2024/02/25

Capítulo 40: Calma

En Historia Bélica se estudia la historia de las artes militares y cómo han evolucionado a lo largo del tiempo. Se enseña sobre las batallas más importantes, estrategias bélicas famosas y líderes militares destacados.

Era interesante y me encantaría estudiar la asignatura en circunstancias normales, pero el lápiz en mi mano izquierda se movía sin ton ni son. A veces escribía con fluidez, otras se detenía abruptamente.

No era porque mis compañeros de clase, mayormente aristócratas, se burlasen a mis espaldas y me tirasen de vez en cuando un pedazo de papel que se desintegraba al golpearme sin dejar rastro. Influía en mi agrio estado de ánimo, pero lo que más me perturbaba era lo que pasó la semana pasada.

Soy un imbécil, me dije, sintiendo que mi lápiz se rompía por la fuerza que ejercí. Sacando otro utensilio de escritura de mi bolso, la culpa seguía carcomiendo mis entrañas. ¿Qué hago desquitándome con ella?

Ishtar no tenía la culpa de nada, sólo el Imperio wandiolense y Anduralia. Y, a pesar de saber eso tan bien como la palma de mi mano, la traté como mierda por el simple hecho de desahogarme. Y ni siquiera había servido, porque mi frustración sólo había aumentado por culpa de ese hecho y las clases donde fallaba o me hacían fallar.

Ahora, a pesar de dormir en la misma habitación, nunca interactuaba con ella. Tenía miedo de saber qué pensaba de mí o qué tanto daño le había hecho, mientras que en muchas ocasiones ella tomaba la iniciativa de no interactuar.

Ah, mierda, pensé mientras guardaba mis cosas al terminar la lección. Lo único bueno es que el bastardo de Eldmar no puede molestarme… en clase.

El plan de estudios dura alrededor de seis y siete años, pudiendo acortarse si alguien demuestra un talento excepcional y alargarse si se desea estudiar alguna asignatura extra. Eldmar, al igual que muchos otros estudiantes, había indicado pertenecer a la primera opción al ser ascendido de año.

El lado bueno de la situación era que todos ellos no podían molestarme durante las clases al no pertenecer a las mismas, mientras que el malo era que seguían pudiendo hacerlo fuera de ellas. En el momento en que saliese del salón, era casi seguro que estaría expuesto a sus bravuconadas.

Aprovechando que estaba envuelto en una multitud de estudiantes y profesores, me escabullí hacia el exterior del edificio. Prácticamente escapé hacia una esquina del campus, donde me recosté sobre el tronco de un árbol centenario.

Con la media hora de descanso que me esperaba y la luz del sol calentando mi piel de forma hermosa, no pude evitar aflojar los músculos. Estaba por estudiar de inmediato, pero el momento era perfecto para un auténtico receso de la tempestad que representaba Romtus.

Has pasado por mucho, ¿no?, pensé mientras veía la vieja corteza del árbol centenario. Yo igual, compañero, yo igual…

A decir verdad, sólo quería escapar de Romtus, Irlad, Dinrat, Qíntico, de todo y nunca más volver. Los problemas que se me presentaban parecían estar completamente fuera de mi nivel, pero a la vez tenía que forzarme a superarlos o al menos aliviar el golpe. No, sería mejor describirlo como ignorar el golpe.

Tomándome un momento para soñar con algo mejor, saqué un cuaderno de mi bolso. En el mismo tenía anotado todo tipo de cosas acerca de la magia, específicamente de la acuática; sugerencias generales sacadas de libros, formas de entrenar la sanguinomancia, maneras de aumentar mi control con la criomancia y combinaciones posibles con la esgrima.

¿Así se sentirán los universitarios de la Tierra?, me pregunté. Nah, de seguro lo pasan peor.

Dejando a un lado mis divagaciones, hice uso de mis notas para practicar o simplemente memorizar. Debido a que la sanguinomancia era un as bajo la manga que aún tenía que dominar, no lo usaría ni loco frente a la posibilidad de ser visto. Aunque Irlad no tiene un estigma para la hematomancia, dejar expuesto mi talento con la misma podría tener resultados impredecibles.

Entonces, mientras leía y memorizaba al mismo tiempo que trataba de realizar conjuros criománticos, escuché algo cerca.

—¡Miren! El saco de semen de Eldmar —susurró una estudiante que conocía horriblemente bien: Sara Gandrud.

Apreté la mandíbula ante sus palabras mientras escuchaba las risitas de sus amigas. Aunque no podía verla desde mi perspectiva, estaba seguro de que estaba detrás de mí, a la derecha.

Luego de casi dos semanas completas, estaba seguro de que Eldmar tenía alguna obsesión conmigo. No sabía si era realmente algo relacionado a su arrogancia porque soy un extranjero republicano o si en serio estaba enamorado de mí, pero las palabras de Sara se sintieron igual de humillantes ante cada opción.

A pesar de lo que ella dijo, nunca había vuelto a pasar por algo similar a lo del festival en Cravich. Ni los aristócratas ni los plebeyos estarían con una extranjera republicana, por lo que querer hacer algo así estaba fuera de cuestión para la mayoría. Lo peor que había pasado relacionado a eso era soportar algunas miradas lascivas, pero nada más.

Imbéciles, me dije, si tan sólo supieran que mentalmente soy un hombre.

Incluso así, ni yo estaba seguro por completo de ese tema. Desde que renací como Teressia Górmot, estaba caminando por la delgada línea entre la masculinidad y la feminidad. Aunque ciertos aspectos se mezclaban, siempre traté de mantener un límite entre ambos para mantener parte de mi hombría.

Ignorando la acalorada y molesta charla de Sara, continué estudiando.

*

De vuelta en Teoría del Combate, me encontraba escuchando la entretenida explicación de la profesora Thyri Arnjøb.

—Y con esto concluye la clase —declaró—, o eso diría.

Varios alzamos una ceja ante sus palabras, confundidos.

—En términos convencionales, una batalla tiene a dos combatientes que lo dan todo —dijo Thyri—. Sin embargo, ¿alguno se ha preguntado la razón detrás de que cada uno empuñe su arma contra el otro?

Nadie respondió.

—Es obvio que no. En cosas como la guerra —dijo, la mención revolviendo mis entrañas—, pocos desean saber el porqué de que su enemigo esté luchando. Después de todo, los humanos nacemos mayormente empáticos, por lo que entender que el oponente es una persona al igual que nosotros puede hacer flaquear nuestra determinación.

Ante sus palabras, sentí una punzada de culpa mientras recordaba mi situación con Ishtar.

—Sin embargo, lo que estoy diciendo no tiene el motivo de que sean empáticos con sus enemigos. No, eso es una ridiculez —continuó Thyri, riendo secamente—. En una verdadera batalla, la victoria decide tanto la muerte como la vida. Pero no todo radica en cuánto sea tu poder ni en cómo sean tus movimientos, sino el cómo haces el conjunto. Inteligencia, para resumir.

Muchos quedamos confundidos ante sus palabras, obviamente sin entender hacia dónde iba sus palabras.

—Este es un consejo mío y quiero que lo tomen como un hecho verídico, pues estuve cerca de la muerte en el pasado por culpa de ese tipo de situaciones —dijo Thyri, sorprendiéndome de mencionar de forma tan casual algo así—. Encontrarse con un enemigo que tiene todo por perder es algo que puede resultar fatal, pues es quien más esfuerzo pondrá con tal de sobrevivir un día más. Es a quien más deben temerle en el campo de batalla.

» Sin embargo, tampoco hay que subestimar a quienes no tienen nada por perder. Ellos acabarán con tu vida cueste lo que cueste, incluso su propia supervivencia.

Tomando nota de sus palabras, me di cuenta de que nunca había pensado el tema de ese modo. Siempre creí que la victoria se decidía sólo por el cómo te mueves y atacas junto con el poder en bruto, pero parecía que sólo estaba viendo una cara de la moneda. Mi lado, para ser exactos.

*

Los baños de la academia tienen piso de cerámica, paredes blancas y equipados con todo lo necesario. Tienen jabón, lavamanos, cubículos y papel higiénico a montones, con un amplio espacio que permite el ingreso de varias decenas de estudiantes.

Secándome las manos, solté un suspiro exasperado mientras me miraba en el espejo. Inconscientemente, mi expresión siempre se tornaba cansada y me encontraba encorvado. Esto último había empezado desde que desperté en Irlad tras el encuentro con Ayana, pero sólo había empeorado con el paso del tiempo.

Quiero dormir… Dormir y nunca despertar.

Guardando mis pensamientos pesimistas sobre la vida en un rincón oscuro de mi mente, terminé de secarme las manos y salí del baño. Había dejado mi bolso en el dormitorio, pero no me aseé ahí por la presencia de Ishtar. Al igual que otras veces, ni ella ni yo dijimos una sola palabra.

Tengo que hablar con ella, me dije. Esto se está saliendo de las manos y temo que mis acciones sean irreparables.

Incluso con temor de lo que podría esperarme, me prometí que arreglaría las cosas con Ishtar. A pesar de que sería medio a regañadientes, le haría saber que no tenía la culpa de nada y que no se preocupara.

Sin embargo, mi promesa tendría que esperar.

Una mano se posó sobre mi hombro derecho, obligándome a detenerme. Miré hacia atrás, encontrándome con que el que me agarraba era Eldmar Gandrud. Flanqueándolo, estaban también Sara Gandrud y Arnora Gissdor.

—Hace tiempo que nos vemos, ¿no? —dijo Eldmar con una sonrisa petulante mientras me daba vuelta.

Sí, un día sin ver tu cara de mierda ya es mucho, pensé con repudio, pero no expresé nada más que un ligero arrugamiento de nariz. Aquella acción ya se había vuelto un reflejo de mis sentimientos negativos.

—Compañero Gandrud, ¿a qué le debo la visita inesperada? —pregunté, manteniendo la cortesía tanto como pude.

—Nada, sólo una charla —respondió Eldmar, aunque pude notar algo oscuro en su mirada. Era siniestro y… perverso.

Esa mirada hizo saltar mis alertas, recordándome a lo ocurrido en la Ciudad de Cravich. La sensación de algo rozándome por detrás, de esas asquerosas manos tocando mis caderas…

—Bastardo —murmuré, un acto reflejo mientras daba un paso atrás.

Entonces, casi de inmediato me tapé la boca con horror. Un ceño fruncido apareció en los rostros de Eldmar, Sara y Arnora, el ambiente tornándose oscuro.

—¡Maldita desgraciada! —exclamó Eldmar, dándome una cachetada que llevó consigo su flujo marcial de color verde pálido.

Si me hubiera defendido, pude haber evitado el golpe con suerte. Sin embargo, el error que había cometido era lo suficiente para sufrir algo peor, así que simplemente tener que padecer un poco de bravuconería era un alivio.

Cayendo de rodillas por el golpe, toqué mi mejilla izquierda. Dolía, como un ardor abrasador, a pesar de mi cuerpo reforzado. Débil.

Quise al menos levantarme un poco, pero el pie de Eldmar pisó mi cabeza y me obligó a tocar el piso con la frente. Humillante.

—Perra republicana. —Escuché que decía Sara—. Encima que mi primo te ofrece hacerlo sin violencia, actúas de forma descarada.

«Hacerlo»… entonces, ¿realmente era eso?

—Sabes, tenía pensado tomar tu cuerpo sin ningún tipo de agresión —dijo Eldmar, presionando un poco más su pie contra mi cabeza—, pero parece que las perras como tú requieren que las domestiquen con algo de violencia. Sin embargo, estás de suerte.

Dejando de presionar su pie contra mi cabeza, pude levantar la mirada. La bota de Eldmar estaba frente a mí.

—Bésalo —ordenó.

Qué humillante, pensé, mis nudillos poniéndose blancos por la presión que ejercía en mis puños sobre mis rodillas. Qué malditamente humillante.

Sin embargo, no dije nada. Con las piernas dobladas sobre el suelo y sentado sobre las rodillas, recargando los glúteos sobre los talones, me veía tan humillada como me sentía. Mi corazón latía con fuerza por la frustración, pero seguí la orden en silencio.

Calma, me dije. La bota tenía un sabor amargo y sucio.

—Otra vez —ordenó Eldmar.

Calma. Mi visión se empezó a desenfocar, recordándome al ataque que ejercí contra Ayana. Sin embargo, esta vez era sólo mi furia tratando de contenerse.

—Otra vez.

Calma. Sentí cómo mi temperatura aumentaba por la ira.

—Otra vez.

Calma…

Entonces, recibí un golpe en la cara. Las carcajadas de Eldmar, Sara y Arnora resonaron por el pasillo vacío mientras me ponía una mano sobre mi nariz que ahora salpicaba sangre.

—Mírate, perra —dijo Arnora con tono petulante—, no eres más una sucia y despreciable republicana. ¡Ni siquiera te defiendes! Sólo eres…

Dejé de escucharla. No podía escucharla.

Me levanté, sintiendo mis rodillas temblar. Mi corazón latía con fuerza, todo mi cuerpo recalcándome las consecuencias de mis acciones. Quería huir de ahí y no afrontarlas, pero me di cuenta de algo.

Calma, eso es todo lo que necesito.

Entonces, me abalancé hacia adelante con un pisotón mientras la magia de aire, «Mutismo», evitaba que cualquier sonido saliese del lugar. La sangre que chorreaba de mi nariz se transformó en una sólida y afilada daga que se hundió en el abdomen de Eldmar, que me vio con una expresión que mezclaba la sorpresa y el horror, antes de abrir la herida mientras me dirigía hacia Arnora.

La susodicha reaccionó, pero sus acciones fueron insuficientes. Usando la abundante sangre de Eldmar, manifesté una espada carmesí que drenó mi qí. Pero no importó, ya nada importaba.

La mano de Arnora salió volando tras un corte rápido y fluido, mi pie impactando contra su pecho y enviándola a volar. Usando una explosión espontánea de agua para cambiar mi dirección sin problemas, me dirigí hacia Sara.

Una pared de piedra conjurada por Eldmar detuvo mi avance, o al menos eso intentó. La roca se hizo trizas cuando forcé mis músculos a su máximo potencial, mi espada de sangre perforando el estómago de Sara mientras una andanada de fragmentos de hielo iban dirigidos hacia su primo.

Una pared de roca detuvo la oleada, pero se deshizo casi al instante. Eldmar estaba pálido, cayendo hacia atrás mientras un enorme charco de sangre se formaba debajo de él.

Allí, en silencio, sólo yo quedaba en pie.

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