Ípiani, con sus pocos días menor que yo, era una niña demasiado enérgica. Su cabello morado solía estar suelto, sus ojos negros siendo bastante grandes. Estaba vestida con un pantalón corto y una camiseta sin mangas.
Corenka, en cambio, es una niña bastante reservada y de unos pocos meses mayor que yo. Su cabello azul solía estar atado hacia atrás en una coleta de caballo, con unos ojos turquesas que parecían los de un gato con sueño. Estaba vestida con una camisa delgada y una falda.
—Hola —saludé con cierto vigor—, ¿todo bien?
—¡Tanto como se puede estar! —respondió Ípiani con su usual energía.
—Con algo de sueño. —En cambio, Corenka soltó un pequeño bostezo.
Sí, lo suponía, sonreí.
—Entonces, ¿qué vamos a jugar? —pregunté.
—¡Al escondite! —Anvún se notaba inusualmente alegre.
¿Habrá comido algo con azúcar?, me pregunté. Siempre se queja de que su madre no para de restringir su ingesta de azúcares dañinos pero deliciosos, por lo que de seguro consiguió algo. ¡Y no invita!
Una charla ni muy corta ni muy larga después, Ípiani se eligió como la que contaría y nos buscaría. Estábamos en la plaza del pueblo, donde se encontraban bastantes tiendas y personas, así que era el lugar perfecto para un juego de ese estilo.
Tan pronto como empezó a contar hasta quince, me escapé de la escena y me escabullí entre unas tiendas ambulantes que vendían una gran variedad de frutas y verduras. Tuve el pensamiento intrusivo de robar una y comer, pero la descarté de inmediato.
Bien, ahora sólo hay que esperar…, entonces, mientras miraba desde mi escondite a Ípiani, mis ojos se encontraron con una persona en particular, la cual estaba bastante cerca de mí.
Vestía un traje negro con una corbata, viéndose muy similar a un oficinista típico. La ropa le quedaba una o dos tallas más grande de lo necesario, hay que decir. Su cabello negro estaba bien peinado, con unos ojos azabaches que miraban en mi dirección. En su mano había… ¿un cigarrillo?
—Finalmente te encontré —murmuró, pero sus palabras eran aterradoramente audibles.
¿EH?, sentía mi corazón latir cada vez rápido, un poderoso miedo apoderándose de mi cuerpo.
Sentí que el calor empezaba a abandonarme y que el entorno desaparecía, mi visión enfocándose únicamente en ese aterrador hombre. A su alrededor, como si fueran bestias sedientas de sangre, aparecían una especie de serpientes negras de ojos carmesíes que me miraban igual que él.
—¿Q-Qué…? —Apenas podía pronunciar algo, mi voz temblando.
—Lástima que mis predicciones fueron erróneas y vine antes de lo previsto —declaró el hombre, como si no se diese cuenta de mi irrefrenable terror. No, simplemente no le importaba—. Tendré que marcharme por ahora, así que nos vemos después. No me defraudes, Santa de la Espada. ¿O debería decir «Santo de la Espada»?
Soltó una misteriosa carcajada que no hizo más que aterrarme profundamente, dándose media vuelta antes de desaparecer entre la multitud.
¡¿QUÉ MIERDA ACABA DE PASAR?!, me pregunté, cayendo de trasero al piso mientras mi pecho se inflaba y desinflaba rápidamente debido a la hiperventilación. ¡¿Predicciones?! ¡¿Vernos después?! ¡¿Santa de la Espada?! ¡¿SE SUPONE QUE ESE TIPO SABE QUE SOY UN REENCARNADO?!
En serio, ¿mi suerte se estaba acabando o era que los dioses querían reírse de mí por un rato?
*
Un mes después.
Siendo sincero, no tenía ganas de pensar en cosas tan aterradoras como Um’qognaar y ese tipo misterioso. ¡Demasiada angustia para alguien que apenas tiene el cuerpo de una escuálida niña de tres años!
Luego de un buen tiempo pude calmar mis nervios y avancé un poco en el Reino Sólido, lo que me hizo acordar que tenía que contarle a Vruwyn y Syndra. Ya era hora de hacerles saber que su hija menor era una guerrera mágica, así podría hacer que mi padre me entrenase en el arte de la espada y acelerar mi proceso.
Si piensan que es demasiado pronto para mí y me obligan a dejarlo, voy a pegarme un tiro, pensé mientras me acercaba a Vruwyn un domingo.
Estaba recostado sobre el sofá del comedor, leyendo un libro con cierta pereza. Me pregunto si a toda la familia le gusta leer.
—Papá —llamé, moviendo un poco a Vruwyn.
—¿Qué pasa, cariño? —Ladeó un poco la cabeza, viéndome con cierto sueño. ¿Habrá dormido bien?
—Eh… bueno… —Usando al máximo mis dotes de actuación, me hice ver lo más tierno posible—. ¿Podrías entrenarme?
—Entrenar, ¿dices? —Vruwyn parecía haber oído un buen chiste—. No seas tonta, querida, eso es…
No quería alargar demasiado las cosas y quería presumir un poco, así que moví una escasa cantidad de flujo marcial a mi mano, la cual brilló de gris. Sentí un increíble dolor debido a que mis meridianos no estaban adaptados, pero valió la pena.
—E-Eh… —Vruwyn tenía la mandíbula por el piso—. T-Tú… con sólo t-tres años… ¡Ya vengo!
Escapando de la escena, salió corriendo hacia el patio trasero, donde estaba Syndra regando las plantas. Cinco minutos de griterío después, ambos regresaron y Vruwyn me alzó, viéndome como si fuese la cosa más maravillosa del planeta.
—¡M-Mi pequeña ya es una maga! —exclamó con orgullo y asombro—. ¡Tan joven y tan talentosa! ¡¿Desde cuándo y por qué no nos contaste antes?!
Je, eso es, pensé con una pizca de arrogancia, ¡un poco de fanfarroneo no hace mal! ¡Ser halagado se siente bien!
—Desde hace un año… —respondí, queriendo recibir un poco más de alabanzas. Ya podía ver la arrogancia llegando.
—¡Y a los dos años! —Vruwyn no parecía poder creerlo—. ¡Una prodigio! ¡Mi hija es una prodigio! ¡¿Escuchaste eso, Syndra?!
—¡Fuerte y claro! —Su alegría era palpable—. ¡Ya escuchaste, Vruwyn! ¡Ni se te ocurra descuidar su entrenamiento!
—Bien, ¡está decidido! —dijo el susodicho con una sonrisa de oreja a oreja—. A partir de ahora, Teressia, ¡te entrenaré!
Vruwyn había nacido en Dírdin, creciendo en una familia pobre (aunque luego la estabilizó cuando se casó con Syndra). Su único maestro fue un anciano llamado Dakath, un espadachín misterioso que se fue del pueblo cuando lo consideró un digno guerrero, desapareciendo sin dejar rastro.
Vruwyn se especializa en los ataques rápidos y certeros con la espada, su arma preferida. Perfeccionó su técnica a través de mucho esfuerzo, pudiendo ser comparado con un caballero común en lo que a ese tema respecta.
—En la esgrima, existe lo que se llama «destreza» —relató Vruwyn, ambos en el patio trasero—. Se divide en «verdadera destreza» y «destreza vulgar». La primera es muy compleja y se enseña en lugares como la academia Romtus, por lo que nunca la aprendí.
» En cambio, pulí la destreza vulgar al máximo. Es bastante más simple que la verdadera destreza y eres bastante inteligente para tu edad, así que estoy seguro de que entenderás.
» Es, básicamente, como si estuvieras en una lucha callejera; jugar sucio. Es muy usado por la gente común debido a su simpleza y múltiples técnicas como tirar tierra a los ojos, tirar piedras para aturdir y hasta escupir.
» Debido a mis nulos conocimientos sobre la verdadera destreza, te enseñaré todo lo que sé sobre la destreza vulgar.
Y así fue como dio inicio a un ciclo interminable de entrenamiento, donde practicábamos con espadas de madera y Vruwyn me enseñaba sobre la destreza vulgar con técnicas sencillas y poco dañinas, pues tampoco es que le tiraría una piedra a su hija de tres años. No sé qué tan común sea hacer algo como esto, pero el cabrón se lo tomó más en serio de lo que creí y me tiró al suelo muchas (y cuando digo muchas, son muchas) veces.
La espada de madera que me dio era corta pero pesada, sirviendo para ayudarme a practicar mi fuerza. Fue muy difícil siquiera empezar a acostumbrarme, por lo que el desequilibrio era inmenso.
Ese día, me dormí más temprano por el cansancio.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario