La biblioteca se encuentra en un edificio propio e independiente de dos pisos que cuenta con un guardia para garantizar el acceso de los estudiantes. La magia también está prohibida en la biblioteca y, debido a que algunos estudiantes en el pasado intercambiaron libros para venderlos, está estrictamente prohibido sacar un libro del lugar a menos que se les dé permiso.
En solitario, me encontraba sentado con un grueso tomo en mi mano derecha y un lápiz en la izquierda. El libro era una copia del «Códice elemental: Cambio», un texto antiguo escrito por el reconocido emisor Gwydion, un mago de renombre tanto en Dinrat como en Sortrón que es altamente célebre no sólo por su sabiduría, sino por ser unos de los poquísimos hechiceros con afinidad hacia los cuatro elementos.
La razón por la que generalmente un mago no posee afinidad hacia más de uno es porque los elementos entran en discordia entre sí, motivo por el cual usar una magia con la que no se está en sintonía consume más qí y enfoque, pues se está forzando al elemento a funcionar. Es por eso que los hechiceros cuatrielementales son tan escasos, estimándose que sólo hay uno entre más de mil brujos. Y encima esa estimación se comprobó que continúa siendo bastante inexacta.
Gwydion ya era célebre por el simple hecho de tener afinidad hacia los cuatro elementos, siendo el cómo lo hacía lo que lo llevó a formar parte de los personajes casi míticos de Dinrat y Sortrón. La maestría que mostraba detrás de cada llamarada, chorro de agua, ventisca y disparo de piedra era tan majestuosa que parecía casi divina.
Además de mago, también resultó ser un gran escritor. Sus obras más reconocidas son la serie de libros Códices elementales y Códices subelementales, los cuales hablan, respectivamente, de las cuatro magias y sus técnicas avanzadas.
Debido a la regla de no sacar libros de la biblioteca, tenía que conformarme con copiar las cosas más importantes de los textos. Había mucha información útil que podría olvidarme ante el menor problema, por lo que era mejor prepararse para lo peor.
El Códice elemental: Cambio trataba sobre la magia del agua. Lo que representa, su funcionamiento desde lo básico hasta lo más complejo, sus conjuros y hechizos, su extensa historia; todo estaba almacenado en el libro.
Por desgracia, el Códice subelemental: Versatilidad (que trata sobre las técnicas avanzadas de la magia del agua) no contenía nada demasiado relevante sobre la sanguinomancia. Aunque empecé a progresar más en el tema, seguía siendo mi prioridad conseguir información útil al respecto; lo más importante que mencionaba el apodado Santo de la Magia era que el Culto de Kraknak tenía la mayor cantidad de hematomantes entre sus filas.
Incluso si no tenía el conocimiento que más añoraba, cada libro era increíblemente inmersivo. Nunca me consideré un erudito ni en esta vida ni en la anterior, pero, por alguna razón que de seguro tiene que ver con mi nuevo cuerpo, desde que renací como Teressia Górmot siempre me interesé por la lectura.
Por desgracia, mi trabajo/pasatiempo se vio interrumpido.
—¿Otra vez aquí, extranjera? —preguntó con un venenoso tono burlón una persona que reconocía horriblemente, poniendo una mano sobre el Códice elemental: Cambio para obligarme a prestarle atención—. Se te van a caer los ojos si sigues leyendo tanto.
Frente a mí volvía a encontrarse Eldmar Gandrud, primo de Sara Gandrud y la arrogancia encarnada. Era como el típico matón de una película yanqui, pero con el agregado de que literalmente me era imposible agredirle de algún modo sin que las consecuencias me cayeran como una cascada imparable.
Reprimiendo el mayor insulto que podría ocurrirme, me forcé a darle una sonrisa que no llegó a mis ojos.
—Encantado de verte, compañero.
—Compañero Gandrud —recalcó con soberbia.
—Entonces, compañero Gandrud, ¿a qué le debo nuestro encuentro? —pregunté, manteniendo mi tono calmado, pero mis sentimientos filtrándose cuando mi nariz se arrugó ligeramente por la ira.
—Nada en particular —respondió, fingiendo desinterés mientras jugueteaba con el libro de magia—, sólo saber si quisieras ser mi compañera de entrenamiento durante la clase de Práctica del Combate.
En serio, ¿este tipo está enamorado de mí o sólo quiere joderme tanto como puede?
La Práctica del Combate es la contracara de la Teoría del Combate, pero también complementaria. Consiste en una serie de entrenamientos donde dos estudiantes luchan entre sí, pasando el aspecto teórico al práctico a través de la esgrima.
Que un estudiante le pide a otro ser su compañero sólo puede significar una de tres cosas: que es su amigo o alguien lo suficientemente cercano, que le quiere demostrar su confianza de forma amistosa o romántica (algo más común de lo que parece)… o que le quiere patear el culo.
Y, tal como estaban las cosas desde hace una semana, no parecía que fuese alguna de las dos opciones.
Reprimiendo un suspiro, asentí en silencio.
—Y claro, tampoco olvides que cometer un error significa sufrir cuando se trata de esgrima —dijo Eldmar, su mirada con intenciones detrás que reconocí de inmediato—. Ya sabes, para hacerte recordar lo importante.
Lo sabía bien: ninguna de sus palabras habían sido peticiones o sugerencias. No, todo lo contrario; órdenes y amenazas de alguien que sabía que tenía la situación bajo control, que era el fuerte y su víctima el débil. Él sólo quería verme perder ante todos para satisfacer su ego.
A través de esta semana que parecía haber durado un mes, había aprendido mejor mi posición en Romtus. Cuando intentaba defenderme, el golpe llegaba con más fuerza; ir contra los aristócrata sólo significaba la expulsión o algo peor. La dura naturaleza de la academia me volvía un peón sin voz ni voto, un saco de boxeo para cualquier niño arrogante que estuviese frustrado consigo mismo o con la institución.
Y esta vez, como tantas otras veces, tuve que aceptar ese rol.
*
Los uniformes de entrenamiento están diseñados para ofrecer comodidad y libertad de movimiento durante las prácticas intensas. Al igual que los normales y los de los profesores, estaba dividido en función del sexo.
Para los varones, consisten en pantalones negros ajustados y una camiseta sin mangas de color blanco. También llevan botas de cuero resistente y guantes protectores para garantizar la seguridad durante los rigurosos ejercicios de combate.
Para las mujeres, estos constan de pantalones negros ajustados y una camiseta con mangas cortas de color blanco. Además, llevan botas de cuero resistente y guantes protectores para garantizar su seguridad durante los rigurosos ejercicios de combate.
Me sentía abrumadoramente más cómodo con el uniforme de entrenamiento, haciéndome añorar quedarme en la Práctica del Combate para desahogar mi frustración cada vez mayor contra plebeyos, pues era obvio que los aristócratas harían algo para perjudicarme en caso de dañarlos más de lo necesario.
Sin embargo, saber lo que me esperaba agrió mi estado de ánimo. Reprimí un suspiro… ¿Cuántas veces quise suspirar esta semana?
Las salas de entrenamiento eran amplias, lo suficiente como para agrupar con facilidad una multitud si se disponían bien. Hay varias secciones para que dos o más estudiantes luchen entre sí, con Campos de Garantía el triple de efectivos de lo que son en Vastrem evitando alguna muerte o daño grave.
Pude ver a Eldmar entre los estudiantes, reunido con Sara y una alumna que reconocí como Arnora Gissdor. Su cabello castaño oscuro se mantenía corto hasta los hombros, sus ojos azules irradiando una elegancia que ocultaba una profunda soberbia y su cuerpo esbelto pareciendo haber nacido para luchar como una potenciadora.
Eldmar no tardó mucho en acercarse con una postura firme. Aunque odiaba admitirlo, la seguridad que transmitía estaba justificada; con sólo diez años ya había alcanzado la etapa intermedia del Reino de la Cohesión, especializándose en el uso de la lanza y teniendo afinidad hacia la magia de la tierra.
Después de todo, su elemento representa la resistencia, la perseverancia, la solidez y los distintos tipos de dureza, pensé, queriendo distraerme de la situación tanto como podía a través de mis conocimientos. Sí, el tipo es malditamente perseverante en ser un idiota.
Con espada en mano, me preparé para lo que vendría. Puse mi pie izquierdo adelante, usando una posición de batalla que modifiqué debido a la pérdida de mi brazo derecho. Aunque ahora tenía una prótesis, mi repertorio de capacidades seguía siendo minúsculo en comparación a lo que necesitaba para ejercer la misma destreza en la esgrima cuando estaba completo.
El piso bajo nuestros pies brilló, sus intrincados grabados místicos iluminándonos y señalando el inicio del combate.
Me impulsé hacia adelante, lanzando un tajo horizontal que llevó consigo gran parte de mi fuerza. Incluso tratando de hacer lo mejor que podía teniendo en cuenta las limitaciones del contexto, Eldmar había sido más rápido y su lanza perforó mi costado derecho, enviando un ligero dolor a través de mi cuerpo.
Usando una explosión momentánea de agua que drenó una parte considerable de mi qí, combiné el juego de pies y la magia para cambiar mi dirección para atacar la espalda expuesta de Eldmar. Por desgracia para mí, el bastardo conjuró una pared de piedra que pudo haber roto mi espada si no me detenía a tiempo, la pérdida de impulso y equilibrio dejándome como un blanco fácil a su lanza.
Pude haber esquivado, a decir verdad. Tenía la cantidad de qí más que suficiente para provocar una explosión espontánea de agua e impulsarme lejos, pero no hice nada. Inmóvil, dejé que el arma de asta activara el Campo de Garantía ante el ataque letal.
Mi nariz se arrugó por un momento cuando me encontré con la mirada arrogante de Eldmar, quien ya se estaba proclamando como vencedor ante el resto de la clase. Sentado en el piso, sentí el poderoso impulso de matar a alguien con tal de quitarme la frustración y la humillación de encima, agarrando la empuñadura con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos.
A decir verdad, quería llorar.
*
Ishtar Faelbrin, sobrina de la paladín Anduralia Faelbrin, se encontraba parada frente al dormitorio. Su cabello carmesí ahora le llegaba a los hombros (pues parece que se había olvidado de cortarlo al ingresar a Romtus), sus ojos fucsia ligeramente entrecerrados mientras me miraba.
Ya había pasado el mediodía y las clases habían terminado. Agotado como estaba de interactuar con aristócratas arrogantes y las lecciones en sí mismas, ver que Ishtar me paraba el paso me molestó.
—¿Qué? —pregunté secamente, moviendo un mechón de pelo blanco de mi cara para darle una mirada hostil.
A decir verdad, sabía bien que Ishtar no tenía la culpa de nada de lo que pasó en Krulmón. Por lo que pude entender, ella sólo era una miembro de la aristocracia wandiolense a la que todos querían ponerla en un pedestal, pues las mujeres guerreras son poco comunes en el imperio. Venir a Romtus había significado la oportunidad perfecta para entrenar sin inconvenientes y volverse tan fuerte como su tía, Anduralia, a quien más admiraba.
Enojarme con Ishtar era infantil cuanto menos. Lo sabía y me odiaba por ello, pero el rencor que tenía hacia el Imperio wandiolense se había arraigado en mi alma desde la destrucción de Dírdin. Fuese a donde fuese, persona que conociese y situación que viviese, nunca dejé de verlos como el villano de la historia. Necesitaba encontrar uno para mantenerme firme ante el mundo
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Ishtar. Se notaba cómo trataba de controlar su tono, conservando su dureza, pero poniendo suavidad para no sonar brusca. Todo lo contrario a mí, lo que hacía que me odiase tanto a mí mismo como a ella.
—¿Hacer qué? —Estaba cansado del día, así que ver su negativa a dejarme pasar lentamente me enfurecía.
—Tu pelea contra ese bastardo de Eldmar —dijo, sorprendiéndome al llamarlo abiertamente de esa forma—, cuando él te dio ese último ataque. Vi que puedes usar explosiones espontáneas de agua antes, así que… ¿por qué dejarte humillar?
Me mantuve en silencio durante un momento antes de echar una seca carcajada, haciendo que Ishtar alzara una ceja en clara confusión. Me alejé, sentándome y apoyando mi espalda contra la amplia pared del pasillo vacío. Dejé mi bolso a mi lado, poniendo una sonrisa burlonamente venenosa a Ishtar.
—En serio, ¿acaso estuviste metida abajo de una roca toda esta semana? —pregunté con sarcasmo—. La aristocracia y la plebe de aquí tiene fundamentos parecidos a los del Imperio wandiolense, así que deberías saberlo bien; en esta academia, los poderosos devoran vivos a los débiles si no se cumple un rol predeterminado.
—¿Rol… predeterminado? —La postura determinante de Ishtar vaciló.
—Vamos, ¿tan tonta vas a ser? —me burlé de forma sarcástica—. ¡Esta no es tu casita de mármol donde todos te ponen en ese maldito pedestal! Aquí, en el mundo real, los fuertes comen vivos a los débiles, así de simple. Si el aristócrata no cumple la función del fuerte, lo comen; si el plebeyo no cumple el rol del débil, lo comen. Y los extranjeros como yo estamos en lo más bajo de la cadena alimenticia en esta academia.
El silencio inundó el pasillo una vez. Ishtar parecía realmente adolorida por mis palabras, pero no podía saber si era por la información o el cómo le hablé.
Infantil o no, ésta era la oportunidad perfecta de desahogarme. Ishtar podía ser una potenciadora en el Reino de la Cohesión y una espadachina talentosa, una guerrera nata en el campo de batalla, pero sus sentimientos seguían siendo los de una adolescente que no comprende bien el mundo. Y encima una wandiolense, dejándome en bandeja de plata quitarme parte de mi frustración.
—Teressia… —murmuró Ishtar antes de alzar la voz con firmeza, mostrando en sus ojos una preocupación que me dolió—. ¿Por qué me odias?
Había dejado demasiadas pistas de que tenía una preferencia hacia ella en cuanto a hostilidad, por lo que no era de extrañar que lo supiese. Sin embargo, revelar mi pasado era más doloroso que saber el daño que le infligía a una adolescente sin culpa de algo tan desastroso como la guerra.
Pero, incluso así, esta academia me había cambiado… para peor.
—Tu tía —dije, con tono frío—, Anduralia Faelbrin la paladín, arrasó mi pueblo.
Ishtar quedó conmocionada ante mis palabras, paralizada en su lugar. Mostré una sonrisa que seguramente se parecía a las de esos malditos aristócratas, pero no me importó. Un rol es un rol y era la primera vez que podía salirme del mismo, así que sólo me levanté en silencio y entré al dormitorio.
Sin embargo, Ishtar me detuvo con agarre algo firme, pero suave y tembloroso.
—E-Ella… —dijo, pareciendo luchar por expresarse—… Anduralia… e-ella no es…
—Lo hecho, hecho está.
Me quité su mano de encima, entrando al dormitorio.


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