Cuando abrí los ojos, el brillo me cegó por un momento. Mi cabeza palpitaba por la intensa migraña, mis sentidos estaban entumecidos y mi garganta estaba seca, como si no hubiese bebido algo en días.
Cuando logré adaptarme a la luz, me di cuenta de que estaba acostado sobre una camilla de hospital. La habitación se parecía a la de uno, significativamente mejor que la del edificio de torneos de Vastrem.
Me sentía… débil, demasiado. Mi brazo derecho estaba cortado desde el codo, tapado por ajustadas vendas que parecían nuevas. Estaba vistiendo una bata blanca típica de los enfermos de hospitales. Por el rabillo del ojo, pude ver mi siempre corto cabello: ahora era blanco, seguramente por el abuso de qí.
Todo mi cuerpo estaba lleno de vendas, algunas nuevas y otras que ya parecían necesitar un cambio. Las heridas provocadas por el Vasallaje Ofidio de Leigong habían sido profundas, desencadenando un intenso dolor con cada movimiento. Incluso respirar se me complicaba.
Sin embargo, nada de eso importaba. No, era mejor decir que todo estaba siendo opacado por el abismal vacío que sentía.
Todo… se acabó, pensé, sintiendo cómo pequeñas lágrimas recorrían mis mejillas. Mamá y Ádel… están muertas. Primero Vruwyn… y ahora ellas. Dírdin ya no existe. No tengo hogar, familia… nada por lo que valga la pena seguir luchando.
Levanté mi mano izquierda, el solo movimiento provocando un intenso dolor. Observé las vendas en silencio, las cuales tenían pequeñas manchas de sangre. Mientras más presión ejercía, más rojo las manchaban.
Eso que usé contra Leigong… ¿fue magia de sangre?, me pregunté. Nunca escuché sobre eso…. Ah, ¿qué importa? Ya NADA importa.
Mi mano izquierda se convirtió en un tembloroso puño, el dolor extendiéndose por mi cuerpo.
Si reencarné una vez…, pensé, ¿podré hacerlo una segunda vez?
Quise usar mi qí para manifestar una «Cuchilla Escarchada», la versión helada de la Cuchilla Incandescente. Pero no surgió nada más que una punzada en el pecho, confirmando la escasez de energía mágica en mí.
Quizá encuentre un cuchillo…
Soportando en horrible dolor, me levanté. Usé hasta la última pizca de mi débil fuerza de voluntad, sacando la fina sábana que me cubría y tocando el frío piso de la habitación con mis pies descalzos y tapados con vendas.
Justo en el momento en que me estaba por levantar, escuché el sonido de la puerta abriéndose y una exclamación inentendible que me tomó por desprevenido. Aquello provocó que perdiese el equilibrio, cayendo con la misma delicadeza de una avalancha.
El impacto casi rompe mis ahora frágiles brazos, el dolor extendiéndose por cada centímetro de mi cuerpo. Un grito agónico escapó de mi garganta, lastimándola aún más. Las lágrimas cayeron sobre el piso por más de una razón.
Incluso reconociendo el problema, no podía hacer más que seguir con ese deseo de evitar la realidad. Ya no quedaba nada por lo que luchar, nada que me motivase a continuar siendo una mejor persona. Ahora sólo quedaba un hombre… no, ¡ni siquiera eso! ¡Sólo quedaba una patética jovencita que quería escapar de sus problemas!
Ya no lo aguanto…
Entonces, mis pensamientos se vieron interrumpidos por un inmenso dolor. Alguien me estaba abrazando. Su llanto era bien conocido por mi memoria, esa voz que trataba de consolarme habiéndola escuchado tantas veces. Ese tacto cálido y cariñoso…
—¿M-Mamá?
*
Momentos después de que Leigong y Kondro Zavinkov empezasen a luchar.
¿Voy a morir?, fue lo único en lo que podía pensar Syndra, viendo con horror cómo ese monstruo lanzaba esos espeluznantes rayos negros.
Aunque Kondro había hecho su aparición y estaba protegiendo a todos, Syndra no era capaz de tranquilizarse. Todo lo contrario: su cuerpo estaba siendo llenado del más absoluto terror. No podía moverse y sentía que estaba por perder el control de su vejiga, temblando como si estuviera desnuda en el lugar más congelado del planeta.
Ádellet la estaba abrazando, ambas tratando de consolarse sin éxito. Estaban demasiado aterradas como para reaccionar de alguna otra forma que no sea estar paralizadas.
Cuando escucharon cómo Kondro ordenaba el escape de todos, quisieron moverse. Utilizaron hasta la última pizca de coraje y valentía que quedaba en sus corazones, arrastrando sus pies hacia las escaleras.
Pero era demasiado tarde.
¡MIERDA!, Syndra abrazó a Ádellet para cubrirla en cuanto escuchó las palabras de Leigong, sus ojos velados por las lágrimas.
Un rayo de proporciones titánicas tomó como eje a la Tempestad Ruin, quien estuvo canalizando su qí todo el tiempo en que estaba «sometido» por Kondro. En cuanto el conjuro, «Sol Negro», se completó, el tercer nivel de la torre Draroux se vio azotado por una descarga eléctrica de poder casi incalculable.
Sin embargo, contra todas sus pésimas expectativas, Syndra abrió los ojos para darse cuenta con extremo alivio de que estaba viva. Sólo para una fracción de segundo después gritar de dolor y miedo.
Kondro la había agarrado a ella y a Ádellet a último momento, usando su magia y uniforme para protegerse parcialmente del Sol Negro. Por desgracia, su cuerpo ahora estaba medio carbonizado, sus músculos expuestos y una cantidad exorbitante de sangre siendo derramada.
Syndra y Ádellet, en cambio, estaban en mejores condiciones. Lo malo es que seguía siendo extremadamente doloroso tener la mitad del cuerpo con la piel quemada y a pocos pasos de que los músculos se viesen afectados, por lo que ambas soltaron gritos de agonía.
Esto va a ser una dura caída, pensó Kondro.
*
Lloré. Las lágrimas no pararon de salir por mucho que Syndra lo intentase. Todos esos sentimientos que me habían estado destrozando por dentro necesitaban una vía de escape.
—¡N-No sabes lo p-preocupadas que e-estábamos! —decía Syndra, llorando mientras me continuaba abrazando. El dolor que me provocaba el mero tacto no era nada comparado con saber que mi madre seguía viva—. ¡Ádel, J-Jandrio y-yo no parábamos d-de visitarte! ¡P-Por mucho que n-nos dijeran que e-estabas bien, n-no podíamos d-dejar de pensar que m-morirías!
—¡Y-Yo… pensé que e-estaban muertas! —dije—. ¡I-Incluso fui a c-confrontar a Leigong! ¡E-Estaba devastada! ¡N-No podía s-soportar la mera i-idea!
Tardé varios minutos en lograr calmarme. Me costó aceptar que en verdad Syndra y Ádellet (quien se encontraba en la habitación junto con Jandrio) estaban vivas, pensando que aquello era algún sueño o alucinación.
Debido a que mi qí era escaso, no pude usar magia del agua para limpiarme las lágrimas y los mocosos. Por suerte, Ádellet me ayudó e hizo el trabajo por mí.
Cuando me volví a acostar sobre la camilla por el dolor, ya completamente tranquilizado, pude notar con atención todos los detalles que había ignorado sobre las apariencias de Syndra, Ádellet y Jandrio.
Syndra tenía horribles cicatrices en el lado derecho del cuerpo, su brazo derecho vendado. Ádellet, en cambio, había sufrido las mismas consecuencias en el costado izquierdo. Jandrio, por su parte, tenía múltiples heridas cicatrizadas y le faltaba el brazo izquierdo casi por completo.
—¿Q-Qué les pasó? —pregunté, atónito y preocupado.
—Kondro nos salvó de morir por el conjuro de Leigong —explicó Ádellet—, pero sufrimos estas heridas. Él la pasó peor, te lo aseguro.
—Esa mujer espeluznante, Yaara, me «castigó» —aclaró Jandrio—. Según Leigong, le parecíamos interesantes y nos dejó vivir sin otras consecuencias más allá de esto por molestarlo en sus planes.
—En todo caso —dije con una suave sonrisa—, estamos vivos. Eso es lo que importa. ¿Cuánto tiempo estuve desmayada?
—Casi dos semanas —respondió Syndra—. Según los sanadores, usaste demasiado qí y tu cuerpo sufrió las desastrosas consecuencias. Tu ritmo cardíaco bajó a niveles críticos y tu respiración fallaba en ocasiones.
—Eso estuvo cerca —comenté, tragando un poco de saliva—. Uh, esto duele bastante. Ádellet, ¿puedes servirme un vaso con agua?
Ella sólo asintió, usando magia para conjurar agua dentro de un vaso de madera que estaba a mi lado. Luego de tres rápidos y refrescantes tragos, finalmente me sentía un poco mejor.
—Jandrio —dije de repente—, ¿sabes qué es la magia de sangre?
—¿Eh? —El Guerrero Errante alzó una ceja—. Creo haber escuchado sobre eso, pero… No, no tengo ni idea. ¿Siquiera es posible?
—Pues parece que sí —afirmé—, ya que la usé contra Leigong.
—Genial —silbó Jandrio con sorpresa—, parece que algo bueno sacamos de esto.
*
—¿Qué piensas, Yaara?
—Puede ser útil.
—¿Algún porcentaje de cuánto?
—60% por voluntad propia y 75% por sometimiento.
—Suena bien, suena bien…
—¿Quieres que encuentre una forma en que…?
—Llámala a ella.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario