2024/02/25

Capítulo 41: Tornas cambiadas

En silencio, me dirigí a Eldmar. Quiso arrastrarse lejos de mí, pero se notaba lo débil que estaba con una mirada.

Puse una mano sobre su herida, usando la sanguinomancia para coagular la sangre y un poco de curación para cerrar la lesión. Syndra me había ayudado a entender el concepto detrás de la sanación y podía ejercerla, pero mi dominio era casi nulo.

Mientras Eldmar, Sara y Arnora me miraban tan atónitos como aterrador, coagulé o medio curé sus heridas. Era obvio para todos que no fue por compasión.

—Escuchen bien, lacras —dije, mi tono calmado—. Esto nunca sucedió. Yo no estuve aquí ni ustedes, quienes estaban luchando en una sala de entrenamiento y se infligieron heridas que el Campo de Garantía no pudo evitar. Un simple error en un conjunto mágico y más fuerza de la que pudieron controlar, ¿okey?

—T-Tú… —Sara me apuntó con un dedo tembloroso—. ¡N-No te dejaremos….!

Mi fría mirada se posó sobre ella y mi espada se movió un solo centímetro, callándola.

—Una extranjera republicana —dije—, quien se ha mostrado débil ante todos y siendo el objetivo de los matones. Una don nadie en estos gélidos territorios, ubicada en el escalón más bajo de todos en la cadena alimenticia de Romtus. Nadie querría ser humillado por alguien de estilo cuando la superaban en número, ¿no?

Los tres palidecieron aún más y una sonrisa se formó en mi rostro.

—Incluso si tienen la valentía de contar esto a alguien, les puedo asegurar una cosa a todos ustedes —continué—. La próxima vez, esas heridas seguirán abiertas hasta que la sangre deje de fluir por sí misma.

Con amenaza en mano, deshice la espada carmesí y me marché.

*

Fue satisfactorio, quitando una gran carga de mis hombros. Sin embargo, sabía que había agregado un peso extra sobre los mismos.

Tomarán represalias tarde o temprano.

Eldmar, Sara y Arnora estarían pasando un período de conmoción ante mi arrebato. Era probable que no actuaran hasta un tiempo después, pero ese momento llegaría en algún momento. La humillación en la aristocracia solía ser peor que la muerte, por lo que mis acciones no quedarían impunes.

Tengo que hacerle ver a la rectora que soy útil, me dije. Mi reputación de mercenario no ha llegado aún a estos lares o lo hicieron, pero nadie puede reconocerme debido a mi nueva apariencia. Ya estoy harto de seguir el rol del peón desechable.

Era hora de que demostrase quién era en verdad: Teressia Górmot, potenciadora de agua, usuaria de la rarísima sanguinomancia y la inusual criomancia, maga que logró llegar a la etapa avanzada del Reino Psíquico antes de alcanzar los diez años. El Filo Glacial, la mercenaria que hará lo que sea por su familia y por sí misma.

El Imperio wandiolense, Anduralia, Leigong, Yaara, Ayana e incluso personajes tan misteriosos como Um’qognaar y el detective serpiente; nadie volverá a desviarme de mi camino por mucho que me pisoteen.

Y, para hacer eso, primero tenía que empezar por lo sencillo.

—Ishtar —dije al entrar al dormitorio, viendo a mi compañera.

La joven wandiolense quedó paralizada por un momento, desviando la mirada. Se encontraba sentada delante de un escritorio reciente, leyendo lo que parecía ser un libro de magia. Sabía que ella odiaba leer, pero se esforzaba por aprender y mejorar en todo lo relacionado a la hechicería.

—Ishtar…

—Teressia…

Hablando a la vez y frenando abruptamente, nos miramos como idiotas. Sentí que parte de mi tensión se deshacía con una risita, acercándome a donde estaba.

—¿Qué estás leyendo? —le pregunté de forma casual.

—Eh, el Códice elemental: Fuerza… —respondió Ishtar, pareciendo algo incómoda. El libro trataba de la magia del fuego, por cierto—. Vi que habías leído el del elemento acuático, así que…

—Hiciste bien —interrumpí, asintiendo—. Es un libro magnífico para aprender tu afinidad, aunque admito que Gwydion se va un poco por las ramas en…

—Teressia —dijo, siendo su turno de interrumpirme con una firmeza algo temblorosa—, ¿no estás… enojada conmigo?

Sabía lo que tenía que decir, pero dudé. Después de todo, el odio cultivado durante meses hacia un país que me quitó todo seguía increíblemente arraigado en mí. Sin embargo, la decisión ya había tomada desde antes de entrar a la habitación.

—No —negué con la cabeza—, eso sólo fue un acto infantil de mi parte. No tienes la culpa, aunque no puedo decir lo mismo de tu tía.

Recordar a Anduralia hizo revolver mi estómago, pero me mantuve firme.

—Ella… —dijo Ishtar, pareciendo dudosa sobre cómo expresarse—… ella no es mala, ¿okey? Fue… obligada a ir a la guerra. Por sus padres y el país.

Obligada, la palabra resonó en mi cabeza. Ella fue… obligada.

Quería entender sus razones, en serio, pero algo dentro de mí me decía que perdonarla no era una opción. Por mucho que lo intentase, sabía que ganar la pelea contra esa parte de mi mente no sería fácil.

—Las palabras no servirán —dije—, no así de sencillo. Habrá tiempo más tarde para saber más sobre la otra y ese tipo de cosas. Pero, incluso así, te pido perdón, Ishtar, por cómo te traté.

La joven wandiolense abrió un poco los ojos, jugueteando con sus manos. Un momento después, se levantó… y me abrazó.

—Seguramente pasaste por mucho —dijo, su tono suave—, así que no te disculpes. Dolió, pero lo comprendo.

Me paralicé… y sonreí.

*

Pasaron los días y era obvio que las tornas cambiaron.

Eldmar, Sara y Arnora continuaron asistiendo a clases, pero dejaron de molestarme o siquiera aparecer ante mí. Cuando lo hacían de casualidad, prácticamente escapaban de la escena. Me sorprendió un poco ver cómo la última tenía la mano como nueva, aunque con una clara cicatriz.

No fue difícil que la noticia, más un rumor que otra cosa, se esparciera por mi clase y el resto. Que un aristócrata me ignorase era una cosa, pero los tres que más me molestaban mostrasen miedo era algo completamente diferente e insólito. Eldmar, Sara y Arnora trataron de disimular la situación, sobre todo el primero, pero las cosas eran tan claras como el agua.

Las personas se mostraron confundidas y curiosas, pero se conocía bien las capacidades de aquellos tres aristócratas. La arrogancia que tenían no era infundada, pues poseían talento y fuerza más que suficientes, sobre todo Eldmar. Nadie quería ir más allá de su curiosidad y comprobar de primera mano mi posible poder, el cual empecé a mostrar con más gallardía con el pasar de los días.

Tenía que verme fuerte, por lo que avanzar al Reino de la Cohesión significó una oportunidad de oro. Después de tanto tiempo, volví a progresar en todos los tipos de magia, específicamente la sanguinomancia y la criomancia.

El hecho de que hubiese podido hacer una espada de sangre me había intrigado al extremo. El costo de qí había sigo gigantesco, pero poco cansancio había sentido en el momento. Claro, al día siguiente me sentía como mierda con sólo respirar, pero el solo hecho de mantener una magia de ese estilo se suponía que estaba fuera de mis capacidades.

Reproducir la espada de sangre había costado un par de días de recolectar dicho fluido sin padecer anemia en el proceso. En la magia, la diferencia entre la manipulación y creación radica en el costo de qí, el cual aumenta de forma significativa cuando se trata de transformar la energía mágica en algo tangible.

Volver a hacer la misma hazaña resultó más fácil de lo que creí, el tema de mantenerlo siendo el problema. Concentrarme en que tenga una forma definida era significativamente difícil, pero podía progresar con constancia.

La criomancia, en cambio, se había vuelto más flexible. Ahora era capaz de mover construcciones de hielo, aunque de manera brusca y con altas posibilidades de que se rompan. Era como tratar de cambiar la forma de una rama seca.

Practicar con Ishtar significó una gran oportunidad de mejorar mi esgrima. Ella era más fuerte que yo tanto en el sentido mágico como físico, por lo que un oponente difícil era lo que más necesitaba para progresar en ese aspecto.

Como era de esperarse, asustar a tres tipos aleatorios no fue suficiente para frenar el abuso académico del resto de alumnos. Sin embargo, la suerte brilló a mi favor de nuevo; Ishtar me defendía tanto como pudo, manteniéndose a mi lado para espantar a esos mocosos arrogantes. 

A cambio, yo la ayudaba tanto como podía. A pesar de su talento, nunca había conocido la auténtica dureza del mundo exterior, por lo que yo estaba más adaptado a la supervivencia que ella. Entrenar juntas fue una sabia nutrición mutua de conocimientos.

Por quinta vez en lo que iba de día, me concentré en el flujo de qí. Ahora podía tener una imagen superficial de la energía mágica, la cual se encontraba convergiendo en mi plexo solar en una pequeña concentración energética.

Durante el Reino de la Cohesión, el dantian se desarrolla usando el qí del mago. Se alimenta de él durante un proceso largo y extenuante, fortaleciéndose y debilitando momentáneamente al potenciador. A cambio, el dantian cambiaba la circulación del flujo marcial para absorberlo por completo, luego liberándolo refinado con una pureza que lo hace increíblemente más efectivo y fácil de controlar.

Al comenzar el Reino de la Cohesión, el dantian nace con el tamaño de alrededor de una uña o un pulgar. Mientras más progrese el potenciador, más grande y efectivo se hará hasta que finalmente se vuelva un auténtico alter ego del mago, momento en que se toma como finalizado el reino mágico.

En mi caso, el dantian se encontraba con el tamaño de aproximadamente un pulgar. Su proceso de refinación era lento, pero estaba demasiado emocionado como para pensar en eso; tras tanta frustración, por fin había progresado.

Tomando una respiración profunda, calmé mis nervios sobre cuánto podría avanzar a partir de ahora. En cambio, mantuve con más firmeza mi agarre en la espada y mostré una sonrisa pícara.

Frente a mí se encontraba nada más ni nada menos que Sara Gandrud, quien se encontraba increíblemente tensa. Viendo cómo se comportaba conmigo, el profesor de Práctica del Combate la instó a batallar conmigo para «cultivar la confianza» entre ambas.

Era claro que el maestro de la asignatura era igual que otros como Thyri Arnjøb, queriendo ver a los plebeyos y extranjeros siendo humillados ante los aristócratas. Que alguien que provenga de un linaje tan refinado como los Gandrud debió ser un golpe al orgullo del profesor.

Y, como estaban las cosas, yo sería quien le diese el segundo golpe.

Apenas el piso brilló como señal para el inicio de la batalla, acorté la distancia entre ambas con un pisotón que llevó consigo mi fuerza sobrehumana. Sara, armada con dos dagas largas, soltó un chillido mientras usaba magia del agua (su afinidad) para conjurar una pequeña Fortaleza Escarchada.

Era admirable el control que tenían los Gandrud en el manejo de la magia, cosa que pude comprobar de primera mano con Eldmar y Sara. Sin embargo, ambos tenían el mismo problema que Ishtar: eran aristócratas que nunca habían salido de su auténtica zona de confort, niños de casa que jamás probaron la crueldad del mundo exterior.

Con eso, basta decir que yo ganaba en el ámbito de la supervivencia. Sumado al terror que les había infundido en los corazones de los primos Gandrud, las tornas de la batalla auguraban mi victoria.

Saltando con una combinación de capacidades físicas sobrehumanas y una explosión espontánea de agua, pasé por encima de la Fortaleza Escarchada sin muchos problemas. Utilizando el impulso ganado, caí sobre Sara, quien trató desesperadamente de protegerse con sus dagas largas, posicionándolas en forma de cruz y fortaleciéndolas con su flujo marcial de color azul oscuro con tintes de verde pálido.

Mi espada cubierta por un Manto Puntiagudo rompió sus defensas con facilidad, pues ella esperó que la atacase con un tajo. En cambio, había puesto todo mi peso e impulso en una estocada en una parte desprotegida de su clavícula.

Mi arma desgarró su piel y carne mientras un chillido desgarrador salía de la garganta de Sara. Por desgracia, el placer que sentía al verla retorcerse en el suelo se esfumó cuando el Campo de Garantía tomó la situación como crítica, terminando la batalla.

Deshaciendo el Manto Puntiagudo al mismo tiempo que la Fortaleza Escarchada desaparecía, limpié mi espada de la sucia sangre de Sara. Mientras lo hacía, pude ver por el rabillo del ojo cómo se acercaba Sigurmon Rögragg, el profesor de Práctica del Combate.

Se veía como un hombre cuarentón de barba espesa y ojos afilados, su corpulento cuerpo a la par de un culturista. Sus hombros anchos y espalda en V daba la impresión de que se estuviese hablando con un oso en vez de con un profesor, su vestimenta ajustada ensalzando la idea.

Aunque admiraba su fuerza, el tipo era un auténtico cabrón. No sólo tenía preferencia por los aristócratas, dichos alumnos recibiendo más ayuda y reconocimiento durante sus clases, sino que despreciaba profundamente a los plebeyos y extranjeros. A pesar del obvio abuso que recibía por parte de matones como Eldmar, siempre se hizo el tonto de forma incluso más descarada que Thyri Arnjøb, quien es conocida por odiar a la clase baja.

Incluso con su imponente mirada y apariencia, no me dejé intimidar.

—Republicana… —dijo apenas llegó a pocos metros de mí.

—¿Acaso no tengo ni nombre ni apellido, profesor Rögragg? —interrumpí, viéndolo a los ojos—. Qué grosero de su parte, si puedo comentar al respecto.

Por muy descarada que fuese la cadena alimenticia de Romtus, ser tan abiertamente hostil era tonto como mínimo. Teniendo en cuenta la cantidad de personas presentes, si una sola se pusiera firme ante la situación, se podría tomar represalias contra el descarado maestro que tenía en frente.

—Señorita Teressia —dijo, pareciendo odiar decir mi nombre. Era obvio que mencionar que tenía apellido sería un fuerte golpe a su orgullo—, su ataque contra la señorita Gandrud estuvo fuera de lugar.

—Oh, no sabía que en una batalla algún ataque está fuera de lugar —dije con tono sarcástico—. Perdone, profesor, la próxima vez que luche de verdad tendré cuidado de no encestar un golpe letal a mi enemigo. ¿Qué tal si aconseja al resto de la clase al respecto?

Pude ver con claridad cómo Sigurmon fruncía un poco la nariz con rabia, haciendo que una pequeña sonrisa se formase en mi rostro. Sin embargo, no dijo nada más y se marchó junto con Sara, quien ya había sido curada por un sanador y me miraba de reojo con miedo.

Esta vez, la presa se vuelve cazador.

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