El Reino de Irlad alguna vez fue un país tropical donde el calor abundaba incluso durante el invierno. Al menos antes del 7 200 d. L., donde ocurrió la primera y única aparición pública de la emisora de agua Irena, más conocida como la Tempestad Glacial.
Poco se conoce de ella más allá de que nació en algún lugar de Irlad, habiendo querido matar a los entonces reyes del país por una razón desconocida. La nación ya era poderosa incluso durante esos tiempos, por lo que tuvo que usar gran parte de su poder para derribar las protecciones mágicas del castillo nacional y lograr quitarle la vida a los gobernantes.

Frío, pensé. Cómo quisiera tener un corazón frío y no sufrir.
Luego de llorar juntas, había hablado por un largo rato con Syndra y Ádellet para informarme de la situación. Al parecer, todo lo que me dijo Jandrio había sido verdad, por lo que realmente había pasado inconsciente durante todo un mes mientras ellos me llevaban a cuestas por todo un país: Lórmun.
La desconfianza que tenían hacia Jandrio evitó que hicieran un buen equipo como antes. Sabiendo a qué organización estaba afiliado, se pusieron paranoicas y no pudieron comer y dormir bien, sumado a que me tenían que llevar a cuestas y cuidarme… Bueno, ya es suficiente razón para el pésimo estado en el que estaban.
Jandrio, el mismo al que tanta confianza deposité, había resultado ser un traidor. El único que amigo que tuve fuera de mi hogar, protegiéndome y viceversa, no había sido más que un fraude que mayormente seguía órdenes que casi llevan a la muerte de Syndra y Ádellet.
¿Y qué si en realidad no quería matarme por cuenta propia? Tuvo miles de oportunidades para alertarme usando a su favor las lagunas de las órdenes de Leigong, evitando así más de mi sufrimiento. En cambio, convivió conmigo como si nada estuviese pasando y me llevó a dos trampas mortales.
Syndra había perdido un ojo y sufría de constantes episodios traumáticos tanto despierta como dormida, Ádellet no podía realizar hechicería correctamente porque sus manos (donde mayormente los emisores reúnen su qí para lanzar magia) estaban hechas trizas y yo estaba en tan mal estado que apenas podía moverme sin dolor. Mi espada de oricalco, la mejor arma que tenía hasta el momento, había sido rota en una batalla que no tenía oportunidades reales de vencer sólo para provocar un mísero corte.
Sin progresar en mi magia más allá del grosor de los meridianos, sufrir por un acosador sexual y ser pisoteado multitud de veces por enemigos. La frustración, el dolor, que sentía se acumulaba en mi corazón con fervor.
Quería gritar, pero mi garganta dolía. Quería golpear a alguien, pero el mero tacto entumecía. Quería correr lejos de mis problemas, pero mis piernas a duras penas soportaban mi propio peso.
Sin nada que hacer más allá de seguir con mi vida, mantuve encerrado esa frustración en un rincón inhóspito de mi mente, donde no podrían hacerme más daño. Llorar parecía aliviar mis problemas internos, pero poco o nada era el efecto que hacía. ¿O quizá era yo desestimando el acto por hacerme ver débil? Sea lo que sea, simplemente no quería sufrir más.
—¿Dónde estamos, de todos modos? —pregunté, sentado sobre el borde la cama en la que había despertado. Por cierto, mi vestimenta ahora era conformada por un par de harapos, lo cual era más cómodo de lo que pensé.
—En una ciudad fronteriza —explicó Ádellet, quien parecía juguetear de forma desinteresada con la varita carmesí que le dio Kondro—, aunque no sé cómo se llama. A decir verdad, tampoco me interesa…. Sí, olvida lo que dije; estamos en una especie de posada rara, aunque es muy cómoda.
—La dueña es una anciana muy amable, ¿sabes? —comentó Syndra, mostrando una expresión que me dolía debido a lo frágil que la hacía ver—. Al ver nuestro estado, rebajó el precio para nosotros y hasta nos ofreció un poco de comida gratis. Con el frío aterrador de Irlad, comer algo caliente puede hacerte bien.
Aunque hasta el momento lo había ignorado, el lugar no hacía un muy buen trabajo para evitar el ingreso del frío irladiense, el cual se caracterizaba por ser incluso más gélido que los países del norte en tiempos determinados. Me di cuenta de que estaba reprimiendo un temblor y que mi piel estaba más congelada de lo que me gustaba, por lo que asentí ante la sugerencia de Syndra.
Mientras veía cómo iba a buscar algo a otra habitación, divagué un poco. Escuchando las palabras de mi madre, no pude evitar preguntarme algo que había ignorado mayormente nuestro viaje debido a la multitud de cosas más importantes en ese momento.
Syndra no tardó mucho en llegar, trayendo consigo una bandeja de madera con un plato de sopa. Poniéndolo con cuidado sobre mi regazo, agarró una cuchara de caoba y empezó a alimentarme como lo hace una madre con un niño pequeño.
En circunstancias normales, la regañaría entre risitas. Después de todo, podía ser cómico ver a una guerrera que había luchado tantas batallas, algunas imposibles, ser alimentada como una niña por su madre.
Sin embargo, no dije nada al respecto. Era… agradable y lindo, al final. Por primera vez en mucho tiempo desde la destrucción de Dírdin, sentí que nuestra relación se volvía como la de una madre con su hija en el sentido estricto del término. Además, el cansancio que pesaba sobre mi cuerpo y mente me decían que le dejara el trabajo.
—Gracias, mamá —dije luego de un bocado de exquisita y cálida sopa—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Lo que quieras, cariño —respondió ella con una sonrisa que creó arrugas en su rostro, doliéndome en lo más profundo de mi corazón ante las consecuencias demasiado presentes de lo que significaba nuestro viaje.
—¿Cómo son mis abuelos? —pregunté. Hace mucho que no me cuestionaba al respecto, la mención de Syndra sobre la anciana de la posada haciéndome acordar del asunto.
Mi madre alzó levemente las cejas, como si estuviese sorprendida, antes de volver a mostrar una sonrisa.
—Mi padre y mi madre se llaman, respectivamente, Agnar y Selina —explicó con un tono que parecía contener añoración. No la culpo, a decir verdad—. El apellido Górmot es algo que obtuve gracias a Vruwyn, por lo que ellos no tienen ninguno debido a las leyes de Irlad. Incluso así, siguen siendo parte de la familia.
» De por sí eran amables y cariñosos cuando yo era una niña, así que no puedo imaginarme cómo te trataran cuando vean que eres mi hija. De todos modos, la razón por la que me separé de ellos fue por culpa de unos esclavistas ilegales que fueron detenidos en Krulmón, liberándome.
» Pasaron muchas cosas durante ese corto período que estar con Vruwyn fue mejor que seguir en Irlad. Aunque les envié varias cartas con el pasar de los años, nunca me animé a volver hasta ahora.
Contuve una carcajada, lo que provocó que Syndra alzara una ceja.
—Perdón, mamá —dije, suprimiendo mal una sonrisa—, pero sólo te pregunté cómo eran mis abuelos.
Ante mi explicación, Syndra también mostró una sonrisa y soltó una risita.
*
La habitación en la que me encontraba era algo estrecha, pero agradable. El inodoro, la bañera, el lavamanos y el espejo me recordaron bastante al pasado de la Tierra, sorprendiéndome un poco de que tuviese tantas cosas una simple posada de plebeyos antes de recordar cuán avanzado tecnológicamente estaba Irlad.
Solté un pequeño suspiro, sacando un mechón de pelo de mi cara para verme bien.
Había envejecido, sin lugar a dudas. A pesar de sólo tener diez años físicamente, mi apariencia se asemejaba más a alguien cerca de la adultez debido a las ligeras arrugas, las profundas ojeras y las facciones afiladas. Mi cabello castaño (que llegaba a mis hombros, por cierto) ahora era casi completamente blanco a excepción de algunos mechones que conservaban su color original, mis ojos escarlatas habiendo perdido gran parte de su brillo.
Me quedé mirando mi reflejo durante unos segundos más antes de suspirar de nuevo, ahora con un toque de frustración. Desnudándome con brusquedad, me hundí en el agua caliente que llenaba la bañera.
Aflojando mis hombros, sentí la somnolencia atacándome.
Atacándome.
Recordando las repetidas derrotas a manos de mis enemigos, no pude evitar apretar la mandíbula para reprimir un grito. Estaba harto de perder, de ver cómo mis esfuerzos no sirven contra oponentes mucho mayores a mi calibre o simplemente momentos donde no soy capaz de actuar como se debe.
Tranquilo… ¿o tranquila?, pensé, soltando una carcajada que no tuvo ni una pizca de humor. Todo puede que acabe cuando ingrese a Romtus… si es que lo logro.
Volviendo a ese aterrador punto, no pude eludir la necesidad de inquietarme ante lo que podría depararme el futuro esta vez. ¿Cómo podría ingresar a Romtus, la academia de guerreros más reconocida del continente, sin el dinero suficiente ni un respaldo aristocrático?
Respaldo, entonces, una idea surgió en mi mente. Sí, puedo pedirle ayuda a Rakuth. Si el mueve los hilos detrás de escena, existe la posibilidad de que me dejen ingresar a Romtus. Sólo necesito convencerlo de que…
Entonces, mi carril de pensamientos se desvió cuando alguien golpeó a la puerta.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Termina rápido, cariño —respondió Syndra desde el otro lado, notándose emocionada—. Tus abuelos ya llegaron.
¿Eh?, pestañeé varias veces como un idiota. ¿Cómo que mis abuelos? ¡Se supone que Kelgón…! ¡Espera, Kelgón queda en el extremo norte, así que ya estamos en la provincia!
Como si mi vida dependiera de ello, terminé de bañarme bien antes de salir del agua y cambiarme. Aunque el dolor me gritaba que parase de hacer movimientos bruscos, ignoré lo que señalaba mi cuerpo y me puse una camisa holgada y pantalones de lino. La ropa estaba en condiciones decentes tomando en cuenta las dificultades de nuestro viaje, mientras que las botas me parecían algo innecesarias e increíblemente incómodas esta vez, así que sólo me puse unas medias.
Tragándome mis nervios, salí del baño. Esta vez, quienes se encontraban en la habitación no sólo eran Syndra y Ádellet. No, en este preciso instante estaban dos ancianos: un hombre y una mujer.
El primero mostraba una cantidad excesiva de arrugas, estando algo encorvado. Su cabello canoso estaba bien peinado, sus ojos marrones pareciendo haber vivido más que cualquiera. Vestía una camisa blanca, pantalones negros y zapatos.
La segunda, en cambio, se veía un poco más joven que su cónyuge. Las arrugas abundaban, pero no con tanta cantidad, mientras que su espalda era un poco más recta. Su cabello negro tenía varias canas, sus ojos escarlatas vibrando con calor. Vestía una simple camisa campesina y una falda larga.
No me esperaba la llegada de mis abuelos tan rápido, por lo que estaba siendo tomado bastante por desprevenido. Incluso así, noté una ligera diferencia entre ambos: Agnar era más viejo, pero mantenía cierta juventud mental, mientras que Selina se veía más joven, pero actuaba más como una anciana típica. Algo contradictorio, a decir verdad.
Cuando me encontré con sus miradas, vi las cejas de ambos alzándose. Parecían estar tan sorprendidos como emocionados, con un poco de preocupación manchando su entusiasmo.
La primera en acercarse fue Selina, quien tocó con suavidad mis manos antes de agarrarme por las mejillas. Su ceño estaba ligeramente fruncido en lo que parecía preocupación, negando con la cabeza antes de abrazarme de forma cálida.
—Oh, querida —dijo, notándosele el dolor en su voz—, ¿por cuánto pasaste? Te ves terrible.
—Bueno, gracias por el halago —carcajeé más seco de lo que quería, el cansancio filtrándose en mi tono—. A decir verdad, pasamos por tanto que «terrible» es la palabra más linda para mi situación.
—Tu ropa, tu cabello, tu cara, tu brazo… —murmuró Selina—. Sí, tenemos que ir a casa cuanto antes.
—Vamos, cariño —dijo Agnar con una risita—, si sigues abrazándola le romperás los huesos.
—Estoy de acuerdo —dije con una sonrisa—. Piedad, por favor.
Soltando una risita nerviosa, Selina se alejó para darme espacio. Fue entonces que me di cuenta de que Syndra y Ádellet parecían estar preparando el equipaje. Bueno, eso es ser veloz.
—De todos modos —dije—, ¿cómo es que vinieron tan rápido?
—Syndra ya nos había mandado cartas desde hace unas semanas —explicó Agnar, tronándose el cuello con un bostezo—, así que nos preparamos cuanto antes. Ya que tenían como destino esta ciudad, vinimos tan rápido como el clima nos permitió.
» Ahora, ¿qué tal si nos vamos? Röskvi ya se está poniendo ansioso.
—¿Röskvi? —El nombre se me hacía desconocido, por lo que alcé una ceja.
—Tu tío, querida —aclaró Syndra, quien ya tenía dos bolsos listos—. Aunque parezca gruñón, es muy tierno y amigable.
—Apenas escuchó de ti —comentó Agnar con una sonrisa—, ya estaba emocionado por conocerte. Si de por sí está ansioso por volver a ver a su hermana, imagínate lo entusiasmado que está por conocer a su sobrina.
Solté una carcajada con algo de humor.
*
Con su techo inclinado cubierto de nieve y sus paredes de madera desgastada por el viento y el clima implacable, la casa de Agnar y Selina emanaba una sensación de humildad y serenidad.
Al acercarnos a la entrada principal, se podía apreciar una puerta de madera maciza, tallada con intrincados diseños que contaban historias de antiguas leyendas y tradiciones irladienses. El umbral, gastado por años de uso, mostraba las marcas de aquellos que han cruzado por ella en busca de refugio y calor.
Al ingresar a la casa, nos encontramos con una sala de estar acogedora y rústica. El suelo de madera pulida mostraba las huellas del tiempo, mientras que las paredes de piedra desnuda transmitían una sensación de solidez y protección. En un rincón, una chimenea irradiaba un calor reconfortante, llenando el espacio con el agradable aroma a leña quemada.
La cocina, aunque pequeña, estaba llena de encanto; los gabinetes de madera oscura, adornados con detalles tallados a mano, albergaban utensilios de cocina que habían sido utilizados durante generaciones. Un viejo fregadero de cerámica se encontraba bajo una ventana que ofrecía vistas panorámicas de una plaza de la Ciudad de Blönsey, cerca del extremo noroeste de Kelgón.
Acostándome con pereza sobre el sofá de la sala de estar, sintiendo mi cuerpo más cansado que antes.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó Syndra, quien apareció a mi lado de forma repentina—. ¿No estás feliz de haber llegado finalmente?
—Sí, pero… —respondí antes de echar un largo suspiro—. Ah… perdimos tanto que no sé si esto habrá valido la pena.
—Perder… —Syndra pareció reflexionar en profundidad ante la palabra—. ¿Qué crees que se hace luego de perder?
No respondí.
—Levantarse y volver a intentarlo, claro está —afirmó Syndra con seguridad—. ¿Vas a dejar que la pérdida te marque de esta forma?
No respondí de nuevo, pero esta vez me moví para agarrar su mano. Tan arrugada y cicatrizada como estaba, transmitía una calidez reconfortante.
—Lo intentaré.
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