La luz del sol caía suavemente sobre mi mano izquierda, la cual estaba vendada debido a una herida especial causada por una mantícora joven e imposible de curar por Syndra. Incluso con la calidez de la estrella carmesí que se alzaba sobre los cielos de Qíntico, no pude evitar apretar con más firmeza la empuñadura de mi espada envainada a pesar del dolor de mi palma.
Apreté los dientes, extremadamente frustrado mientras recordaba los últimos acontecimientos.
Luego de calmarme para al menos poder articular palabras entendibles, las autoridades de Cravich actuaron de inmediato para atrapar al asaltante sexual. La gente había comprendido la situación desde antes y empezado a buscarlo, por lo que creí que ese bastardo sería encontrado con facilidad.
Y, a pesar de tener a multitud de personas (tanto magos como gente común), el asaltante sexual nunca apareció. Aterrado y frustrado por lo que había vivido, el miedo ante la posibilidad de una violación y la furia hacia mí mismo por no haber podido reaccionar a tiempo como era debido se juntaron en una amalgama corrupta de la que aún no podía desprenderme.
Incluso con el apoyo de Syndra, Ádellet y Jandrio, no pude olvidar los sentimientos que me habían causado ese horrible momento. Tratando de liberarme de esas emociones, me desahogué con todo monstruo y qüelio que encontré. La herida en mi palma no había sido más que la consecuencia de mi infantil intento de matar a una mantícora joven que había venido de tierras lejanas, teniendo que ser rescatado para evitar cosas peores por parte de la criatura.
Mientras viajábamos en una carreta por una carretera popular hacia la República de Lórmun, ubicado al sureste de Beshni y al norte de Irlad, no pude evitar formular varias preguntas que no deberían pasar por mi mente aún afectada.
¿Qué pude haber hecho? ¿Hubiera podido atraparlo en ese mismo instante si reaccionaba a tiempo? ¿Pude haber evitado el momento si hubiese hecho caso a la preocupación de Syndra?
Aunque sabía que esas incógnitas autodestructivas eran producto de una situación semejante a una que ya había vivido y de la que había aprendido una lección, no pude eludir la necesidad inconsciente de deshacerme de la enseñanza que había obtenido para inmiscuirme en ese «Y si…».
—Ah, ¡mierda! —gritando de frustración, tiré con fuerza mi espada hacia un costado y me agarré la cabeza con la única mano que me quedaba, despeinándome de forma inconsciente mientras trataba de deshacerme de esos malos pensamientos.
Sintiendo el suave toque en mi hombro izquierdo, un escalofrío recorrió mi columna cuando comparé la situación con la de Cravich. Reprimiendo ese miedo inherente que había surgido desde ese momento, levanté la mirada para ver a Syndra.
Ninguna de las dos… ¿las dos? Ah, no estoy de humor para los pronombres, pensé con resignación mientras miraba los ojos de mi madre en este mundo. Por primera vez en mucho tiempo, volvía a compararla con la que tuve en la Tierra, exactamente en esos tiempos donde todavía no me había vuelto una mierda de persona.
No había necesidad de palabras, con una mirada de profundo significado de parte de ambas siendo más que suficiente para transmitirle mis inseguridades. Sentir cómo su mano acariciaba con cariño y ternura mi cabello, despeinándolo ligeramente, llevó calor a mi pecho y me calmó.
Apoyando mi cabeza sobre su hombro, recibí sus caricias sobre mi cabellera con agrado. Aprovechando el momento de paz que me concedió el destino después de tanto tiempo, pensé en el futuro.
¿Cómo haré para ingresar en Romtus?, me pregunté con cierta inquietud. Aunque acepten tanto menores como mayores de edad, necesito pagar y mantener una matrícula. Aunque estoy ahorrando, el dinero parece escaparse de mis manos debido a los gastos del viaje.
Aunque tenía claro que debíamos llegar a la ciudad de mis abuelos maternos en la Provincia de Kelgón, mi sueño seguía siendo ser estudiante de la Academia de Artes Militares Romtus. No sólo graduarse allá significaba obtener un prestigio que me abriría a mí y al resto de mi familia varias puertas llenas de oportunidad, sino que me ayudaría aprender una multitud de conocimientos importantes que no podría encontrar con facilidad en otros lugares y profundizar en otros de los que ya tenía una base.
Por suerte para mí, Romtus quedaba en la capital de Kelgón. Lo malo era que la ciudad de mis abuelos quedaba bastante lejos y la academia costaba más dinero del que creía poder tener en mi viaje, por lo que, incluso en el hipotético caso en que logre ingresar, visitar a Syndra, Ádellet y Jandrio sería toda una travesía.
Jandrio, pensé al recordar su nombre. ¿Qué se supone que hará cuando lleguemos? ¿Quedarse con mis abuelos? Suena gracioso, pero no quisiera darles una primera impresión equivocada.
Con el pensamiento rondando por mi cerebro, le di una mirada al Guerrero Errante. Con su brazo derecho abrazando su lanza, parecía bastante tenso por alguna razón. Captando mi mirada, dio una sonrisa suave que correspondí, aunque con un toque burlón mezclado que lo desconcertó.
Sí, creo que no estaría mal tener esa primera impresión equivocada, me dije. Aunque no sienta nada romántico hacia él, sigue siendo el único amigo que me queda a mi lado y un poderoso combatiente. Que mis abuelos lo conozcan no será la gran cosa si puedo tenerlo conmigo por más tiempo. Bueno, primero habría que ver si decide hacerlo en primer lugar.
Volteando mi mirada de forma perezosa, me encontré con los ojos turquesas de Ádellet. Mi hermana mayor estaba con las piernas cruzadas, sosteniendo la varita carmesí que Kondro le regaló. Me dio una sonrisa leve que devolví.
Hemos crecido, tanto en físico como en poder, me di cuenta. Ahora Ádel está en la etapa avanzada del Reino de la Consolidación y la varita que le dio Kondro no hace más que fortalecer sus ya de por sí grandes poderes. Es increíble lo bien que progresa, lenta pero constante… Bueno, no tan lenta, pero sí constante.
Mostrando una débil sonrisa, recordé cómo Ádellet nos había mostrado la cabeza de una quimera joven que mató debido a una misión de la Liga Ilnak. Saber que mi hermana mayor había logrado tal hazaña por sí sola, a pesar de las obvias consecuencias que mostraba su cuerpo, me había dejado con la boca abierta.
Syndra, por su parte, también había demostrado una gran habilidad en su ámbito. Aunque no era una guerrera definida, su talento con la curación era innegable y podía defenderse sola de ciertos peligros. A pesar de que no lo había notado con facilidad, la sanación que demostraba se pulía casi de forma imperceptible a lo largo del tiempo.
Jandrio… Bueno, no hay mucho que decir; su fuerza seguía siendo innegable, aunque no había notado ningún progreso en el mismo. Incluso así, creo que su destreza aumentaba en el uso de su lanza y en sus movimientos.
Sentirse rodeado de personas en las que puedo confiar… Sí, se siente bien.
Cerrando los ojos, me di el beneficio de pensar en un futuro mejor. Aunque sabía que pensarlo no era igual a hacerlo, creer en lo mejor era una pequeña caricia al alma.
Vivir con mis abuelos, compartir cenas con todos, ir a estudiar a Romtus…. Conocer a una joven, quizá, aunque habría que encontrar a una que le guste las de su mismo sexo. Incluso así, poder ver a tantas mujeres (con posibilidades de que sean atractivas) es, sin duda, agradable. Aprender todo tipo de usos para la magia y pulir mi esgrima tampoco suena mal. Creo que humillar a algún chico soberbio haría bien a mi autoestima y…
Entonces, mi carril de pensamientos salió despedido de su rumbo cuando sentí un temblor. Al abrir los ojos, noté con horror cómo la carreta empezaba a dar vueltas mientras escuchaba los gritos aterrados de Syndra y Ádellet, quienes estaban tratando de mantenerse estables y sanas.
Aunque no entendía nada de lo que sucedía, mis reflejos me instaron a moverme y les hice caso. Usando una combinación de magia del aire y pasos típicos de la esgrima, logré agarrar mi espada. La desenvainé con un movimiento algo complicado, cortando el telón de la carreta para salir.
Apenas me di cuenta de que habíamos salido de la carretera y nos adentramos a un páramo desolado, hecho que no me importó. Haciendo uso de tanta velocidad y precisión como pude, clavé mi espada en la carreta y utilicé mis capacidades sobrehumanas para impedir que siguiera su rumbo desenfrenado.
Al mismo tiempo, recibí la ayuda de Jandrio. El Guerrero Errante se mostraba aún más tenso y preocupado, usando su lanza para realizar una acción similar a la mía.
No pasó mucho tiempo para que Syndra y Ádellet salieran del carruaje, mostrándose claramente en alerta. Aunque desaliñadas debido a los bruscos movimientos del vehículo, estaban decididas a luchar.
Volteándome, mi determinación flaqueó por unos segundos. No fue por el hecho de que el cadáver del chófer al que contratamos estaba tirado cerca de la carretera, su cabeza decapitada de forma tan refinada que parecía una acción provocada por una avanzada máquina. No, era quien estaba al lado.
Con un pie sobre la cabeza del chófer, se encontraba una mujer de piel negra y de más de dos metros de altura. Su cabello negro caía como una cascada de oscuridad sobre sus hombros, pareciendo que podría cobrar vida en cualquier momento y devorar a quien ose acercarse. Sus ojos completamente blancos eran como dos faros en medio de un océano de tempestad, pero en realidad se asemejaban más a dos flores pintorescas en medio de plagas que portaban un veneno letal.
Esos mismos ojos me miraban fijamente, atrayéndome de manera inherente como si fuesen una dulce melodía para los oídos de un incauto. Eran bellos, atractivos, atrapantes…
—Un placer conocerla en persona, señorita Górmot —dijo la mujer, quien portaba una simple armadura prístina—. Soy Ayana, poco conocida para el público, pero más importante de lo que parezco. Otro miembro del Culto de Kraknak, como podrá sentir.
Kraknak, la palabra hizo clic en mi mente que ahora empezaba a procesar la situación. Mi agarre sobre mi espada tembló por un momento, el terror inmiscuyéndose en mi psique mientras revivía los recuerdos de Wextrom, antes de que mi determinación se reforzara.
—Yo…
Entonces, fue como si un tren pasara a toda velocidad a mi lado. El mero impacto que provocó la onda sónica me envió volando junto a Ádellet, a quien vi por el rabillo del ojo. Sintiéndome similar a como cuando conocí a Anduralia antes del ataque a Dírdin, mi hombro izquierdo casi se disloca cuando choqué y rodeé por el suelo de césped ligeramente azulado.
Pasaron unos segundos antes de que pudiera procesar la situación, momento en que me tambaleé para agarrar mi espada. Tratando de anteponerme al dolor, me levanté y vi hacia donde debería haber llegado Ayana en su pasmoso movimiento… con horror.
Parada, allí se mostraba la miembro del Culto de Kraknak con mi madre. Syndra estaba paralizada, la mano izquierda de Ayana estaba sobre su cabeza como lo hace una madre que acaricia el cabello de su hija… pero ahora con dos dedos presionando con firmeza su ojo derecho.
—Inténtalo y verás las consecuencias —declaró la miembro del Culto de Kraknak con una voz melodiosa—. En caso de hacerlo…
Continuó hablando, diciendo palabras que no escuché. Era como si el mundo entero vibrara, mis tímpanos sólo percibiendo un pitido que parecía calar en mis huesos tanto como el horror que surgía de lo profundo de mi corazón.
Voy a perderla, pensé. Voy a perder a alguien más.
Simplemente no podía escuchar las amenazas verbales de Ayana porque lo físico ya estaba haciendo efectos inimaginables sobre mi psique. Mi mano se movió por cuenta propia, aferrándose con una firmeza extraordinaria sobre la empuñadura de mi espada y posicionándola hacia un costado de tal modo que el filo mirase hacia la mujer enemiga que tenía a varios metros frente a mí.
Por el rabillo del ojo, pude ver a Jandrio. Sus facciones eran borrosas no porque los efectos de la caída persistiesen, sino porque mi concentración llegaba a un extremo tal que el mundo se oscurecía para dejar un único faro en medio del océano de penumbras, una luz que me llamaba con cada segundo que pasaba.
Mi audición dejó de percibir todo sonido, incluso el de mi propia respiración que debería ser pesada por la caída. El gusto rechazó saborear la cantidad significante de saliva recorriendo el interior de mi boca. El tacto desechó la sensación de firmeza alrededor de la empuñadura de mi espada y el dolor de la herida en mi palma. El olfato excluyó la frescura del ambiente y el olor de mi sudor.
Mientras la concentración tomaba todo de mí, me encontré con la mirada de Ayana. Esos ojos completamente blancos eran como las más hermosa flores, dispuestas a ser tocadas y hasta tomadas por el primer aspirante a apreciar su belleza. Eran atrayentes, pero supe casi al instante que no eran más que plantas repletas de veneno. Magia mental, nada más ni nada menos, concluí antes de que dejara que el enfoque se hiciera con todo mi cuerpo.
Por un momento, todo desapareció excepto mi espada y mi enemiga.
Me moví, dando un pisotón. O no, ya que pudo haber sido alguna especie de salto o sólo un simple y veloz galope. No podía saberlo, ya que tal era mi rapidez que ni siquiera pude percibir con precisión mi espada y mi objetivo. Era como si la velocidad y yo nos hiciéramos uno, o quizá algo más sencillo, pero lejos de mi entendimiento.
Sea lo que sea, en un segundo a otro mi espada entraba en contacto con la muñeca derecha de Ayana.
Pude sentir la presión de mi propio ataque. Desde mi mano hasta mi hombro, todo mi brazo se entumeció y sentí la espada estremecerse. La sensación de que el filo de oricalco se hundía en la carne expuesta entre el espacio desprotegido que creaba la armadura de mi enemiga fue glorioso. Era sólo cuestión de tiempo para también alcanzar la articulación que unía su extremidad con su torso.
Entonces, la realidad me golpeó.
Mi espada… se rompió. El oricalco, un material mágico tan preciado y poderoso en múltiples sentidos, se hizo añicos en cuanto entró en contacto con la muñeca de Ayana. El filo se partió en dos, la parte separada del resto de mi arma volando en cámara lenta para mis ojos.
Cuando mis sentidos volvieron a funcionar con normalidad, quedé paralizado mientras veía mi espada rota. Aunque sentía mi cuerpo relajarse ligeramente cuando vi cómo Syndra caía arrodillada, ahora liberada, no pude evitar mover mi mirada con horror.
La muñeca de Ayana sólo tenía un corte superficial.
—Vaya, vaya —murmuró, mostrando una ligera sonrisa que helaba la sangre como mil inviernos—, esto es interesante. No le creí a Leigong cuando lo dijo, pero… Sí, eres fascinante, Teressia Górmot. No sólo resististe mi magia mental, sino que lograste herirme. Hace mucho que no siento dolor, ¿sabes? Es refrescante.
Entonces, sentí una presión invisible caer sobre todo mi cuerpo. Mis rodillas temblaron, suplicando por ceder, mientras mi cerebro parecía a punto de estallar a la vez que un miedo de profundidades casi insondables me atrapara.
Con un borrón, Ayana se movió. Un depredador que caza a su presa, un zorro que pone al polluelo dentro de sus fauces, un hacha que se hunde sobre el débil tronco, un martillo que cae sobre el frágil y endeble metal…
Por un momento, acepté la muerte. Era seguro de que ahí mismo perecería, pero parecía que mi destino sería otro. Con una mezcla de alivio y admiración, observé cómo la lanza de Jandrio se encontraba con la mano desnuda de Ayana, la cual parecía más peligrosa que cualquier arma que hubiese visto en ambas vidas.
La punta de la lanza se hundió ligeramente en los nudillos de la miembro del Culto de Kraknak, quien frenó de forma abrupta. Con sólo frenar provocó una nube de polvo, la cual no impidió en lo más mínimo que percibiera una mirada de desprecio que dirigía hacia Jandrio.
—Debo admitirlo —dijo, retrocediendo un paso y cambiando su expresión por completo a una neutralidad fría—, ustedes han hecho un gran trabajo. Es la primera vez en siglos que alguien me lastima y encima ahora lo hacen dos veces. ¿No es increíble? Deberían darles una medalla ahora mismo.
Aunque noté un ligero toque burlón en sus palabras, el miedo que me abrumaba evitaba que pensara con completa claridad.
—Sin embargo —continuó, su tono enfriándose aún más—, el Culto de Kraknak no perdona nada.
Más rápido de lo que mis ojos podían ver, más de lo que seguramente cualquiera de los presentes podría percibir, la lanza de Jandrio se hizo añicos, tanto en su punta como en su mango. Ni siquiera logré observar cómo Ayana sacaba la mano antes de presenciar, con horror, su siguiente acción.

¿Mis oídos habían dejado de funcionar desde antes o fue el volumen de mi voz lo que le impidió percibir con claridad? Sea lo que sea, no pude oír mi propio grito mezclado con lágrimas lleno de emociones diferentes que no entendía ni quería comprender.
Lo último que pude ver fue la fría, tan gélida como la Antártida o incluso más, mirada de Ayana. No era igual a Yaara, estaba seguro, pues la de aquella espadachina era como un robot que cumplía órdenes. No, la maga mental era todo lo contrario: una frialdad que salía de su propio corazón.
Sentí cómo se entumecía mi frente antes de que el dolor irradiara desde la misma. Un segundo después, todo se oscureció.

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