2024/02/22

Capítulo 6: Un poco bastante de historia

Año 10 743 d. L., continente Dinrat. 

El Imperio wandiolense, ubicado en el extremo norte y con su capital siendo Wandión, había perdido a su gobernante durante un golpe de Estado. La situación era tan crítica que aliados luchaban entre sí debido a las diferencias dentro de un mismo bando, los enemigos no hacían más que multiplicarse y los ciudadanos estaban por estallar en una guerra civil para acabar con los culpables de matar a su emperador.

Entonces, en medios del caos, una persona se alzó: Traxrot Trazznoth, cuarto príncipe imperial e hijo bastardo.

Utilizando su fuerza e inteligencia, unió a todos los aliados del imperio en un solo y unificado bando que arrasó con los enemigos, tanto viejos como nuevos. Por un momento, el entonces mago en el Reino de la Veteranía creó verdadera paz, donde la nación estaba libre de los oponentes que tanto habían aguardado dentro de las más oscuras sombras y ya nadie se atrevía a desafiarla.

Sin embargo, todo acabó de un día para otro cuando Traxrot mostró su verdadera personalidad.

En un arrebato de pura ira acumulada durante sus veinte años de existencia, asesinó a todos sus hermanos al invitarlos a una gala imperial donde asistieron los funcionarios y aliados tanto comerciales como imperiales más importantes. Ese día, la gente que guardaba incluso el más mínimo recelo hacia el imperio terminó con su cadáver siendo comida para los cerdos, un mensaje siendo dado a todo el continente:

«Quien ose desafiar al Imperio será exterminado.»

Traxrot tenía un sadismo sin límites que lo llevó a cometer graves y atroces crímenes hacia plebeyos y aristócratas. Le encantaba ver a la gente sufrir y que él fuese el que tuviese el dominio de la situación. Un deseo que tenía que ser saciado a toda costa.

Gobernó con mano de hierro y sadismo puro. Su poder mágico logró que él solo tomara a los reinos circundantes, dando forma a un imperio cada vez más cruel. Masacró a su propia gente (con razones y sin ellas), eligiendo a los más despiadados para ser los altos mandos de la nación. Su tiranía era la versión qintiquiana de Hitler y la Alemania nazi.

Mató, torturó, robó y violó. País que caía en su dominio, país que sufría de cosas inimaginablemente horrorosas. Gobernó todo el norte del continente, el Imperio wandiolense masacrando a su paso y reuniendo un poder cada vez mayor.

Entre los hechos más atroces se encuentra la «Caída de Vinimacun», donde la ciudadela de dicho nombre fue arrasada por uno de los generales de Traxrot: Vigmoth Masacrareinos Kog’droth. El ya difunto espadachín se «vengó» (mejor dicho, se excusó) de la ciudad por haberse negado a pagar los impuestos correspondientes y liderar tropas sin permiso.

Durante tres días, los vinimacunenses fueron violados, torturados y asesinados en un proceso tan lento y atroz que el hecho permanece vago en detalles a día de hoy.

El régimen de Traxrot dio paso a horrores inhumanos; probó armas biológicas-mágicas con pueblos, usó ciudades enteras para hacer su propia versión del MK Ultra, comprobó los límites del ser humano, creó campos de concentración y más atrocidades a los derechos humanos. El Ejército Wandiolense y, en sí, todo el imperio fue temido por Dinrat.

La llamada Guerra Inhumana se volvió continental en el momento en que Traxrot envió barcos vecinos al continente vecino: Sortrón, al noroeste. Ya no era un problema de Dinrat, el peligro ya no residía sólo aquí; la lucha de la crueldad se había expandido más allá de lo que se podía ignorar.

El Imperio wandiolense se volvió un enemigo mundial.

Entonces fue que surgió un grupo al que pronto llamaron los «Doce Grandes», conformado por doce caballeros/espadachines de origen mayormente desconocido. Cada uno de ellos era, como mínimo, un mago marcial en el Reino de la Alta Maestría y estaba conformado por:

1: Arturo Pendragon, el líder y quien se dice fue el rey de un reino devastado por Traxrot. Estaba en el Reino de la Purificación, siendo la mente maestra.

2: Bors, un caballero en el Reino de la Alta Maestría que había sido desterrado de su hogar de origen en Sortrón. Era conocido como el más bondadoso.

3: Galván, un espadachín de origen desconocido. Era el más temerario y se encontraba estancado en el Reino de la Alta Maestría.

4: Perceval, un caballero nacido en cuna de oro. A pesar de su notable arrogancia, era bastante amable.

5: Pellinore, el antiguo gobernante de unas islas. Era muy sabio.

6: Bedivere, un caballero con una maestría con las espadas que supera por mucho a varios guerreros de renombre tanto en el pasado como en la actualidad. Era bastante solitario.

7: Galahad, un hijo bastardo con habilidades balanceadas. Era reconocido por su gallardía y pureza.

8: Gareth, un espadachín especializado en las misiones encubierto. Era poco hablador.

9: Keu, un caballero bastante viejo. Era el más sabio.

10: Lamorak, un espadachín de belleza extraordinaria. Era el más popular entre las mujeres.

11: Lancelot, el segundo caballero más poderoso. Era al que más le gustaba estar bajo el ojo público.

12: Tristán, un caballero al que se le conocía como el más religioso. Era un gran devoto del londarrismo.

Los Doce Grandes participaron en la mayoría de batallas contra el Imperio wandiolense, convirtiéndose en un faro de esperanza y siendo quienes derrocaron a Traxrot. Durante la lucha conocida como el «Combate de las Cumbres Sombrías», mataron al Emperador Maldito y se convirtieron en los héroes de Dinrat.

Ah, mierda, suspiré con cansancio, ¡demasiada información! ¡¿A nadie se le ocurrió resumir un poco esto?!

Me quejé un poco con el libro de historia que tenía entre mis manos, el cual había encontrado en el dormitorio de Vruwyn y Syndra tras una larga búsqueda; sería impensable dejarle leer a una niña de dos años sobre la Guerra Inhumana, por lo que no podía pedirlo así como así. Luego estuve un buen rato leyendo, informándome bastante.

Tanto leer ya me dio hambre.

*

12 044 d. L., a mediados del verano.

Nací a principios de año, por lo que ya cumplí tres. En Qíntico, por alguna extraña razón, se divide el año en estaciones y semanas, pero no en meses. Al parecer, no se les complica manejar las cosas a pesar de eso.

Ya estando en la etapa media del Reino Sólido, empiezo a preguntarme si mi gusto por la comida es por otra razón además de la pérdida de nutrientes resultante del entrenamiento. En serio, me da hambre bastante seguido. ¡Si sigo así, tarde o temprano voy a dejar pobre a mi familia!

Bueno, exageraciones a un lado, gracias al entrenamiento mi cuerpo se volvió un poco más robusto. Por lo que leí, las mujeres no reciben la misma cantidad de músculo en el Reino Sólido que los hombres por obvias razones biológicas, pero la calidad es parcialmente mayor.

Debido a mi avance como guerrero mágico, ya estoy planteándome revelar a mis padres sobre el hecho. Después de todo, si alargo más las cosas, de seguro se preguntarían el porqué de que su hija les guardase un secreto tan grande. No quiero que crean que les tengo poca confianza.

—¡Hey, Teressia! —De repente, una voz me sacó de mi ensoñación—. ¿Quieres venir a jugar?

Quien me atrajo la atención no fue nada más ni nada menos que Anvún, un niño de cuatro años. Tenía cabello negro y ojos ámbar, con una nariz aguileña y varias pecas. No era el más lindo, pero tenía el presentimiento de que en el futuro podría volverse un galán.

Durante finales del año pasado me había encontrado con Anvún gracias a Syndra, quien me llevó a la casa de la madre del mismo. Allí, charlamos un poco y descubrimos algunas cosas en común que nos llevó por el camino de la amistad.

El cabrón tenía una lengua movediza, por lo que solía decir lo que pensaba sin pensar en las consecuencias. Esto nos llevó a unos pocos pero difíciles inconvenientes con otras personas, sobre todo los adultos.

Bueno, ya que estamos…, pensé, levantándome de mi asiento frente a la ventana.

Estaba vestido con una camisa holgada de color blanco y pantalones cortos de color negro, pues odiaba con toda mi alma usar faldas. Tras varias súplicas a Syndra y Vruwyn, logré que no me obligaran a utilizar una a menos que sea un evento importante. ¡Mi hombría mental no se verá comprometida!

—¿A dónde y con quién? —pregunté, sin dejar que mis conflictos internos se mostraran en el exterior.

—Con Ípiani y Corenka —respondió Anvún, omitiendo por completo algo esencial de mi pregunta de forma descarada—. ¡Vamos ya!

Ípiani era la hija de una amiga de Syndra: Drelfa, una comerciante que recientemente visitaba con regularidad el pueblo. Corenka, en cambio, es una huérfana cuidada por Falein, el guardia compañero/amigo de Vruwyn, luego de que sus padres se endeudaran y tuvieran que convertirse en esclavos.

Ah, sí, olvidé mencionar que la esclavitud es algo común en Qíntico. Las formas en que uno se convierte en esclavo son variadas, como endeudamiento y crímenes, pero la mayoría suele ser por voluntad propia. Siguen teniendo muchos derechos y sus usos son restringidos en base al contrato firmado por el esclavizado: por ejemplo, si el esclavo se convirtió en uno para volverse cocinero, no se le puede utilizar como mano de obra en construcciones.

Dejando de lado eso, Anvún era malditamente rápido. ¡Cuando ya empezaba a seguirlo, el mocoso ya estaba al final de la cuadra!

—Espera, ¿no se supone que Corenka estaba en Runval? —pregunté mientras caminaba a su lado tras obligarlo a bajar la velocidad.

Si no recordaba mal, ella debería estar acompañando a Falein en la Ciudad de Runval, la cual queda al norte del Pueblo de Dírdin. Es la más cercana y el lugar donde van la mayoría de pueblerinos para conseguir suministros de calidad mayor a lo normal.

—Llegaron ayer por la noche —respondió Anvún, su expresión diciendo lo confundido que estaba—, ¿cómo no te diste cuenta?

—Eh… Pasaron cosas —respondí rápidamente, pues no quería revelar que el entrenamiento del Reino Sólido me había matado de cansancio y hecho dormir más temprano de lo normal.

—Lo que tú digas… —Anvún no se veía muy contento con la respuesta, pero parece que lo dejaría pasar.

Eso es, ¡más respeto hacia tus mayores, mocoso!, pensé. Pese a que no se note, ¡te paso por más de veinte años! Aunque los desperdicié como un bastardo malagradecido…

Dejando atrás mis divagaciones sin sentido y poco reconfortantes, continué caminando al lado de Anvún.

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