12 045 d. L., a mediados de otoño.
Como era usual, Syndra Górmot caminaba por las atiborradas calles del Pueblo de Dírdin. La cantidad de gente podría haberse considerado insólita si no fuera por un simple hecho: la «Noche del Ei’íni».
Es una celebración de Dinrat en honor a la caída de Traxrot el Emperador Maldito, realizándose a inicios de otoño. «Ei’íni» era un término muy utilizado por la aristocracia de la época, siendo aplicada como «paz política y cultural». La palabra terminó en desuso a día de hoy, empleándose mayormente para la festividad.
Durante el día, los negocios preparan sus mejores productos y se decora el lugar. Es un momento donde las masas se mueven como locas, atiborrando las calles y dificultando la circulación peatonal. Luego, cuando cae la noche, se arma un banquete y un baile donde (en este caso) todo Dírdin aprovecha para socializar, comer y bailar lo máximo posible.
—Buen día —saludó Syndra al llegar a una tienda en particular—, ¿cómo va todo?
—Espectacular, ¿y a ti? —Drelfa, madre de Ípiani, era una mujer de 38 años, cabello morado y ojos negros.
—Bien, gracias a Lóndirra —respondió Syndra con una sonrisa suave—; Teressia ya cumplió sus cuatro años y estamos por viajar a Runval para conseguir algunas cosas. ¿Y tú? ¿Planeas ir a algún lugar?
—El año que viene seguramente me vaya a Prak para estar con mi familia un tiempo —respondió Drelfa, mencionando la provincia en el extremo sur-sudoeste—. Ípi está ansiosa por ver a sus abuelos y tíos, así que no hay problemas. ¡Pero ya basta de hablar de cosas tan aburridas! ¡¿Te enteraste de lo ocurrido con Talweng?!
El susodicho era un mago en el Reino de la Consolidación, un individuo importante y bondadoso. Siendo la mano derecha del presidente de Krulmón, su influencia era abundante y le gustaba estar bajo el ojo público.
—Escuché algunos rumores —dijo Syndra—, pero aún no puedo creerlo. ¿Cómo es que tenía diez kilos de droga? ¡Es una cantidad absurda!
—Dicen que va a estar preso por varias décadas —agregó Drelfa.
—¿Algún chisme más? —preguntó Syndra, curiosa.
—Los más jugosos son la caída de la Fortaleza Márfedel, el avistamiento de un miembro del Culto de Kraknak y una posible expedición hacia la Región de las Mil Muertes de parte del Imperio wandiolense —respondió Drelfa tras atender rápidamente a unos clientes.
—Suelta el chisme completo —instó Syndra con intriga extrema.
—Esta semana se esparció la noticia de que la Fortaleza Márfedel fue invadida y arrasada —dijo Drelfa, mencionado al castillo en el extremo noreste de Krulmón, en la Provincia de Kadrua—. Al parecer, unos yaoguais usaron un artefacto para controlar a una cantidad inmensa de orcos.
Los yaoguais son espíritus demoníacos que poseen un cuerpo (vivo o no) de un qüelio. Los orcos, en cambio, son monstruos primitivos con altas capacidades físicas que viven en tribus.
—Eso es desastroso —exclamó Syndra, bastante aterrada—. Debió morir mucha gente…
—Casi quinientos magos —afirmó Drelfa—. Ahora se están preparando tropas para recuperar el lugar y acabar con los yaoguais y orcos. Por desgracia, seguramente ya no quede ni un cadáver debido al hambre casi insaciable de los orcos.
—Bueno, ya no se puede hacer mucho sobre eso —suspiró Syndra—. ¿Y lo del miembro del Culto de Kraknak?
—Ah, sí —asintió Drelfa—. Casi al mismo tiempo que la caída de Márfedel, se vio merodear a Leigong en Shagrat y otros países.
Leigong, apodado la «Tempestad Ruin», es un mago de alta importancia y poder dentro del Culto de Kraknak, originario del continente Sortrón. Se teoriza que está en el Reino Apoteósico, siendo de los pocos hechiceros que han desbloqueado y dominado la submagia del rayo, una técnica avanzada de la magia del aire.
Shagrat, por otro lado, es la segunda ciudad más importante de Krulmón, sólo superada por la capital: Ánglax. Es un punto comercial y productor de materias primas, ubicada en la Provincia de Ítrium, la cual se encuentra en el sudoeste.
—¿Qué hacía un tipo tan aterrador allá? —El hecho había perturbado a Syndra, quien había crecido con los cuentos de horror sobre Leigong.
—No se sabe —respondió Drelfa, encogiéndose de hombros—, pero al día siguiente de su avistamiento muchas fábricas explotaron y el intendente fue cruelmente asesinado, tanto que los detalles son confidenciales. Pero el hecho parece haber tenido a varias personas involucradas, por lo que no se le atribuye todo a Leigong…. Ah, espera un momento.
Unos minutos de clientes siendo atendidos después, la conversación se reanudó.
—Entonces, ¿qué es eso de que el Imperio wandiolense está por enviar una expedición a la Región de las Mil Muertes? —preguntó Syndra.
—No se sabe mucho y son puros rumores, pero se dice que el emperador quiere enviar un grupo expedicionario por un motivo desconocido —explicó Drelfa—. Más allá de eso, son especulaciones sin pies ni cabeza.
Unas pocas palabras intercambiadas después, Syndra se marchó de la tienda tras comprar lo que necesitaba. Pasé más tiempo hablando que comprando, se rió para sus adentros.
*
En años anteriores, poco podía hacer durante la Noche del Ei’íni debido a mi cuerpo. Ahora, en cambio, ya puedo moverme con libertad y estoy acostumbrado a mi nuevo organismo, al menos en lo que a movimiento respecta.
Bueno, al menos me veo di-vi-na, pensé mientras me miraba al espejo con resignación.
Llevaba puesto un simple vestido azul, una falda (sí, ¡una maldita falda!) con estampado de flores y unos zapatos sencillos y cómodos. Me veía como una pequeña supermodelo no tan guapa, pero en proceso.
Gracias al Reino Sólido, todo mi cuerpo es mucho mejor que antes, pensé. Mi piel es más suave, gané músculo, perdí grasa y aumenté un poco de altura. Aproximadamente me faltan dos meses para avanzar al Reino Naciente, por lo que aún tengo por mejorar.
El clima era ni muy cálido ni muy frío, por lo que cuando salí de casa un suave viento refrescante impactó con mi piel. Mucha gente ya empezaba a reunirse en la plaza, donde se estaban preparando las mesas y decoraciones.
No tardamos mucho en llegar, momento en que me separé de mi familia para reunirme con mis amigos: Anvún, Ípiani y Corenka.
—¿Qué onda? —pregunté apenas llegué con tono ligeramente altanero.
—Tú y tus frases raras —comentó Corenka con un suave suspiro, pero una sonrisa delatando sus verdaderos sentimientos.
Tras ya cuatro años en Qíntico, mi léxico se había adaptado a la formalidad nata que predomina en el nuevo mundo. Por ejemplo, en vez de decir «vos», ahora digo «tú». Fue un proceso bastante sutil y rápido.
—¡Teressia, amiga mía! —dijo Anvún con un tono sospechoso, poniendo un brazo sobre mis hombros como lo haría un amigo con otro—. ¡Llegaste en el momento justo!
—Mm, ¿qué pasa? —Alcé una ceja, confundido y presagiando que no sería algo normal.
—¿Quieres beber alcohol? —preguntó Anvún con un susurro—. Cuando todos estén ocupados, nos robamos unas cervezas y nos largamos a echarnos un buen par de tragos. ¿Qué te parece?
—¡Anda molestando con eso una y otra vez! —se quejó Ípiani—. Él…
—No suena mal —interrumpí con una sonrisa pícara.
—E-Eh, ¡Teressia! —Corenka no parecía creerlo—. ¡Pero eso está mal! ¡Nuestros papás…!
—¡Eso es! —interrumpió Anvún con un grito satisfecho—. ¡Sabía que Teressia no me decepcionaría! Deben aprender un poco más de ella, chicas.
—A veces se comporta más como un hombre que como una mujer —suspiró Corenka con resignación.
¡Ni se te ocurra descubrir la verdad, Corenka!, pensé. ¡Estás advertida, mocosa!
Un poco de charla después, ya toda la plaza estaba preparada. Fue entonces que, subido en una plataforma de madera, el intendente Danquiél se volvió el foco de atención.
—¡Gracias por la llegada de la mayoría! —gritó con una sonrisa, notándosele en su cuerpo regordete que su afán por la comida era alta. Vestido con una gabardina, pantalones negros y zapatos, teniendo un cabello negro bien peinado al igual que su bigote y barba—. ¡Como ya debe saber la mayoría, hoy festejaremos la Noche del Ei’íni con bebida, comida y baile!
Levantó su tarro de cerveza por sobre su cabeza para hacer énfasis.
—¡No quiero extender demasiado el discurso para aprovechar al máximo el tiempo, así que a DISFRUTAR!
Varios aplausos y alabanzas se oyeron por toda la plaza. Danquiél era muy querido gracias a su carisma y bondad, por lo que era uno más y encajaba como anillo al dedo.
—¡Vamos, es nuestra oportunidad! —dijo Anvún en cuanto todos empezaron a conversar entre sí.
Un poco de agilidad y estrategia después, nos encontrábamos detrás de unos barriles con un tarro de cerveza cada uno.
—¡Hagamos un brindis! —sugerí, levantando mi propio tarro.
—¿Un qué? —Ípiani alzó una ceja en señal de confusión.
—Eh, ¡es algo que vi en libro! —respondí de inmediato para mantener mi tapadera, sintiendo que estuve a punto arruinarla—. Sólo hay que levantar y acercan los tarros.
—¿Tiene algún sentido hacerlo…? —preguntó Anvún con cierta curiosidad, la cual se esfumó casi al instante—. Meh, ¿qué importa? ¡Hagamos un brindis, entonces!
Nuestros tarros chocaron una vez antes de empezar a beber. Compartimos anécdotas y chistes durante un buen rato, recargando nuestros recipientes de madera a través de los barriles una y otra vez.
Mm, me pregunto qué tan mal me hará el alcohol, pensé, sintiendo los efectos de la ebriedad. Se supone que estoy cerca de la adolescencia y… Meh. Lo estoy pasando demasiado bien para que eso importe. Quizá me arrepiente después, pero, ¿y qué?
Mientras divagaba un poco, una voz me interrumpió.
—Eres una buena amiga, Teressia —dijo Anvún, su rostro rojo y su voz afectada por el alcohol.
Sonreí ante la escena. Corenka e Ípiani estaban en el mismo estado o incluso peor, murmurando palabras incomprensibles mientras se apoyaban una a la otra.
—Digo lo mismo de ti, Anvún —dije con una risita.


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