2024/02/26

Capítulo 43: Vínculos

Deslicé un centímetro mi pie izquierdo hacia adelante, presionando más fuerte con ambos e inclinándome unos cuanto milímetros. Apenas sentí el aumento de iluminación bajo nosotras, mis piernas prácticamente me enviaron volando hacia el frente.

Ishtar, vestida con el uniforme de entrenamiento al igual que yo, esquivó mi tajo horizontal agachándose y lanzando su propio ataque. Sin embargo, premedité con anterioridad su clásico estilo de combate y, en vez de evitar la ofensiva, contraataqué con un Chorro Magmático que la obligó a hacerse a un lado y perder su preciado impulso.

  Cambiando mi postura en cuestión de segundos, ambas nos propulsamos hacia la otra con espada en mano. A diferencia de mi ataque anterior, esta vez cronometré mi tajo horizontal para lanzar una Cuchilla Incendiaria.

En lugar de esquivar o bloquear, Ishtar conjuró un Disparo Fluvial tan poderoso que logró que ambas magias se destruyeran mutuamente. Una chispa cayó sobre el cabello carmesí de mi oponente, pero fue apagada casi al instante por la increíble velocidad con la que corría hacia mi dirección.

Apenas logré reaccionar a su tajo diagonal, esquivando por muy poco. Un mechón de pelo cayó al piso al mismo tiempo que usaba el recién ganado impulso para atacar el costado ahora expuesto de Ishtar, quien usó sus capacidades sobrehumanas para girar con una velocidad pasmosa e interceptar mi ofensiva con el filo reforzado con un Manto Puntiagudo de su espada, conjuro que se deshizo casi al instante mientras yo lograba hacerle un corte medio profundo a mi oponente.

Apenas sentí que mi ataque perdía su ferocidad por la contramedida de Ishtar, lancé una patada a su pierna derecha. Aunque no cayó de rodilla, sí tuvo el suficiente desequilibrio como para permitirme mover el filo de mi espada de forma fluida hacia abajo y cortar su muslo derecho de forma significativa.

Por desgracia para mí, al mismo tiempo mi pecho era impactado por el pie de Ishtar. Sentí mis costillas doler mientras escupía una ligera bocanada de sangre, saliendo volando hacia atrás.

Logré levantarme en poco tiempo, pero Ishtar ya había acortado la mitad de la distancia. Su mirada había perdido la ironía o determinación de siempre, siendo cambiados por un frío cálculo que medía cada acción en combate. 

Sus movimientos fluidos y rápidos la acercaron a escasos metros de mi posición, su espada haciendo peligrar mi garganta en una estocada que logré esquivar por muy poco, una delgada línea de sangre saliendo volando al mismo tiempo que daba un pisotón para impulsarme hacia adelante, ahora siendo yo quien daría la estocada aprovechando el reciente impulso.

La distancia se había acortado lo suficiente como para que mi ataque acertase en el hombro de Ishtar, pero sólo para provocar un corte de profundidad media debido a los brutales reflejos de mi oponente. Sin embargo, el torrente de llamas sí que la alcanzó con total seguridad, quemando una parte superficial de su uniforme y amenazando con prender fuego su cabello.

Sus ojos fucsia se abrieron un poco más de lo normal por un instante, revelando la sorpresa y preocupación almacenados dentro, pero rápidamente volvieron a la frialdad natural que interpretaba en sus batallas. Conjuró una cantidad significativa de agua para apagar las llamas místicas, empapándola del incómodo líquido a cambio de poder acertar un corte profundo en mi pecho.

Anteponiéndome al dolor, di un pisotón hacia atrás para ganar tiempo y lograr conjurar una «Órbita Infernal». El objetivo, esta vez Ishtar, se vio rodeado por cuatro grandes esferas de fuego comprimido que dieron vueltas a su alrededor con tanta velocidad que parecían desaparecer, liberando una explosión ígnea atronadora.

Tomándome un momento para meter tanto aire como pude a mis pulmones, me saqué el sudor que caía por mi frente y se acercaba peligrosamente a mis ojos. Para mi desgracia, apenas tuve tiempo para recuperarme del agotador y excesivo gasto de qí antes de tener que bloquear por puro reflejo una estocada dirigida a mi garganta.

Como las típicas películas hollywoodenses de acción, Ishtar había salido de la explosión de fuego como una auténtica fiera. Los únicos vestigios de la Órbita Infernal era la Fortaleza Escarchada desapareciendo, una cantidad significativa de quemaduras leves, mechones faltantes de pelo y una mirada aún más aterradora de mi oponente, quien parecía haberse enojado de verdad.

Por desgracia, las espadas reales son diferentes a las que muestran en novelas y animes; en vez de que el impacto de ambas hojas resultase en nada más que un ruido metálico, mi arma se hizo añicos por la ferocidad detrás de la estocada, la cual hubiese alcanzada mi cuello si no fuese por una esquivada a último momento. Sentí el dolor irradiar de la herida leve en mi garganta, pero el miedo no se interpuso en mi camino.

En vez de retroceder, di un pisotón para impulsarme hacia adelante. La parte de la hoja rota que seguía aferrada a la empuñadura fue envuelta por un poderoso «Manto Abrasador», la versión ígnea del Manto Puntiagudo. En vez de envolverlo en escarcha con púas, mi arma fue revestida con una ardiente capa de fuego.

Aunque la espada rota no logró hacer mella en el costado ya curado de Ishtar, las llamas místicas consumieron su uniforme de entrenamiento con pasmosa velocidad. Pero parecía que Qratia, la Diosa de la Victoria, no estaba a favor de mi triunfo; el fuego mágico fue apagado con una explosión tempestuosa de nieve que calaba los huesos que tuvo como eje a mi oponente, el conjuro pudiendo ser rápidamente reconocido como «Oleaje Inclemente».

Mientras me cubría con un Manto Abrasador para hacer frente a la tempestad de nieve que me azotaba, quedé boquiabierto ante el deslumbre de poder de Ishtar. Oleaje Inclemente es un conjuro criomántico que no utilizaba por simple practicidad, pues generalmente estaba acompañado por compañeros y mi dominio sobre la submagia de hielo era bastante escaso.

Que Ishtar, una potenciadora de fuego, pudiese realizar tal conjuro cuando el elemento no es afín a ella era, como mínimo, admirable. Por lo que sé, siempre se ha centrado en su punto fuerte y dejó medio descuidado el resto de magias, así que la ferocidad del Oleaje Inclemente era para quedarse sin habla.

Por desgracia para mí, justamente era ese mismo asombro el que decidió mi derrota.

Antes de darme cuenta, la cúpula de energía del Campo de Garantía se activó cuando la punta de la espada de Ishtar impactó contra mi pecho con tal brutalidad que salí volando hacia el otro lado de la arena de combate. O al menos eso hubiese pasado si ella no me hubiera atrapado ante de caer casi como una princesa.

Aunque algo avergonzado por la forma en que me agarró, tuve que admitir mi derrota. Parándome con un ligero tambaleo, ambas tratamos de recuperar el aliento mientras unos sanadores se acercaban para atender nuestras heridas.

—Tú… me debes una —gruñó Ishtar, enderezándose a duras penas mientras se secaba desesperadamente el sudor del cuerpo con una toalla.

—¿A qué… te refieres? —pregunté, logrando mantener más aire en mis pulmones con cada segundo.

—¡Mi cabello! —exclamó ella, señalando de mal humor su pelo carente de varios mechones y emanando un olor a quemado bastante potente.

—Hey, ¿quién aceptó el desafío? —me burlé—. Además, ¿cómo se supone que conjuraste tan bien ese Oleaje Inclemente?

—Je, no soy la única que tiene secretos, ¿sabes? —carcajeó Ishtar, guiñando un ojo de forma irónica.

—Perra astuta —gruñí.

*

—Entonces, ¿en serio no piensas comprarte una nueva? —preguntó Ishtar, guardando el último libro en su bolso.

—Tampoco es que haya un orco detrás de cada esquina, ¿no? —argumenté, alisando mi cabello con un objeto mágico prestado por mi fiel compañera. En parte lo hacía porque sino era molesto, aunque también había algo de feminidad obstaculizando el camino.

—No, pero los humanos tampoco es que seamos la raza más bondadosa que digamos —dijo Ishtar, sentándose a mi lado—. ¿Qué pasará cuando uno de esos aristócratas quiera atacarte cuando estás desprevenida? Por mucho miedo que le hayas metido a esos tres con lo que sea que hayas hecho, la paz no será eterna.

—Cierto —asentí—, pero tampoco creo que me dejen andar con una espada por todos lados. Tarde o temprano estaré desprotegida y tendré que arreglármelas con lo que tengo. Además, no estoy trabajando como para gastar el poco dinero que tengo ahora.

—Entonces, déjame que te compre al menos una espada común —sugirió Ishtar, poniendo su cabeza sobre su palma de forma algo perezosa—. Aunque tampoco es que sea trabajadora, tengo una pequeña cantidad de dinero guardada por si acaso. Sólo habría que cambiar la moneda de cambio y listo.

—No sé —dije, filtrando mi inquietud al respecto—, no creo que sea correcto. Siento que hacer eso con una amiga es muy…

Entonces, me detuve en seco y fruncí el ceño ante mis propias palabras.

—«Amiga», ¿eh? —Ishtar mostró una sonrisa emocionada—. Sí, suena muy bien.

—Yo no creí… que diría eso alguna vez —dije, dudando de mí mismo.

—Bueno, ahí lo tienes —dijo Ishtar con una sonrisa de oreja a oreja, poniendo las manos detrás de la nuca para estirarse—. Somos amigas, ¿no? Ya me ayudaste bastante con el tema de la magia y la esgrima, así que no estaría mal recompensarte con un arma.

—No, yo… —Quise objetar, pero rápidamente me detuve y negué para mí mismo con un suspiro ahogado—. Bien, tú ganas, amiga.

*

Llegado el fin de semana, prácticamente escapamos con el inicio del amanecer para tener más posibilidades de conseguir un buen arma y evitar ser engullidos por la multitud que inundaba las calles de la Ciudad de Rhönesis, la capital de Kelgón.

—Bueno, ¿al menos tienes idea de dónde empezar? —Como era de esperarse, recorrer una ciudad tan grande nos tomaría un tiempo, así que entablé una conversación.

—A decir verdad, no mucho —admitió Ishtar con cierta vergüenza—. Soy consciente de la zona donde se venden las armas, pero no conozco a demasiados comerciantes. Incluso así, creo que hay uno que podría interesarte.

Asintiendo, continuamos nuestro viaje con una charla tranquila. Hablamos de temas como la academia, nuestro progreso en la esgrima y la magia, alumnos y profesores destacables, entre otros temas más casuales como…

—¿Y? ¿Al final no tienes a nadie en mente?

—¿Cuánto tiempo seguirás preguntándome lo mismo? —gruñí—. Aunque, si quieres estar contenta, tuve situaciones medio románticas con un tipo que ahora detesto. Por lo general, era por mis hormonas y no algo realmente amoroso.

Aquello último lo había agregado a toda prisa debido a la amplia sonrisa que había tenido Ishtar, quien ahora fruncía los labios de forma algo infantil.

—Bah, muy aburrida —dijo—. ¿Al menos tienes algún amigo de la infancia del que te enamoraste o algo así?

—Bueno, no lo llamaría «enamorar» —suspiré, recordando con nostalgia y melancolía los tiempos de Dírdin—. Era un chico llamado Anvún, quien debería seguir siendo un año mayor que yo ahora. Si es que sigue vivo…

—¿Vivo…? Ah. —Ishtar abrió un poco los ojos en comprensión—. Lamento tu pérdida.

—Te dije «si es que sigue vivo», no que ya está a tres metros bajo el suelo —reí, negando suavemente con la cabeza—. En todo caso, la destrucción de mi pueblo debió llevar a muchos a la esclavitud. Cuando me… enteré de lo sucedido, no vi pruebas de que Anvún estuviese muerto, aunque tampoco vivo.

—Esclavos… —Ishtar pareció pensar con detenimiento aquella palabra—. Tere, creo que…

Me iba a burlar un poco por el diminutivo, el cual nunca había escuchado a alguien usar en todo lo que llevaba en mi segunda vida, pero me detuve abruptamente e interrumpí a Ishtar sin querer. Después de todo, detenerse de la nada frente a una tienda de armas siempre significaba encontrar algo jugoso o al menos interesante.

El local era un poco amplio, aunque la enorme cantidad de armamento lo hacía ver más estrecho de lo que era en realidad. Entre las muchas armas, se destacaban espadas, mazas y hachas. Había de todo tipo; katanas, martillos de guerra, alabardas, entre otros. El vendedor también se destacaba por su musculatura intimidante, pese a que su barriga abundante restaba un poco.

Incluso con la buena variedad, mi mirada apenas se posó en todos ellos. No, mis ojos sólo tenían lugar para un único objeto en el fondo de todo, escondido sutilmente por unas sombras y algunas armas.

Era un sable, su empuñadura negra como la tinta teniendo ligeros matices azulados que parecían provenir de la hoja cubierta por una vaina gris prístina. La funda no parecía haber sido malgastada por los años o el mal uso, sino que la arcaica apariencia que poseía era claramente algo surgido desde el momento en que se creó, un objeto primigenio que no parecía ser hecho por el ser humano.

Pero, a pesar de la increíble peculiaridad que resultaba ser todo el sable en sí, lo que llamó por completo mi atención no había sido eso. No, centrarse únicamente en algo de ese estilo hubiese sido desestimar lo que mis ojos no podían creer: la vaina tenía palabras grabadas…

…. en castellano.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario