Romtus era una estructura imponente construida con piedras grises y robustas, que evocan una solidez y una resistencia abismales. Las paredes estaban decoradas con intrincados grabados que representan escenas de batallas y héroes legendarios, rindiendo homenaje a la rica historia militar del reino.
La entrada principal de Romtus recibía a sus visitantes con una imponente puerta de madera maciza, tallada con motivos (en lo que a artes visuales se refiere) y protegida por una serie de esculturas de guerreros en posturas de defensa que, en realidad, eran auténticos guardias que se moverían ante la primera orden mágica. Al cruzar el umbral, el visitante se adentraba en un patio central amplio y abierto, rodeado por edificios de piedra que albergan aulas, dormitorios y salas de entrenamiento.
Los edificios de Romtus estaban diseñados con un enfoque en la funcionalidad y la resistencia. Los tejados a dos aguas se levantaban majestuosamente sobre las estructuras, protegiéndolas y dándoles un aspecto distintivo. Las ventanas, enmarcadas en madera oscura, permitían la entrada de luz natural y ofrecían vistas panorámicas de los terrenos circundantes.
Dentro de los edificios, se podía encontrar una combinación única de elementos modernos y tradicionales. Las aulas están equipadas con lo último en tecnología educativa, mientras que las salas de entrenamiento cuentan con armaduras y armas utilizadas para enseñar y practicar las técnicas de combate.
Los jardines eran un lugar de serenidad y contemplación. Con senderos empedrados que serpenteaban entre árboles centenarios y estatuas de antiguos generales, los estudiantes encontraban un espacio para la reflexión y la inspiración. Un campo de entrenamiento al aire libre, rodeado de colinas y montañas, ofrecía un lugar perfecto para practicar tácticas militares y estrategias de combate.
Dejando de lado mi fascinación sobre la imponencia y belleza que era la arquitectura de Romtus, me sentía bastante inseguro al respecto de estar en el lugar. No sólo era por lo que ya sabía que tenía que sufrir ni todas las miradas que me seguían, sino también por lo que debía llevar puesto.
En Romtus, los uniformes se dividen en normales y de entrenamiento. Los primeros son utilizados para clases teóricas y paseos alrededor de la academia, mientras que los segundos son exclusivos de las lecciones prácticas tales como batallas controladas.
Para los varones, los uniformes normales consisten en una camisa de color azul oscuro con detalles en dorado que simbolizan la bravura y el coraje. Estas camisas son de corte ajustado y se complementan con pantalones de color negro y botas de cuero resistente. Los atuendos también incluyen un cinturón ancho y una capa corta, adornada con el emblema de la academia, que representa la pertenencia y el honor.
Para las mujeres, los uniformes normales consisten en una blusa de color verde esmeralda, con detalles en plata que representan la gracia y la destreza. Estas blusas están diseñadas para realzar la figura femenina y se complementan con faldas largas de color negro y botas de cuero elegantes. Al igual que los uniformes masculinos, las mujeres llevan un cinturón ancho y una capa corta adornada con el emblema de la academia.
Por desgracia para mí, esto no era como en Dírdin y mi viaje; si me decían que me tenía que poner un uniforme en concreto, no podía hacer más que aceptar a regañadientes. Llevar una falda siempre fue incómodo, pero al menos podía contar con la calefacción mágica de cada atuendo de la institución para asegurarme de que había hecho la elección correcta al entrar en Romtus.
Al menos no moriré de frío por esa falda, me repetí mientras caminaba por el patio delantero de la academia. Con las miradas de muchos fijas en mí, sentí una mezcla de miedo e inquietud, emociones que tiré al fondo de mi mente para aferrarme a mi determinación.
Con mi gran bolso lleno de todo lo necesario para vivir en Romtus, me dirigí hacia los dormitorios femeninos. Los largos y amplios pasillos repletos de estudiantes y profesores no hizo mucho bien a mi inseguridad, pero no dejé que eso se mostrara en mi expresión ahora endurecida.
Estoy cumpliendo mi sueño, me dije, y lo exprimiré hasta que no quede una sola gota de conocimiento.
A pesar de lo enorme que era Romtus, llegar a los dormitorios femeninos fue más rápido de lo que creí. En primer lugar porque estaba tan inmiscuido en mis pensamientos que el tiempo transcurrió más rápido para mi mente y , en segunda posición, porque varias personas trataban de no meterse demasiado en mi camino. Mayormente plebeyos, supuse, ya que los que parecían aristócratas se mostraban altivos ante mí.
Les patearé la cara algún día, prometí, aunque era más algo para evitar que mi determinación flaquee.
Mi dormitorio resultó ser bastante amplio, teniendo una única ventana que daba al exterior de la academia. Una litera se encontraba en la esquina izquierda, dos armarios dispuestos en la esquina contraria, un piso tapado con una alfombra verde, una mesita de noche y una puerta que conducía, seguramente, al baño.
Aunque sabía qué tipo de compañera de habitación podría tocarme debido a que Romtus recibía personas de todo el continente, aún así no pude evitar apretar la mandíbula con ira reprimida.
Acostada en la cama superior, se encontraba una joven que parecía poco mayor que yo. Su cabello carmesí como las llamas de un fuego ardiente que parecía consumirlo todo caía, desaliñado, sobre el costado del colchón. Sus ojos fucsias miraban de forma algo perezosa y hasta aburrida las páginas de un libro, sus piernas, tan esbeltas como su cuerpo típico de una atleta en su mejor momento, estando cruzadas.
Conocí a pocos durante mi viaje, pero mis conocimientos a través de la lectura exhaustiva complementaron a la perfección las lagunas. El color de su cabello provenía mayormente de un lugar que conocía mejor de lo que me agradaba sin tener la necesidad de vomitar o golpear a alguien, sus rasgos afilando ensalzando la idea que tenía.
Era una wandiolense.
—¿Y esa cara? Pareciera que pisaste mierda —se burló la joven originaria del mismo país que me arrebató a mi padre, mis amigos, mis conocidos y mi hogar.
Autocontrol, me dije, calmando mi respiración y mi intenso deseo de molerla a golpes. Ella es una wandiolense… ¿y qué? No fue a la guerra y mató ella misma a papá, por ejemplo. Sí, pensar así es absolutamente tonto.
Incluso sabiendo eso, tardé un momento en tranquilizarme y poder hablar sin soltar veneno tras cada palabra.
—Soy Teressia, ¿y tú? —pregunté, queriendo mantener mi fachada ante alguien posiblemente aristocrático.
—Ishtar, un placer —respondió la joven wandiolense, cambiando su tono burlón a algo semejante a la formalidad. Sin embargo, despegó poco sus ojos del libro a pesar del obvio aburrimiento que padecía—. Pasaste por mucho, ¿no?
Pude notar su mirada cayendo sobre mi brazo protésico y mi cara, lo que me incomodó un poco.
—Bastante, a decir verdad —suspiré, moviéndome hacia la cama para dejar mi bolso que ahora parecía pesar como una casa entera por algún motivo.
—Veo que no eres de aquí —comentó Ishtar, aunque por obvias razones no podía verla—, ¿de dónde viniste? Soy de Wandión, por cierto.
—Digo lo mismo —dije, medio susurrando, antes de hablar en voz alta con un toque casi imperceptible de hostilidad—. Soy de Krulmón.
—Una república, ¿eh? —Ishtar parecía algo intrigada—. Y encima la que perdió la guerra contra mi país. Te pido perdón por eso, si es que te hace sentir mejor.
—No pasa nada —desestimé, pero ni yo mismo me lo creía—. ¿De casualidad eres una plebeya? Los aristócratas no parece que tengan el cariño para hablar tan casualmente, aunque tampoco se puede decir mucho de los de la clase baja.
—Parezco, ¿no? —carcajeó Ishtar—. Mi madre me lo dice mucho. Es muy molesta, ¿sabes? De todos modos, soy una aristócrata. Faelbrin, para ser exactos.
Entonces, dejé de sacar la ropa de mi bolso. Paralizado, reproduje sus palabras varias veces en mi mente mientras sentía la furia filtrándose por cada poro de mi cuerpo.
Faelbrin, pensé. La misma familia a la que pertenece la bastarda de Anduralia, quien puso como objetivo a Dírdin. La misma desgraciada que me quitó a mis amigos, mis conocidos y mi hogar.
Quería calmarme, pensar bien la situación. Sin embargo, controlar siquiera un músculo de mi cuerpo para no estallar ahí mismo en una pelea tomaba hasta la más minúscula de las concentraciones. Deseaba matar a Ishtar, hacer sufrir a Anduralia de alguna manera.
No, me dije, no. Eso no está… bien, ¿okey? Si debo matar a alguien, es a esa bastarda de Anduralia, no a una persona aleatoria de su familia. Podría ser una prima lejana y nunca enterarse de su muerte. Incluso si lo hace, existen altas posibilidades de que no le importe si es tan fría como creo.
Soltando un largo suspiro, continué sacando mi ropa.
*
Gracias a un papel donde estaban anotados mis horarios y clases junto a direcciones, no tuve muchos problemas para guiarme hacia mi primera asignatura: Teoría del Combate, que agrupaba estrategias, formaciones y tácticas de batalla. También se enseña técnicas de defensa personal y cómo utilizar armas convencionales. Todo sin magia, por cierto.
El salón de clases era como un auditorio con iluminación mágica, aunque bastante compactado. Incluso así, se notaba a leguas que su capacidad era más que suficiente para más de cien personas.
Con bolso en mano, ahora sólo llevando mis útiles escolares y comida, me dirigí hacia uno de los asientos en la fila inferior, justo frente a la enorme pizarra probablemente mágica. El asiento era acolchado, lo suficiente como para no sentirse incómodo, pero no tanto como para causar somnolencia.
La llegada de la profesora y el resto de estudiantes fue rápida y constante. Pude notar las miradas despectivas de varios mientras pasaban, yéndose hacia sus asientos lejos del mío.
Al menos en su mayoría.
—Muévete, sucia extranjera —ordenó uno de los estudiantes, el cual se había parado a mi lado con un tono altamente arrogante al igual que su postura y expresión.
Su cabello castaño estaba bien cortado y peinado, sus ojos azules siendo afilados como los de un águila. Su complexión delgada pero musculosa decía mucho de sus capacidades físicas, todo de sí gritando que era un aristócrata presumido. Sin embargo, tuve la leve idea de que esa arrogancia podría tener una base.
Ahogando un insulto, me levanté de mi asiento y me fui hacia otro. No había necesidad de peleas, ni verbales ni físicas, cuando toda mi carrera estudiantil estaba en juego. No desperdiciaría todo mi plan de estudios por un chico soberbio cualquiera entre el mar de iguales.
Así fue como toda la clase se acomodó en sus asientos mientras la profesora preparaba sus cosas, sentada en su escritorio de forma algo perezosa. Por suerte para mí, nadie intentó nada parecido al aristócrata de recién, el cual se llamaba Eldmar según lo que escuché de su acalorada y despreocupada conversación con una alumna.
Entonces, la clase comenzó.
—Me llamo Thyri Arnjøb y soy, como verán, su profesora de la asignatura «Teoría del Combate» —dijo la maestra, parándose y poniéndose frente al pizarrón.
Su cabello rubio con mechones blancos estaba amarrado hacia atrás, acentuando sus ojos afilados de color verde. Su cuerpo se notaba atlético a leguas y su apariencia era joven, como si tuviera realmente cuarenta años. Sin embargo, su ceño fruncido y mirada penetrante quitaban algo de su lozanía. Como era de esperarse, llevaba puesto la vestimenta oficial de los maestros.
Los uniformes para los profesores de Romtus están diseñados para reflejar su autoridad y conocimiento en el campo de las artes militares. Al igual que para los alumnos, son diferentes en función del sexo:
Para los varones, el uniforme consiste en una camisa ajustada de color negro, con detalles en dorado que denotan su experiencia y liderazgo, que se complementa con pantalones negros y botas de cuero resistente. También llevan un cinturón ancho y una capa larga que les otorga una apariencia imponente y respetable.
Para las mujeres, el uniforme consiste en una blusa ajustada de color azul oscuro, con detalles en plata que representan su sabiduría y elegancia, que se combina con una falda larga de color negro y botas de cuero elegantes. Al igual que los profesores varones, llevan un cinturón ancho y una capa larga que les confiere una presencia profesional y respetable.
Thyri se mostraba bastante imponente, a decir verdad.
—Empecemos por lo simple, valga la redundancia… —dijo, empezando lo que claramente sería una larga clase.
Inmiscuido en absorber toda información relevante, el tiempo pasó más rápido de lo que esperaba. Después de todo, es algo común cuando algo le interesa a alguien.
Cuando la clase acabó, empecé a guardar mis útiles escolares tan rápido como pude. Los recesos entre cada lección era de alrededor de media hora, tiempo que quería aprovechar al máximo en cosas tales como comer y leer.
Sin embargo, cuando estaba por agarrar mi cuaderno para meterlo en mi bolso, alguien me detuvo. Poniendo su brazo alrededor de mi cuello como una especie de abrazo, me estremecí ante la sorpresa antes de ver al culpable. Alcé una ceja cuando la reconocí.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, mi nariz arrugándose ligeramente por la furia inherente que tenía hacia los wandiolenses y sacando su brazo alrededor de mi cuello con una brusquedad mayor a la que pretendía.
—Desde que inició la clase —explicó Ishtar, frunciendo un poco el ceño y mostrando una mirada ilegible por una fracción de segundo—. Supongo que te gustó tanto que ni notaste mi presencia. Bueno, no te juzgo; me encanta todo lo relacionado a las artes militares.
—Sí, lo que sea… —Iba a tratar de zafarme de su presencia, pero fui interrumpido.
—¡Hey, Ishtar! ¿Qué haces hablando con la republicana? —exclamó una voz que se acercaba desde las filas superiores.
Cuando me volteé, vi cómo venía una joven de nuestra edad. Su cabello azul caía como una cascada, con ojos negros como la noche y un busto prominente. Su expresión mostraba una mezcla de sorpresa y repugnancia.
—Le contaste… —murmuré, viendo a Ishtar con el ceño fruncido. Por alguna razón, odiaba que ella hubiese revelado de dónde provenía.
—Hey, tampoco la mires así —se quejó Ishtar, viendo a la recién llegada con malos ojos antes de dirigirse hacia mí—. Ella es…
—Perdón, pero tengo que irme —dije de inmediato, cortándola de cuajo, mientras cruzaba mi bolso sobre mi torso.
A decir verdad, Ishtar parecía una buena persona en el fondo. Odiaba admitir que una wandiolense podría ser algo más que un asesino o similar, pero tenía que aceptar la realidad a regañadientes.
En cambio, la recién llegada era una aristócrata arrogante a leguas. De por sí me veía como si fuese basura en el camino que no era barrida sólo gracias a Ishtar, por lo que no quería inmiscuirme con algo que podría explotarme en la cara si tentaba mi suerte.
Sin embargo, otra vez fui detenido. En esta ocasión fue una firme mano que se posó sobre mi hombro izquierdo.
—¿Cómo osas despedirte así de mí, Sara Gandrud, maldita republicana? —preguntó la que parecía ser una conocida o hasta amiga de Ishtar, su tono expulsando el más corrupto veneno.
¿Qué tiene contra los republicanos esta imbécil?, me pregunté con mi sangre hirviendo de ira, dándome la vuelta. Estaba por disculparme para evitar más inconvenientes, pero volví a ser interrumpido.
—Hey, en serio te lo digo —le advirtió Ishtar a la arrogante aristócrata—. Deja de molestarla así, ¿okey? Tampoco es que mató a toda tu familia o algo así.
Sara arrugó la nariz con claro disgusto, pero se mantuvo callada por unos segundos. Pareció reconsiderarlo, cambiando su expresión a una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Sí, tampoco es que pueda —se burló, pero esta vez el veneno tras sus palabras se contuvo—. Vayámonos, entonces.
Por primera y única vez te doy la razón, bastarda.


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