2024/02/25

Capítulo 32: La realidad de lo que se piensa de uno

Luego de la pequeña y humilde fiesta de cumpleaños, inmediatamente salí de compras junto a Ádellet. Matar al kelpie me había dado una buena cantidad de ágranes, por lo que teníamos de sobra para algunos lujos que irían para Syndra y mi hermana, principalmente.

Aunque no lo había mencionado hasta ahora, la ropa de ellas estaba en pésimo estado. La tela se había desgastado y los parches eran comunes, sin contar con el hecho de que perdíamos varias cosas (importantes o no) durante nuestros viajes por culpa de bandidos, monstruos o qüelios.

Con eso dicho, tampoco es que Jandrio o yo estemos en mejores condiciones. Debido a que somos los principales luchadores del grupo, con Ádellet encargándose casi siempre de mantener a salvo a Syndra, nuestros ropajes se ven bastante afectados; los materiales se desgastaron más de lo que puede ser agradable, mientras que los parches son tan comunes que no sé si mi ropa sigue siendo la misma que la que compré en primer lugar.

Sin embargo, no teníamos suficiente dinero como para darnos el lujo de comprar, al menos, una muda de ropa nueva a cada uno. Principalmente porque Rakuth era generoso, pero no un santo, mientras que nuestros fondos monetarios se destinaban a mantener nuestro equipamiento en condiciones. Aunque mi espada de oricalco era resistente por naturaleza a muchas cosas, algo como la limpieza con sustancias especiales seguía siendo necesaria.

Sumado a eso, estaba el hecho de que el hospedaje, la comida, la bebida, el transporte y los peajes tenían su propio peso en nuestros bolsillos. Mm, ¿no sería «en nuestras billeteras»? Ah, espera, eso no es común en este mundo.

Dejando de lado mi pequeña divagación sobre la existencia de billeteros en Qíntico, no podía evitar sentirme un poco nervioso sentir las miradas de la multitud que conformaba las calles de Cravich. Después de todo, saber que prácticamente podría ser confundido con un indigente por mi vestimenta no sentaba muy bien para mi autoestima.

—Hey, tampoco te van a comer viva, ¿sabes? —dijo Ádellet con una risita suave, acariciando mi cabeza como si fuera un niño.

—Tú eres la más femenina de las dos, así que no entiendo cómo no te afecta estar vestida así —suspiré, cruzándome de brazos. Mejor dicho, lo intenté antes de acomodarme en otra posición.

—Bueno, quizá sea porque no parezco tanto una indigente —dijo Ádellet, frunciendo la boca de manera infantil mientras reprimía (con poco éxito) una sonrisa.

Gruñendo, no dije mucho más después de eso. Aunque continuando nervioso por las miradas de las personas, incomprensibles de leer sus intenciones, seguimos nuestro camino con pocos problemas más allá de distraernos un momento con una tienda de dulces. No compramos nada, pero admito que me embelesé con la sola idea de probar todos esos caramelos, chocolates y paletas.

Más allá de eso, no tuvimos muchos problemas… exceptuando uno.

—¡Mira por donde vas, mocosa! —exclamó un hombre obeso y de cabello corto. Portaba una vestimenta ostentosa y una mirada altiva que daba ganas de golpearlo por su arrogancia.

Aún embelesado con el contenido de la tienda de dulces, había estado caminando en una ensoñación acaramelada, nunca mejor dicho. Y fue, por culpa de eso mismo, que choqué de manera involuntaria con un hombre vestido de sirviente acompañado por el gordo de obvio linaje aristocrático debido a sus costosos y adornados ropajes.

A pesar de mi poder casi prodigioso, seguía siendo un extranjero de, encima, un país republicano. Aunque en Qíntico los imperios, reinos y repúblicas existen juntos, suele haber un desprecio mutuo entre ciudadanos de naciones con formas de gobierno de carácter opuesto, sobre todo entre los de clase alta.

Aunque Krulmón, Zennug y Beshni se ven como países hermanos debido a su pasado histórico compartido, la influencia de otras naciones y la misma podredumbre humana provocaron que haya ese tipo de personas, sobre todo entre las clases altas. El aristócrata con el que me había encontrado no parecía ser muy diferente a los de esta índole.

Quería devolver el insulto, en serio. De por sí había sufrido mucho como para que un tipo me hablase de forma tan descarada, más aún cuando se tiene en cuenta que mi estrés no hacía más que aumentar debido a mis recientes derrotas en varios aspectos.

Y, sin embargo, mantuve mi boca controlada. Debido a mi estado como extranjero de un país opuesto en la forma de gobierno, además de prácticamente un vagabundo, mi poder real dentro de Beshni era nulo. Aún si tuviese varios privilegios compartidos con sus ciudadanos, nunca podría superar el estigma social y era casi seguro que sería visto igual por todos.

Ese hecho conllevaba a otro aún más importante: no podía ponerme en el lado opuesto de ningún aristócrata. Ellos prácticamente tenían poder absoluto sobre sus tierras (mientras no incumplan leyes, claro) y eran respaldados por el mismo Estado, por lo que querer hacerles la contra era sólo una forma complicada de ponerme una soga en el cuello.

En el pasado, había vivido situaciones similares o hasta peores. Y todas con el mismo resultado, claro está. Aunque cada una era tan humillante como siempre, no tenía de otra que adaptarme al mundo y no al revés.

—Perdón, señor, yo….

—¡E-Espere, Gran Señor! —dijo el sirviente del aristócrata, interrumpiéndome, mientras veía a su superior con cierta desesperación.

—¿De qué se trata esta vez? —preguntó el aristócrata con algo de hastío, pero su tono ahora moderado ya decía mucho de cuán profunda era la relación de ambos.

Acercándose, el sirviente susurró algo en el oído de su superior. Se suponía que tenía que ser secreto, pero mi cuerpo mejorado no era algo de lo que reírse.

—¿Recuerda lo del Torneo Mensual de Batalla Amistosa de Vastrem? La joven patrocinada es ella, según las descripciones.

—¿Ella? —El aristócrata sonaba algo sorprendido… ¿y desesperado?—. ¿No se supone que tiene ambos brazos?

—Bueno, trabajar de mercenario nunca es fácil, Gran Señor. Debe haber sufrido de algún contratiempo.

Varios, de hecho.

—Mm, me esperaba todo menos esto. Bien, he quedado bastante mal ante los plebeyos, pero todo se puede solucionar. —El aristócrata sonaba bastante pragmático, poniendo una mano sobre su barbilla—. Espero que la Liga Ilnak no se entere de esto…

Deshaciéndose de su anterior actitud arrogante, el aristócrata mostró una sonrisa bastante realista. Sin embargo, habiendo escuchado su conversación susurrada con su sirviente, no podía ver al hombre como nada más que un oportunista.

—Bien, mi sirviente ya me dijo suficiente de usted —declaró, acercándose con una postura que me parecía arrogante—. Disculpe por no reconocerla, señorita Górmot.

A pesar de que su tono era bastante neutral, pude discernir un ligero cambio cuando mencionó mi apellido. Desprecio, si tuviera que darle una descripción. ¿Acaso odia que los «plebeyos» tengan uno?

Aunque quise pensar más al respecto, mi entorno me obligó a desviar mi atención. En cuanto el aristócrata terminó de hablar, pude escuchar cómo la multitud era impactada por sus palabras.

—¿Górmot? ¿La misma de Vastrem?

—¿Ves? ¡Te dije que era ella!

—¿No mató recientemente a un hipocampo? ¡Pensé que era otra persona!

—Es más linda de lo que pensé…

Dejando de lado el último comentario, escuchar la conmoción y la admiración de tantas personas fue… raro, cuanto menos. Aunque me agradaba, sentía la situación como ajeno a todo lo que había vivido hasta el momento; viajar por el continente desde lo que consideraba un hogar ahora destruido, siendo aplastado por el peso de la realidad día tras día, para ahora ser visto como un personaje fantástico chocaba de forma brusca con mi visión del mundo.

—Esto… ¿desde cuándo? —murmuré, atónito y hasta algo abrumado.

—Vaya, parece que está bastante desvinculada de las noticias, señorita Górmot —carcajeó el aristócrata, quien ahora parecía auténticamente divertido—. Primero que todo, me llamo Gaelin Víncetor, barón de tierras cercanas. Como podrá ver, gran parte de la gente la reconoce como Teressia Górmot, el Filo Glacial, del Torneo Mensual de Batalla Amistosa de Vastrem.

—¿Filo… Glacial? —Aunque me sonaba ligeramente ridículo, no podía evitar alegrarme un poco por recibir un apodo.

—Bueno, los magos de agua especializados en el hielo no son muchos, precisamente —explicó Gaelin—. De por sí eres peculiar, pues no sólo eres extremadamente joven para tu nivel de poder, sino que manejas una espada de oricalco a pesar de tu clara mala situación económica y usas magia gélida. 

Bueno, ese comentario sobre mi dinero dolió.

—Sumado a eso —continuó Gaelin—, obtener el patrocinio de las mismísima Liga Ilnak es un hito en sí mismo. Y, para ensalzar aún más las cosas, muchos pudieron ver cómo el Señor de la Tormenta, Kondro Zavinkov, interactuaba contigo por cuenta propia. Y encima luchaste y sobreviviste a dos miembros del Culto de Kraknak, uno de ellos siendo alguien tan poderoso e importante como Leigong.

» Además, estás acompañada por un auténtico guerrero con capacidades extraordinarias, una maga de fuego casi igual de prodigiosa que tú y una emisora talentosa. Toda una leyenda tu historia, ¿no crees? «Filo Glacial» es un apodo común entre las personas que conocen tus hazañas.

Habiendo escuchado las palabras de Gaelin, fue la primera vez que me replanteé mi travesía por este mundo. Mejor dicho, las cosas que hice; con la situación en la que estaba ahora, me di cuenta de qué tan sorprendentes fueron mis logros en realidad.

Y, sin embargo, seguía sintiendo que no tenían tanta importancia en verdad. Debido a mi reencarnación, tenía la ventaja de aprender desde una edad temprana las reglas de Qíntico y, por ende, progresar más rápido que la mayoría. Mi cuerpo de por sí se adaptó bien a la información en varios de sus aspectos, por lo que fue la combinación de rarezas y suerte la que me llevó a mi nivel de poder actual, en el que estaba atascado por, seguramente, un límite biológico.

Ser patrocinado por la Liga Ilnak también había sido un cúmulo de casualidades, conocer a Rakuth y atraer su atención habiendo sido por pura suerte. Si a él le daba la gana de hacer sus cosas y no hacer de examinador, las cosas habrían terminado peor para mí. La espada de oricalco había surgido de esa suerte, pero era algo que no requería más entrenamiento del que ya tenía y podía acabar con la mayoría de mis enemigos sin tácticas demasiado complejas.

Encontrarme con Kondro había sido lo más extraño en cuanto a casualidad, pero tenía que admitir que su atención hacia mí se debió a mi progreso. Incluso así, ese poder también había surgido de mucha suerte.

En cambio, encontrarme con Leigong y Yaara fue todo lo contrario a lo que podría considerarse algo afortunado. No sólo casi muero, sino que perdí parte de mi brazo derecho, Syndra y Ádellet casi mueren y Jandrio perdió una extremidad casi de raíz. Mi mejor arma se había desgastado al igual que mi mente, el encuentro dejándome en un momento de debilidad que por poco me lleva al suicidio al igual que lo de Dírdin. Nunca consideraría esa noche como algo de lo que sentirse orgulloso.

—Yo… —Quise desestimar todo, restarle importancia, pero fui interrumpido.

—Entonces, gracias por explicarnos la situación, Gran Señor —dijo Ádellet, quien había puesto una mano sobre mi cabeza de forma cariñosa, mientras hacía una ligera reverencia—. Actualmente estamos de compras para nuestra madre, así que discúlpenos por irnos a pesar de su generosidad. Le aseguro que asistiremos al festival.

—Es agradable oírlo —dijo Gaelin con una sonrisa pragmática.

Antes de que pudiese expresar mis quejas al respecto de la situación, prácticamente fui arrastrado por Ádellet hacia la posada. Aunque quería preguntar varias cosas, me abstuve de hablar hasta que entramos a nuestra habitación, la cual estaba vacía. ¿Mamá estará con Jandrio? ¡¿Y sin calzado?!

Soltando un suspiro exasperado, me sorprendí cuando presencié a Ádellet haciendo lo mismo. Nos miramos a los ojos por un momento, pestañeando como idiotas, antes de que una… ¡uno! ¡Manténgase, pronombres! Uno de nosotros hablara. Yo, para ser exactos.

—¿Qué fue eso? —pregunté, confundido—. Iba a decirle a ese gordo que…

—Cien personas —interrumpió Ádellet, pasando una mano sobre su cara mientras caía sentada sobre su cama. Hice lo mismo—, o más teniendo en cuenta lo grande que es Cravich.

—¿Y? —Alcé una ceja.

—¿Qué trato hiciste con Rakuth, tontita? —preguntó Ádellet con una sonrisa burlona pero cansada.

Entonces, pestañeé varias veces como un imbécil al darme cuenta de la situación. Si hubiera desestimado mis logros frente a Gaelin debido a mi complejo de inferioridad creciente durante estos últimos días, toda esa multitud de personas podría dudar de si mis hazañas fueron por mi propio poder o gracias a objetos mágicos.

Si eso sucediera, Rakuth me lo echaría en cara y nuestro vínculo quedaría arruinado. Era un aliado, no un amigo; si los negocios llamaban, él lo atendería primero antes que a mí. Sin el patrocinio, nuestros fondos monetarios se irían a pique y, sin dinero, nuestro viaje sería incluso más desastroso.

En el mejor de los casos, sólo tendríamos que resignarnos a dejar de hospedarnos en posadas y comprar la comida más barata. En el peor de ellos….

Uh, mierda, pensé, alejando las sombrías posibilidades de mi cabeza mientras un ligero escalofrío recorría mi espalda, eso estuvo cerca.

—Gracias por eso, Ádel —dije, inclinando un poco la cabeza.

—¿Ves? Para eso tienes a tu hermana mayor, mocosa —dijo mi pariente con un tono que mezclaba perfectamente la burla y el cariño, acariciando mi cabeza y despeinándome más de lo que ya estaba—. Ahora vayamos a buscar a mamá y démosle esos calzados nuevos.

No pude evitar echar una carcajada en cuanto me pregunté si Syndra tendría los pies negros por andar descalza por la posada.

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