Oscuridad. Un abismo negro que se extendía hacia una nada infinita, un océano donde la luz había desaparecido sin dejar rastro alguno. Y, en medio de las penumbras, me encontraba yo.
Antes de darme cuenta, desperté.
*
Mi pecho se inflaba y desinflaba de forma irregular, mi respiración tan entrecortada que me preguntaba si mis pulmones siquiera recibían aire. Agarré con fuerza la delgada sábana que me cubría, sintiendo el sudor recorrer mi frente mientras trataba de levantar.
El intento envió un torrente casi indescriptible de dolor que paralizó mi cuerpo, notando por primera vez el hielo envuelto en un trapo que se había resbalado de mi frente. Aunque no podía ver ninguna herida más allá de la provocada por la mantícora, la cual ya estaba cicatrizada por alguna razón, sabía con exactitud que todo mi organismo gritaba peligro ante la más mínima brusquedad.
—Finalmente… despertaste —dijo una voz que reconocía desde mi costado izquierdo.
Cuando volteé, me encontré con la mirada sombría de Ádellet. Tenía varios vendajes alrededor de sus brazos (sobre todo en sus manos), su piel era ligeramente pálida y las ojeras eran tan profundas que parecía algo surrealista. Parecía haber perdido varios kilos, su cuerpo más escuálido de lo que parecía saludable.
Fue entonces que me di cuenta de que me encontraba en una habitación. Parecía un dormitorio, según la mesita de noche y el armario. Una ventana media tapada por una cortina dejaba ver un paisaje blanco…
Nieve, pensé, pero, ¿cómo…?
Entonces, mis pensamientos se desviaron en cuanto vi por el rabillo del ojo una figura familiar. Sentado de espaldas hacia mí, se encontraba un ligeramente encorvado Jandrio.
Parece haberse dado cuenta de que estaba despierto, pues se levantó con pesadez y se dio vuelta. Cuando lo vi, supe de inmediato que algo malo estaba pasando; al igual que Ádellet, sus ojos tenían profundas ojeras y las vendas eran comunes alrededor de su único brazo, aunque con menos frecuencia, tan poca que varias heridas a medio cicatrizar eran visible, tan horribles como eran. Al igual que mi hermana, había perdido bastante peso.
—¿Qué…? ¿Qué pasó…? —preguntó, completamente atónito.
Cuando Jandrio se acercó, Ádellet pareció sufrir un escalofrío. Se levantó con brusquedad y se alejó sin ver al Guerrero Errante, quien portaba la misma mirada sombría que mi hermana mayor. Era aterrador, en cierto sentido.
—Hay algo de lo que hablar —dijo, su voz apenas un susurro lleno de sentimientos que no llegué a percibir más allá del… ¿remordimiento?
Espera, pensé, cayendo en cuenta de un hecho de alta importancia que había pasado por alto hasta el momento, ¿y mamá?
No la podía ver por ningún lado. A pesar de que habían varias puertas, la inquietud de que algo pudo pasarle no hizo más que incrementar.
No, imposible, pensé, negando la realidad tanto como pude. Si Ayana quiso matarla, pudo haberlo hecho en ese momento. Creo recordar que seguía viva… ¿o será que…?
Corté mis pensamientos de inmediato, centrándome en las palabras de Jandrio. Asentí, tratando de levantarme con nulo éxito y un nuevo torrente de dolor invadiéndome. Necesité ayuda del Guerrero Errante para ponerme de pie, su mano temblando por un segundo cuando agarró la mía.
Me costaba siguiera poner mi peso sobre mis piernas, por lo que insté a Jandrio a hablar. Sin embargo, el Guerrero Errante sólo hizo un ademán para que lo siguiera.
Haciéndole caso, ambos atravesamos una de las puertas de la habitación. Al hacerlo, nos encontramos en un porche parecido al que tenían las típicas casas estadounidenses, aunque con un estilo ligeramente diferente.
El paisaje, tal como vi a través de la ventana, era nevado. Estábamos al borde de una ciudad, justo frente a una amplia y algo concurrida calle. El cielo estaba parcialmente oculto por las nubes, los copos blanquecinos cayendo con suavidad mientras una gélida brisa helaba mi piel más de lo que pensaba. Al parecer, hacer ese único movimiento contra Ayana tuvo más consecuencias de lo que creí posible.
A decir verdad, tenía muchas dudas sobre ese acontecimiento. Aunque creo recordar un momento parecido en un manga, dudaba mucho que tuviese la habilidad suficiente como para igualar un acto tan pulido. Algo más tuvo que haber estado involucrado más allá de mi propia destreza como espadachín.
Sin embargo, la situación actual me instaba a dejar atrás esos pensamientos y concentrarme en lo que pasaba frente a mis ojos.
Poniendo sus manos sobre la barandilla de madera, Jandrio me dio la espalda. Se encorvó un poco, pareciendo más débil de lo que nunca había visto antes. Y, sin embargo, igualmente transmitía esa sensación de seguridad, aunque ahora parecía flaquear en todos los sentidos.
—Teressia, ¿cómo me ves? —preguntó, su tono ilegible.
—¿A qué te refieres?
—¿Me ves como un amigo o un aliado?
—Un amigo, por supuesto —respondí, sintiendo la pregunta bastante innecesaria y frunciendo el ceño—. Por favor, Jandrio, esto no es lo tuyo. ¿Qué pasó? ¿Mamá…?
—Ella está viva —interrumpió. Suspiré, dándome cuenta de que había contenido gran parte de mi respiración hasta el momento—, aunque sufre pesadillas recurrentes. Ayana usó su magia psíquica con ella, así que tendrá momentos en el futuro, cosa que ya ocurrió.
—Lo dices como si… —Entonces, casi me mordí la lengua ante la seguridad, la certeza, que contenía cada palabra suya. No, imposible.
—Teressia, te aprecio como una verdadera amiga —dijo Jandrio, pareciendo ignorar mis preocupaciones. No, está ocultando sus sentimientos, pensé—. La única que tengo, a decir verdad. Desde que él destruyó mi aldea, no he tenido una relación así en estos últimos cinco años.
—«Él»… —murmuré, recordando cómo me había contado que su aldea había sido destruida por demonios, no por alguien.
—Es por eso que me duele, Teressia —continuó Jandrio, sus hombros temblando de forma casi imperceptible—. Desde que él llegó a mi vida, lo único que he sentido es dolor físico y emocional. Y esta vez es este último.
Tomó un respiro profundo, dándose vuelta. Noté cómo trataba de reprimir las lágrimas, arrodillándose… No, cayéndose y postrándose ante mí. Su única mano temblaba un poco mientras lo sostenía de caer por completo al piso de madera marrón claro.
—Soy miembro del Culto de Kraknak.
*
Su aldea había sido destruida hasta las cenizas, pero no por culpa de demonios. Sino por un único hombre: Leigong.
Jandrio nunca tuvo una afinidad elemental, destacándose en el uso de qí puro y una esgrima excepcional para su edad. Es por eso que la Tempestad Ruin llegó a su aldea, interesándose con él y obligándolo a convertirse en su medio esclavo gracias a un ritual que tomó las almas de todas las personas de la comunidad.
Aunque técnicamente era miembro del Culto de Kraknak, Jandrio actuaba más como un lacayo indirecto. A pesar de poder actuar con libertad en varios aspectos, su voluntad se ve doblegada ante Leigong, quien lo usó para matar a varios enemigos de la sombría organización.
Jandrio se había unido a mi grupo por voluntad propia, pero no se dio cuenta de lo peculiar que era mi existencia. Sin saberlo, me había puesto en el foco de Leigong, quien lo obligó a mantenerse conmigo para el momento adecuado.
El ataque a la torre Draroux en la Ciudad de Wextrom había sido una oportunidad perfecta: Leigong atacaría el lugar para desproteger la capital y matar a los reyes de Zennug con facilidad a la vez que me tomaba, sea lo que sea que eso signifique. Sin embargo, no contó con que Jandrio me habría llevado lejos del lugar para salvarme gracias a unas lagunas en las órdenes de la Tempestad Ruin, quien hizo que Yaara le cortara el brazo izquierdo como castigo.
La aparición de Ayana había sido medio ideada por Jandrio, la razón por la que él estaba tan tenso antes del ataque. Pero, al igual que la otra vez, quiso salvarme de lo que sea que intentó la maga psíquica y fue castigado en el proceso con la destrucción de su lanza y varias heridas mágicas en sus brazos que tardarían en sanar, sumado al hecho de que su insubordinación había sido más directa de lo pensado, provocando un poderoso ataque mental que aún lo sigue dejando en un estado debilitado.
Ádellet se había enterado de la conexión entre Jandrio y el Culto de Kraknak gracias a las palabras de Ayana, por lo que prácticamente se volvió hostil con él cuando supo toda la verdad. Syndra estaba en una situación similar, por lo que el grupo estaba dividido mientras viajaba (conmigo a cuestas) hacia el Reino de Irlad, donde ahora estábamos.
….
Mi mente estaba en blanco. No sabía qué pensar al respecto de la revelación, mi cuerpo paralizado mientras Jandrio me contaba todo, aún postrado.
Quise caminar, hacer algo, pero sólo sentí cómo mis pies se negaban a cumplir mis órdenes. Cayendo de trasero, otro torrente de dolor recorrió mi cuerpo con aún más ferocidad. Y, sin embargo, todo ese sufrimiento no se comparaba al vacío en mi pecho.
Jandrio levantó la mirada por primera vez desde que empezó a relatar su historia, intentando decir algo. Pero mi única mano en alto fue lo único que se necesitó para detenerlo.
En silencio, traté de levantarme. Me costó varios intentos, tantos que empecé a maldecir mi propio estado debilitado, antes de que pudiera ponerme de pie, algo tambaleante.
Por un momento, miré a Jandrio. Por mi mente pasaban multitud de pensamientos y sentimientos, algunos tan enmarañados que eran incomprensibles y otros tan claros que me daban ganas de vomitar.
A pesar de ser prácticamente un esclavo, tenía la posibilidad de usar lagunas en las órdenes para actuar en contra de Leigong. Y, a pesar de eso, no intentó realmente ayudarme con el Culto de Kraknak, casi matando a mamá y Ádel.
¿Fue cobardía ante las posibles consecuencias ante su insubordinación? ¿Me estaba mintiendo, usando todas sus habilidades de actuación para hacerme sentir lástima por él? ¿Pensó tanto en qué haría que olvidó que tenía que actuar?
Sea lo que sea, tomé una decisión.
—Lárgate.
Mi voz salió fría, carente de toda emoción. Aunque quería quebrarme ahí mismo y llorar hasta que mis ojos quedasen vacíos de todo líquido, mi furia alcanzaba límites incomprensible. Tenía que actuar fuerte.
Jandrio no dijo nada, levantándose en silencio de una forma levemente torpe. Me dio una mirada que no pude entender en lo más mínimo, o quizá no quise comprender, antes de darse media vuelta. Su amplia espalda se alejó, mezclándose con la multitud de las calles antes de que su característica figura se perdiera en el mar de personas.
Me quedé en silencio en mi lugar, pensando y no pensando, antes de regresar al interior de lo que parecía una cabaña. Allí, en la misma habitación en la que había despertado, se encontraban Syndra y Ádellet.
Mi madre estaba en condiciones pésimas, mostrando claros signos de falta de sueño en el único ojo que le quedaba, el que había perdido ahora cerrado de forma seguramente permanente. Había perdido tantos kilos que no sabía si era una frágil rama o seguía siendo una persona, la misma mujer que tanto aprecié desde que llegué a este nuevo mundo. Tan pálida como estaba, se veía incluso más débil que de costumbre.
Me acerqué, la miré. Su ojo izquierdo, el único que le quedaba, me devolvió la mirada. Un significado profundo que no quería entender, pero debía hacerlo.
Agarré sus manos con la única que me quedaba, sintiendo su piel ahora arrugada. Ahora realmente aparentaba la edad que tenía, viéndose más como una anciana que como la enérgica madre que conocía.
Toqué su frente con la mía, sintiendo su calor. Cerrando los ojos, pensé en todo y en nada, queriendo tanto disfrutar del momento como de correr tan lejos como pudiera de todo y todos.
Antes de darme cuenta, ambas sollozamos.

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