuerpo. Apenas tuve tiempo para reaccionar con una exclamación ahogada cuando, de repente, la vaina prístina del sable se derritió y alcanzó mis manos, cubriéndolas como un líquido cosquilleante que tomó la forma de algo parecido a guantes de piedra.

La hoja quedó al descubierto: azul prístino, como hielo que fue ensuciado durante siglos, pero que mantuvo su extraña belleza. Irradiaba un poder místico, haciendo erizar el vello de mi nuca.

Al mismo tiempo que esto sucedía, sentí cómo palabras ajenas llegaban a mi mente. Era conocimiento de una persona desconocida, información que era transmitida desde la magia misma de la espada hasta mi cerebro. Aunque pude notar ciertas lagunas e inconsistencias, seguramente producto del pasar del tiempo, no pude evitar sonreír.

—T-Tú… —El vendedor de armas estaba pasmado, viéndome como el evento del siglo.

—Hey, ¿en serio desconocías este lugar? —dudó Ishtar, frunciendo el ceño con una mezcla de confusión y sorpresa.

—Bueno, hoy gané un arma y dinero.

*

—Bueno, hoy ganaste un arma y perdiste dinero —se burló Ishtar.

—Tú fuiste la que me incitó a comprar esas manzanas acarameladas —gruñí, cruzado de brazos sobre el borde de mi cama.

—Y tú fuiste la que decidió comprarlas —argumentó Ishtar, frunciendo los labios de forma infantil.

—Eso es manipulación emocional —me quejé.

—Sí, lo que digas —se burló Ishtar—. Entonces, ¿vas a contarme qué hiciste, en nombre de Krateria?

Ambos habíamos vuelto de las afueras de Romtus tras un tiempo de compras, donde mi manipuladora amiga me hizo gastar lo que conseguí del vendedor de armas en manzanas acarameladas absurdamente caras. Bueno, el precio valió bastante el sabor, ¡pero seguía siendo considerado un robo a mano armada!

Dejando de lado mi billetera herida, le había prometido a Ishtar al menos explicarle parcialmente lo sucedido con el Lamento Invernal. El sable se encontraba en su forma de no-combate, siendo sostenido por mi amiga wandiolense (ahora sentada con las piernas cruzadas), quien la inspeccionaba de cerca como si fuese una reliquia divina o algo por el estilo.

A pesar de eso, seguía indeciso sobre contarle siquiera la mitad de lo ocurrido. Incluso siendo la única amiga que tengo, el Lamento Invernal parecía tener una fuerte relación con mi vida pasada y sería difícil contar una cosa sin la otra.

Así fue como me quedé unos instantes en silencio, dubitativo, antes de hablar.

—Es un arma que parece no haber sido forjada por humanos —expliqué, teniendo cuidado sobre qué contar—. No sé el porqué, pero mostró tener un vínculo particular conmigo. Es así como la identifiqué como algo lo suficientemente peculiar como para preguntar por ella.

Ishtar frunció levemente el ceño, pareciendo no creer del todo mi explicación. Después de todo, explicaba la situación como si no fuese la gran cosa a pesar de que me había quedado en extremo impactado por la existencia del arma mágica.

—Su nombre es Lamento Invernal, según la información que fluyó de la espada a mí —continué—. Aunque hay lagunas e inconsistencias, puedo asegurarte que es incluso mejor que la espada de oricalco que alguna vez tuve. Entre sus habilidades, está la capacidad de fusionarse con los guantes para pasar desapercibido: Almacenamiento Pétreo, así que no hay problemas con las emboscadas de algún idiota.

—Eso es… bueno, supongo —dijo Ishtar, poniendo su cabeza sobre su palma mientras mostraba una expresión que no estaba del todo convencida—. No sé qué secretos guardes, pero ten por asegurado que no te presionaré.

—Gracias.

*

—Entonces, señorita Teressia, ¿piensa explicar por qué lleva guantes de piedra?

Thyri Arnjøb, tan imponente como siempre, me lanzó una mirada inquisitiva. Debido a que dudaba que a alguien le importase, había decidido llevar el Lamento Invernal en su forma de guantes como si fuese un accesorio más. Que la profesora de Teoría del Combate me interrogase de esa forma me hizo sentir un poco avergonzado ante la idea de qué pensarían de mi apariencia, pero no me dejé presionar demasiado.

—Algo interesante que encontré ahí —respondí con tono y mirada firmes—. Aunque no lo parezca, son bastantes cómodos.

Thyri entrecerró los ojos, manteniendo el contacto visual durante un segundo más del necesario, antes de negar para sí misma y volver a su escritorio. Sentí la presión de algunas miradas incómodas del resto de la clase, pero no parecía que a alguien le interesase lo suficiente mis extraños accesorios como para preguntar en voz alta.

—Entonces, ¿qué tal si lo ponemos a prueba más tarde? —En cambio, la única persona que me habló fue la casi siempre presente Ishtar a mi lado.

—No suena mal, pero hay que conseguir una sala de entrenamiento bien escondida de miradas curiosas —respondí casi con un susurro, aunque sabía bien que las capacidades de un potenciador promedio serían suficiente para escucharme a la corta distancia entre asientos—. As bajo la manga, ¿recuerdas?

Odiaba que todos los potenciadores tuviesen capacidades sobrehumanas como algo básico, pues significaba que sólo tenían que quedarse quietos para escucharme con total claridad. Sin embargo, también servía como una forma rápida de advertir a cualquiera de que tratar de hacer algo gracioso en mi contra sería recompensado con una posiblemente dolorosa paliza.

—Sí, creo que tengo un lugar que podría interesarte —respondió Ishtar, asintiendo más para sí misma que para mí—. Por cierto, sobre los…

—Señoritas, ¿tienen algo para aportar la clase? —interrumpió la voz imponente y recriminadora de Thyri.

Paralizadas, asentimos como animales al matadero.

*

El fin de semana me había imposibilitado el entrenamiento con mi nueva arma debido a la montaña de tareas que tenía pendientes, mayormente dejadas por Thyri. Insultando las raíces de su árbol genealógico por última vez, me aferré bien a la empuñadura del Lamento Invernal.

Ishtar me había llevado a una sala de entrenamiento en una de las esquinas más alejadas de la academia, prácticamente en los dormitorios femeninos. El lugar no era usado no tanto por su ubicación, que también, sino porque las mujeres suelen usar otros salones por cercanía y los varones temen adentrarse en el peligroso territorio enemigo que puede resultar la zona de las féminas.

Dejando de lado la poca interacción social que hay entre ambos sexos, la batalla inició.

Dando un pisotón, me propulsé hacia adelante y esquivé una estocada de Ishtar, usando gran parte de mi impulso para encestar un tajo horizontal que alcanzó su costado derecho. Sus reflejos brutales y un poco de magia pudieron haber sido suficientes para evitar daños, pero la habilidad de Lamento Invernal, «Abrazo Frío», entró en acción justo a tiempo.

Desde la herida se extendió un aura gélida con capacidades paralizantes, evitando que Ishtar esquivara debido que prácticamente se estaba congelando y siendo blanco fácil de mi ataque, el cual continuó su trayectoria con aún más ferocidad. Para cuando mi oponente logró retroceder, la lesión leve terminó por convertirse en una profunda hendidura en su uniforme y piel.

Sonriendo como una fiera, Ishtar apenas le hizo caso a su herida y avanzó una vez más. Esta vez, en cambio, lanzó un tajo diagonal que no hubiera hecho daño alguno en mí por la distancia si no fuera porque conjuró una Cuchilla Incandescente de proporciones bíblicas.

Viendo que sería casi imposible esquivar, opté por una contramedida mágica. Sosteniendo al Lamento Invernal con ambas manos, lancé un tajo vertical que llevó consigo todo el poder del encantamiento «Cero Absoluto».

Una tempestad de nieve y viento gélido salió de la hoja en la dirección que deseé, que en este caso sería hacia las llamas entrantes. Al parecer, Cero Absoluto es una versión especializada de Oleaje Inclemente; no puede afectar a muchos enemigos a la vez, pero es capaz de atacar a un solo objetivo con una fuerza titánica con una cantidad de qí menor a la que se esperaría.

La gigantesca Cuchilla Incendiaria fue anulada por Cero Absoluto, ambas magias deshaciéndose entre colores rojizos y azulados. La potencia de ambos conjuros resultó ser lo suficientemente alta como para que tardasen en desaparecer por completo, pero no fue difícil ver cómo mi oponente ya no estaba donde debería.

Haciendo uso de una combinación única de una explosión espontánea de agua, reflejos brutales y llevar al máximo las capacidades de mi cuerpo, me di vuelta hacia la izquierda. Lamento Invernal se interpuso entre la estocada de Ishtar y yo, el estruendo metálico resonando por la sala de entrenamiento.

En esta ocasión, la afectada negativamente por la situación no fui yo. En cambio, fue Ishtar quien sufrió la destrucción de su espada, la punta haciéndose añicos junto a toda la hoja hasta casi la mitad.

Sentí mis brazos adormecerse por el impacto, mis piernas siendo arrastradas un par de centímetros. Sin embargo, mi cuerpo y mi arma estaban en buenas condiciones, lo suficiente como para permitirme un rápido y fluido movimiento para llevar mi espada hacia el cuello de mi oponente.

Ishtar actuó de inmediato, usando su espada ahora rota para encestar un ataque hacia el mismo lugar de mi cuerpo. Aunque llegó a filtrar sangre de mi cuello, la cúpula de energía sólo protegió a mi oponente, quien salió volando hacia un costado por la fuerza del impacto de Lamento Invernal.

La batalla terminó.

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