2024/02/26

Capítulo 42: Noticias lejanas

—Ah, vamos —resopló mi fiel compañera, casi una amiga, mientras caminábamos por el pasillo.

—No ganarás esta vez —le sonreí, limpiándome una gota de sudor con el dorso de la mano.

—¿En serio no tienes a nadie en mente? —repreguntó por tercera vez Ishtar.

—¿Tan insistente vas a ser? —suspiré—. Si tanto quieres hablar de chicos, al menos empieza tú.

Me sentía demasiado cansado como para andar con las estupideces de Ishtar. El Acondicionamiento Físico, asignatura que se da alrededor de tres y cuatro veces a la semana, fortalece los cimientos de un guerrero, lo que básicamente consiste en un exhaustivo entrenamiento que incluye, entre otras cosas, calistenia y ejercicios cardiovasculares; el profesor Sigurmon había puesto especial énfasis en hacerlo tortuoso este día.

Para sumar peso sobre mi cansancio, había caído en la trampa involuntaria de Ishtar. La susodicha me había llevado a entrenar suave debido a que ambas seguíamos con algo de energía, pero la sala de entrenamiento estaba ocupada por una clase superior.

En la misma se encontraba Vöttur Trammar, el alumno más prodigioso en cuanto a poder en bruto. Con sólo catorce años ya se encontraba en los comienzos del Reino de la Purificación, donde el dantian completamente formado se divide y reinician el ciclo de crecimiento. Esta vez, en cambio, los resultados son diferentes: el qí se purifica tanto que se puede usar para levitar y la esperanza de vida aumenta de forma significativa.

    Aquellos que logran alcanzar el Reino de la Purificación son considerados prodigios en sí mismos, algunos hasta logrando ser elegidos como discípulos de algún dios. Por sí solos ya pueden ser considerados tan peligrosos como una legión romana, por lo que muchos actúan como generales de poderosos ejércitos o incluso combaten en solitario contra los mismos.

Que Vöttur, un joven que ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad, ya hubiese avanzado a un reino mágico que hombres con décadas de estudios sólo pueden añorar era, cuanto menos, sacado de un mito. Considerando sólo su poder en bruto, él podría con facilidad vencer a varios profesores.

Por desgracia, Vöttur tiene la gran falla de desperdiciar mucho qí. Cuando realiza un conjuro, una parte significativa de la energía mágica se desperdicia, algo que ha querido arreglar y ha fallado de forma estrepitosa. Como es de esperar, esto merma sus fuerzas durante una batalla y lo deja más fácilmente vulnerable.

Incluso así, es alguien a quien admirar; a pesar de que era mujeriego (con sólo contar que ya hay dos alumnas que se pelearon por él), su linaje aristocrático no definió su carácter para mal. Con su personalidad extrovertida y lejos de la arrogancia de las clases altas, se mezcla bien entre todos.

Además, es guapo. Simple y llanamente guapo.

Malditas hormonas, me quejé mientras recordaba cómo me había quedado embobado como un idiota por la mezcla de admiración y deseo sexual; Ishtar había aprovechado para bombardearme con preguntas sobre hombres, y maldita academia.

Esta última parte de mis pensamientos iba específicamente dirigida a la vestimenta, pues la utilización recurrente de faldas parecía estar forzando a mi inconsciente a moldearse al de una mujer. Mientras más llevaba puesto el uniforme escolar, más sentía cómo la feminidad de mi cuerpo tomaba parte del control de mi psique.

Sabía que tarde o temprano pasaría, pero sigue sin ser agradable, gruñí para mis adentros. Si hubiera alguna entidad superior involucrada con mi reencarnación, le haría un par de demandas en el futuro.

Mientras estaba inmiscuido en mis pensamientos, de pronto me di cuenta de que Ishtar había volteado un poco la mirada hacia otra dirección. Sus mejillas tenían un ligero tinte carmesí que combinaba con su cabello.

—Bueno, la verdad es que yo sí estoy interesada en uno —dijo, sorprendiéndome.

¿Ishtar interesada en un hombre?, prácticamente exclamé en mi mente. ¡Imposible! ¡Esta tipa puede ser apodada como «Perra Loca» con absurda facilidad como para que tenga tales impulsos femeninos!

Bueno, quizá estaba exagerando; Ishtar, a pesar de la aterradora presencia que emite al luchar y su dureza contra quienes considera hostiles, resultó ser alguien bastante simpática. Aunque no sea el típico cliché de adolescente ensimismada con cosas de mujeres, tiene un lado femenino bastante adorable.

—Bien, ¿y quién es el afortunado? —pregunté, curioso.

—Alessio, un plebeyo de Catarcia —respondió Ishtar, mencionando una provincia wandiolense en el suroeste. Su tono tenía mezclado, por alguna razón, la emoción y el pesimismo—. Nos conocimos de niños, cuando yo escapaba de mis padres para entrenar a escondidas. Es muy valiente y dulce, razón de que nos hiciéramos novios.

Mm, qué buena historia de amor, pensé con una sonrisa que pronto desapareció. Sin embargo, hay algo que no cuadra.

—¿Y ese tono? —pregunté con una mirada inquisitoria—. Veo que realmente lo amas, pero suenas como si se hubiese muerto o algo así… Espera, no se murió, ¿verdad?

Palidecí por un momento, paniqueado con haber dicho algo insensible. Sin embargo, contrario a mis expectativas, Ishtar sólo echó una carcajada modesta que devolvió el color a mi cara.

—No, nada de eso —desestimó, aunque su tono seguía con una pizca de pesimismo—. De hecho, está más vivo que nunca. O eso dijo en la última carta que me envió.

—Bien, entonces deja de hacerte la señorita Misterio y habla —exigí, aunque no pude evitar reírme un poco ante mi propia reacción.

Noté con facilidad cómo las mejillas de Ishtar se teñían de un ligero carmesí, lo que me hizo alzar una ceja. La vi moviendo la cabeza de un lado a otro, como si tratase de encontrar a algún asesino escondido debajo del tacho de basura, antes de acercarse a mí y susurrarme al oído.

—Bueno, mis padres son igual de arrogantes que el resto de aristócratas —explicó con tono algo dudosos—. Y ya sabes, una noble con un plebeyo no es algo que les gustaría a ese tipo de personas. Y… bueno, verás… él y yo… hicimos el ya-sabes.

Aunque sentí un poco de calor en mis mejillas, no tuve otra reacción más allá de pestañear varias veces como imbécil. Miré a Ishtar, boquiabierta, mientras ella trataba de ocultar su timidez.

Me ganó, exclamé para mis adentros, la cuasi tsundere que lucha como una auténtica bestia… me ganó. ¡Esta malparida tuvo sexo antes que yo!

Humillado, negué varias veces ante mi derrota. Apenas las reacciones biológicas de mi cuerpo desaparecieron de mis mejillas, fruncí un poco el ceño mientras miraba a Ishtar, instándola a continuar su relato.

—Bueno, eso… el ya-sabes hizo que mis padres prácticamente parecieran recién salidos del Inframundo —dijo, riendo con un poco de nerviosismo a la vez que reanudamos nuestra caminata por el pasillo—. No sé cómo, pero descubrieron que lo había ayudado a escabullirse en mi dormitorio y me enviaron aquí antes de tiempo. Se suponía que tenía que llegar en medio año, más o menos, pero… bueno, se entiende.

—Sí, se entiende todo —dije, palmeando con suavidad su hombro mientras ponía mi mano protésica en mi cara, negando para mí mismo—. Me has ganado de nuevo, Ishtar.

—¿Ganar…? —Frunció el ceño, confundida, antes de mostrar una expresión de revelación y poner una sonrisa juguetona—. Ah, así que la tenaz Teressia Górmot sigue…

Le di una mirada peligrosa, lo que la hizo callar de inmediato. Sin embargo, esa sonrisa traviesa seguía pegada a su rostro mientras palmeaba mi hombro.

—Ya, ya, algún día llegará el hombre indicado —me dijo con tono consolador, lo que me hizo ruborizar por la vergüenza.

—Tú… —Quería contraatacar con alguna broma, pero detuve mi lengua al mismo tiempo que mis piernas.

Mi mirada, al igual que la de Ishtar, se posó sobre algo que estaba frente a la puerta de nuestro dormitorio: un pedazo de papel con lo que parecía un elástico manteniendo su forma. No, era...

Un periódico, pensé mientras fruncía el ceño, agachándome para agarrarlo. Recuerdo que son poco comunes, así que la academia debe tener una buena razón para entregar uno a cada dormitorio.

Quité el elástico para desenvolver el periódico, mis ojos prácticamente saliéndose de sus cuencas cuando leí la portada.

—«Disturbios: Soldados wandiolenses reprimen revueltas zennugianas».

Me quedé ahí, paralizado. La noticia había sido como un balde de agua fría, dejándome completamente atónito ante lo absurda que parecía. Después de todo, el Reino de Zennug era independiente desde…

Leigong, recordé. Esa noche, cuando rompió las defensas de Wextrom…

—¿Por qué tan sorprendida? —preguntó Ishtar, sacándome de mis pensamientos y haciéndome ver su ceja alzada—. Ya es noticia vieja que el Imperio anexó a Zennug tras la guerra.

—Yo… no sabía. Cuando…

Entonces, me mordí la lengua. A pesar de la rápida confianza que había cosechado con Ishtar a pesar de conocer su origen, contar lo sucedido con Ayana y lo que desencadenó era demasiado doloroso.

—Estaba… inconsciente —expliqué, tratando de dar la menor cantidad de detalles posibles—. Sabía que Wextrom había sido atacado por Leigong y Yaara, pero no supe qué había pasado después. Vi algo de tensión en las calles mientras me iba y un poco de angustia en el resto del país, pero nada más.

Ishtar mostró un ceño fruncido que expresaba confusión y hasta sospecha, pero sólo soltó un corto suspiro y negar para sí misma. Parecía que no tenía intenciones de desentrañar mi pasado, al menos.

Confirmando que no habría más indagatorias, me concentré en informarme.

*

Pasada la noche en que Leigong y Yaara atacaron la Ciudad de Wextrom, todos los disturbios causados por ambos evitó que sus acciones salieran a flote públicamente hasta la llegada del mediodía. En ese momento, la noticia de que todo el castillo nacional había sido masacrado de formas horrendas se extendió como la pólvora por Zennug.

El hecho de que el Ejército Wandiolense y Krulmoniano se juntasen para atacar de forma uniforme tanto el norte como el oeste, destrozando toda resistencia, había empeorado el doble la situación. Para los zennugianos, prácticamente fue el fin del mundo.

Hubo un intrincado alboroto alrededor del país, con aristócratas y plebeyos levantándose contra el gobierno por sus propias razones. La clase alta tenía demasiado territorio, personal y negocios por perder en caso de que Zennug perdiese la guerra, por lo que abogaba por un mandatario digno para ganar. Y, claramente, ése tendría que ser algún noble, por lo que ellos estaban luchando su propia guerra política.

La clase baja, en cambio, tenía incluso más cosas por perder. Viendo la incompetencia de quienes se suponía que debían defenderlos (incluso si fuese porque eran necesarios para sus propios fines), armaron todo tipo de disturbios y hasta escaramuzas con tal de acabar con las manzanas podridas.

Viendo la masacre nacional incluso entre ciudadanos, la clase media optó por escapar del problema. Debido a que no son lo suficientemente pobres como para depender de los altos mandos ni lo suficientemente poderosos como para necesitar de los de abajo para mantenerse, una cantidad significativa de personas huyó del país o hasta se unió al enemigo con tal de ganar algo de la guerra.

Al igual que con Krulmón, la anexión de Zennug al Imperio wandiolense fue rápida. Qivssen Oletior, actual rey vasallo de mi país de origen, fue quien más tomó cartas en el asunto. Aunque usó una cantidad relevante de soldados imperiales, hizo uso mayormente del Ejército Krulmoniano para tomar gran parte del mérito de la conquista, por lo que una extensión del territorio estaría bajo su mando directo y, por ende, tendría mayores ganancias.

—¡Maldito bastardo! —grité con furia, tirando el periódico arrugado en una pelota hacia una esquina del dormitorio.

Ishtar, recién bañada, miró mi arrebato de ira con mirada estoica. Aunque no parecía querer unirse a mí por obvias razones, era claro como el agua que estaba de acuerdo conmigo.

—No sólo hace que el imperio tome el país… —murmuré, mis nudillos volviéndose blancos mientras mis uñas se enterraban en mis palmas—, ¡sino que también gana provecho de otros! ¡Y encima de nuestra nación hermana, MIERDA!

Nunca me consideré patriótico como Bruno Ezin, pero renacer en Qíntico ocurrió en un contexto único que me permitió entablar esa conexión persona-país. Amaba Krulmón como el hogar que me dio una segunda oportunidad de hacer las cosas bien, Zennug y Beshni siendo naciones que compartían toda una cultura con mi lugar de origen en este mundo. Las apreciaba, en cierta forma.

Saber que Qivssen Oletior, el mismo que arruinó Krulmón por dentro para que el Imperio wandiolense ganase con facilidad la guerra, había hecho de las suyas con más inocentes fue peor que el escupitajo de un basilisco en los genitales. Siquiera leer las atrocidades de ese bastardo incestuoso me dio ganas de matar a alguien, preferiblemente un soldado imperial.

—Cálmate, cálmate… —me dije, pellizcando la parte superior de mi nariz mientras daba vueltas por la habitación—… Enojarte con eso no te hará ningún bien… Sí, es mejor mantener la mente ocupada con otra cosa… Ishtar, ¿mañana tenemos Artes Elementales con la Disctadora de Tareas?

Mi fiel compañera asintió, riéndose por el apodo que le había puesto a Thyri Arnjøb. A decir verdad, esa profesora era más una impresora de trabajos que una persona.

Por otro lado, Artes Elementales es una asignatura que se enfoca en el estudio y dominio de los elementos mágicos. Los estudiantes aprenden los fundamentos y estrategias para usar la magia en combate y defensa.

—Bien, entonces mañana te reto a luchar con nuestros elementos mágicos opuestos —declaré con determinación.

—¿Eh? ¿Y eso a qué viene? —Ishtar frunció el ceño.

—Hay que pulir los defectos, ¿no? —argumenté—. Además, ¿no fuiste tú la que me retó a luchar con sólo un brazo la otra vez?

—Hey, vos ya estás a acostumbrada a eso —objetó Ishtar, cruzándose de brazos antes de mostrar una sonrisa desafiante—. Pero bueno, acepto.

Le devolví la sonrisa.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario