2024/02/25

Capítulo 28: Interesante

¡NO, NO, NO!, pensaba con pánico absoluto, sintiendo las lágrimas caer por mis mejillas. ¡Esto NO puede ser posible! 

Viendo cómo el tercer nivel de la torre Draroux era consumida por llamas negras, no podía hacer más que negar la verdad. Después de todo, ¿qué se supone que haría si la idea más dolorosa de todas se volviese real? ¿Cómo tendría que soportar el maldito concepto de que Syndra y Ádellet hubiesen muerto?

—E-Esto… —Jandrio murmuró con tono tembloroso. No podía ver su expresión, pero podía darme una idea.

—¡V-Vamos! —dije, palmeando su hombro con demasiada fuerza—. ¡T-Tenemos que ir a a-ayudar YA!

—T-Teressia, ellas e-están… —Quiso argumentar Jandrio.

—¡VAMOS YA! 

A pesar de los temblores y las lágrimas que brotaban, la tristeza no era lo que estaba tomando control de mis acciones. No, ese sentimiento estaba siendo engullido, convirtiéndose en combustible. La alegría, el cariño y todos esas emociones que había sentido se estaban transformando en carbón que encendía más y más ese fuego dentro de mí, toda esa furia y rabia que ahora se apoderaba de mi cuerpo.

Jandrio avanzó sin decir nada más, esquivando a todas las personas en su camino. Yaara no parecía tener intenciones de perseguirnos por ahora, pero su mirada estaba fija en mí a pesar de que todo un batallón de magos la atacaban desde todas direcciones.

Tarde o temprano intervendrá, me dije, pero no me importa. Ya NO me importa. Sin mamá y Ádel, ya no soy nada. Sin ellas, mi deseo de vivir se está esfumando y lo único que quedará será la rabia.

Aún tenía a Jandrio, pero, ¿y qué? ¿Qué se supone que haría ahora que Syndra y Ádellet estaban muertas? ¿Continuar como si nada? ¿Y para qué? Lo único que me mantenía en pie desde la muerte de Vruwyn era saber que tenía a mi madre y hermana, que las tenía que proteger. Que aún tenía algo que apreciaba con todo mi corazón.

Mientras miles y miles de pensamientos atiborraban mi mente, Jandrio continuó corriendo. Su velocidad acortaba rápidamente la distancia que había entre nosotros y la torre Draroux, las calles medio vacías facilitando el proceso.

Antes de darme cuenta, ya estábamos cerca de la base de Draroux. La cima estaba destrozada, llamas negras consumiendo todo. Cadáveres calcinados estaban esparcidos por todo el lugar, despedazados por la caída y esparciendo un intenso olor a quemado.

—¡Subamos! —ordené.

Sin embargo, esa sensación había regresado, paralizándonos. Un sentimiento opresivo y que helaba la sangre, alertándonos de un peligro de proporciones más allá de lo que podíamos manejar. Un poder maldito.

—No hará falta hacer eso —dijo el culpable, bajando por las escaleras en caracol con esa maldita sonrisa lunática.

Leigong había llegado.

Esa maldita sonrisa suya, esos ojos carentes de empatía, esa indiferencia ante tal masacre. Todo eso y mucho más, demasiado para que pudiese siquiera comprenderlo con claridad, se reunió en una auténtica vorágine de furia que hirvió mi sangre.

—¡BASTARDO! —grité con todas mis fuerzas, bajándome de la espalda de Jandrio y desenvainando mi espada.

Utilicé mi flujo marcial para aumentar al máximo mi velocidad, el impulso que tomé creando un diminuto cráter bajo mis pies. Acorté la distancia que me separaba a mí de esa desgraciada pretensión de ser humano, mi espada de oricalco brillando de azul oscuro con rayas verde pálidas.

Pero, en vez del sonido de la carne siendo cortada, sólo se oyó un estruendo metálico. Una espada de color esmeralda siniestro había interceptado mi arma, la gélida y aterradora mirada de Yaara pareciendo perforar mi alma.

Parecía que mi espada estaba tratando de cortar un muro del material más fuerte y resistente. No importara cuánto lo intentase, la cantidad de flujo marcial o la presión física que ejerciese, aquella persona parecía una fortaleza inexpugnable que no se movía un solo milímetro y ostentaba una expresión indiferente, como si estuviese tratando con la más débil de las criaturas.

—Interesante —comentó Leigong, mirándome—. La niña está en la etapa avanzada del Reino Psíquico y tiene una espada de oricalco. Parece talentosa. ¿Y tú que dices, Yaara?

—Tiene futuro. Creo. —Su voz era monótona, como si un robot fuese el que hablase en vez de un humano.

—Dime, niña —me dijo Leigong—, ¿te gustaría unirte al Culto de Kraknak?

—¡CÁLLATE! —Para mi sorpresa, no fui yo quien gritó con una rabia inconmensurable.

Un cráter se formó en el momento en que Jandrio tomó impulso, moviéndose con la velocidad de un rayo. Ahora exudaba un aura invisible que ejercía una inmensa presión, su lanza resplandeciendo por el fuego místico que la recubría.

Yaara me empujó, tirándome lejos con una fuerza sobrehumana antes de desplazarse sin esfuerzo hacia Jandrio, atacándolo. Su espada esmeralda chocó con la lanza llameante, un cráter formándose debajo de ambos por toda la presión ejercida.

Jandrio mostraba una expresión que demostraba el increíble esfuerzo que hacía, su cuerpo temblando y luchando por el control de la situación. Yaara, en cambio, era tan aterradoramente indiferente que causaba escalofríos.

¡Tengo que aprovechar que está distraída!, pensé, levantándome del suelo y escupiendo un poco de sangre.

Volviendo a agarrar mi espada, avancé con toda la velocidad que pude. Quería ahorrar qí, pero mi instinto me decía que tenía que usar hasta la última pizca con tal de alcanzar a Leigong. El bastardo sostenía un artefacto que no podía discernir debido a la furia que me cegaba casi por completo, diciendo palabras inentendibles con indiferencia.

El piso se quebró ligeramente con cada paso que di, los músculos de mis piernas empezando a tensarse por todo el qí que les administraba. El sudor me bañaba, mis ojos doliendo y mi garganta secándose. Sin embargo, el agarre de mi espada era más firme que nunca.

—Las molestias no dejan de llegar esta noche —suspiró Leigong con fastidio, extendiendo su mano derecha hacia mí.

Previniendo lo peor, clavé mi espada en el piso y me protegí con todo el qí que pude. Al mismo tiempo, un rayo negro del tamaño de una persona me alcanzó, enroscándose alrededor de mi cuerpo y atacándome con cientos de volteos, sino miles, en lo que reconocí como el conjuro eléctrico «Vasallaje Ofidio». Aunque sabía que la electricidad no debía ser oscura y que seguramente se tratase de los poderes del caos, las consecuencias me impidieron razonar bien.

En una fracción de segundo, mi piel se carbonizó y cayó. Mis músculos estaban demasiado tensos como para moverme siquiera un centímetro de mi lugar, un intenso hedor a quemado flotando en el aire. Mis gritos seguramente pudieron oírse por media ciudad, mi mente siendo azotada por un sufrimiento que casi provoca mi inmediato desmayo.

¡NO!, pensé, usando hasta la última pizca de fuerza de voluntad para levantar mi mirada y ver a Leigong. ¡No puedo morir! ¡No aún! ¡Tengo que vengarlas! ¡TENGO QUE HACER QUE ESE BASTARDO PAGUE POR LO QUE HA HECHO!

¿El dolor me estaba volviendo loco? No podía afirmarlo con seguridad. Mientras más me hundía en la desesperación, en la rabia, una sensación desconocida se originaba desde lo más profundo de mi ser y se extendía hasta mi mano derecha. Escupiendo una enorme bocanada de sangre, en lo único que podía pensar era matar al culpable de quitarme lo poco que me quedaba.

Entonces, algo ocurrió. Un acontecimiento del que no tenía registro alguno en mis memorias.

La misma sangre que acababa de escupir y que estaba fuera de los efectos de Vasallaje Ofidio… se movía. Aquel líquido rojizo hacía movimientos similares a los de una gelatina, rompiendo toda lógica sobre la magia y levitando, tomando forma hasta convertirse en una cuchilla del tamaño de un lápiz.

Un segundo después, la mano derecha de Leigong tenía un agujero.

—Interesante —comentó la Tempestad Ruin con una sonrisa, deshaciendo Vasallaje Ofidio y viendo la herida como si fuese un hecho curioso. Al parecer, no sentía el más mínimo dolor—. Y pensar que serías ese tipo de maga.

¿Qué?, exclamé para mis adentros, cayendo de rodillas mientras el dolor me consumía. ¿De qué… habla?

—Es un descubrimiento demasiado especial como para matarla —continuó Leigong, ahora mirando a Yaara—, pero nos causó problemas. Por favor, dale el castigo que se merece.

Una fracción de segundo después, mi antebrazo derecho cayó al piso.

Solté un alarido de agonía, cayendo de lado mientras trataba de parar la hemorragia. Era demasiada sangre, el dolor no hacía más que aumentar y sentía cómo, poco a poco, mis sentidos se atenuaban. Quise moverme para ver a Leigong, pero…

Me desmayé.

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