—¡Sean bienvenidos, damas y caballeros, al espectáculo de esta noche! —aclamó Leigong como un retorcido presentador—. Siempre cumplo mis promesas, así que, ¡tengan seguro que podrán salir vivos y coleando de aquí si no…! ¿Eh?
En el momento en que sus ojos se posaron sobre nuestra dirección, su tétrica presentación se interrumpió. Nos vio con detenimiento, su expresión mostrando curiosidad y una alegría lunática.
—Oh, parece que podríamos tener problemas —dijo, dándose vuelta para ver a la mujer que lo acompañaba—. Es mejor ahorrarnos inconvenientes, así que mátalos, Yaara.
La mujer era alta, incluso más que Leigong. Su cabello blanco era corto y puntiagudo, sus ojos azules demostrando la más fría indiferencia y poseía una nariz griega. Portaba una armadura ligera de color azabache bajo una capa negra de cuero desconocido, en su cadera colgando dos espadas envainadas.
Sin embargo, nada de eso importaba en mi mente, la cual se inundaba con un profundo miedo. El aura invisible de horror indescriptible que exudaban aquellos individuos de poder abrumador y maligno me paralizaron, las palabras de Leigong haciendo que mi sentido de supervivencia se activase, pero mi cuerpo no respondía.
Estaba aterrado.
—¡N-NOS LARGAMOS! —gritó Jandrio, quien se encontraba pálido, mientras me agarraba del brazo y me subía a su espalda. Su voz expresaba horror puro.
—¡P-Pero mamá y Á-Ádel…! —dije mientras temblaba de forma incontrolable, el Guerrero Errante ya habiendo empezado la huida con una velocidad pasmosa.
—¡N-No tenemos o-oportunidad! —argumentó Jandrio antes de… ¡¿saltar?!
Solté un grito de terror mientras caíamos en picada. No sabía qué se suponía que quería hacer Jandrio, pero aquel acto no podría ser considerado como nada más que suicidio.
Cerré los ojos, esperando morir sin dolor. Después de todo, sería mejor que ser capturado por un miembro del Culto de Kraknak, muy conocido por guardar rencor hasta por las cosas más minúsculas y absurdas y vengarse de las formas más horribles e inhumanas.
Sin embargo, en contra de todas mis expectativas, ese momento nunca llegó. Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que ahora estábamos atravesando las calles de Wextrom como si nada.
—¡¿Q-Qué se supone que hiciste?!
—¡Magia del viento! —respondió Jandrio, quien ya parecía más calmado—. ¡No lo hago muy seguido debido a que consume bastante qí el calibrar todo! ¡Ahora deja de preguntar pequeñeces y fíjate atrás!
Quise argumentar que era poco probable que esa tal Yaara no podría hacer lo mismo, pero me tragué mis palabras en el momento en que giré mi cabeza para ver detrás de nosotros. ¡Esa mujer nos perseguía con una velocidad aterradora, completamente ilesa y sin ningún signo de cansancio!
—¡MIERDA, MIERDA, MIERDA! —grité, horrorizado hasta los huesos—. ¡¿V-Vamos a m-morir?! ¡¿En s-serio?! ¡N-No puede s-ser, no p-puede ser…!
—¡Cálmate, idiota! —me gritó Jandrio, quien empezaba a sudar—. ¡Si te dejas consumir por el miedo, sí que moriremos! ¡Déjate de eso y trata de ralentizarla lo suficiente! ¡Aprovecha para gritar por ayuda!
Reprimiendo al máximo el indescriptible horror que sentía, seguí las órdenes del Guerrero Errante, no sin antes usar el telecomunicador de uso único que me dio Kondro Zavinkov. El Señor de la Tormenta era una existencia lo suficientemente poderosa como para ser la mejor ayuda del momento, aunque no sabía cuándo podría venir.
Conjuré múltiples Disparos Fluviales, condensando el qí todo lo que podía para aumentar el rango de alcance sin que la mayor parte de la potencia se perdiese. El proceso era rápido, pero tan difícil que muchas veces fallé y simplemente desperdicié qí. Sin embargo, no paraba de gritar por auxilio a cualquiera que se cruzara en nuestro camino, por lo que las autoridades de Wextrom no tardarían demasiado en llegar.
Con suerte, ¡apenas saldremos heridos!, pensé con un optimismo que hasta a mí me parecía iluso. ¡Sólo tenemos que aguantar y…!
Entonces, mi magia se disipó. No porque el procedimiento de condensación y amplificación fallase, sino por la profunda conmoción que inundó mi cuerpo en cuanto escuché un estruendo que casi rompía mis tímpanos.
Yaara se detuvo, aunque no porque empezara a ser rodeada por múltiples emisores y potenciadores. Una sonrisa espeluznante y de satisfacción se formó en su rostro.
Cuando mis ojos se posaron sobre esa torre, el dolor me consumió.
—¡N-NO!
*
Eso fue un pequeño imprevisto, pensó Leigong, pero nada del otro mundo. Ahora que Yaara se está encargando de ellos, tengo todo en bandeja de plata.
La razón de que Leigong era simple: a cambio de materiales mágicos y sujetos de prueba, mataría a los reyes de Zennug a la vez que se daba el lujo de destruir la catedral de Emad Erton. Como miembro del Culto de Kraknak, despreciaba al londarrismo y, siempre que su horario y recursos le permitieran, destruiría y mataría todo en torno a él.
Luego de infiltrarse meticulosamente dentro de Wextrom hasta llegar a la torre Draroux, se suponía que sólo necesitaría un ataque para destruir las defensas mágicas de la ciudad. Sin embargo, aunque aún tenía la opción, tuvo que distraerse un momento debido a dos individuos que le llamaron la atención.
Teressia era una adolescente con una cantidad de qí anormal, mientras que Jandrio era un guerrero formidable que podría molestarlo más de lo que le agradaba. Si ambos unían fuerzas, existía la posibilidad de que lo atrasaran.
Ahora que Yaara se encargaba de alejarlos y matarlos si existía la oportunidad/necesidad, Leigong tenía todo el tiempo del mundo para realizar sus planes. La gente a su alrededor era débil y estaba aterrorizada, por lo que nadie se interpuso.
La Tempestad Ruin canalizó su qí hacia su mano derecha y la levantó hacia el techo del tercer nivel de Draroux, donde se encontraba el núcleo de todos los conjuntos mágicos que defendían Wextrom. Un único y poderoso ataque desharía todos esos siglos de esfuerzo, pero…
¿Uh?, Leigong se sorprendió en cuanto reconoció una Cuchilla Incandescente acercándose a toda velocidad.
Si la hubiese dejado aproximarse lo suficiente, quizá le hubiera hecho mella a su brazo. Sin embargo, la Tempestad Ruin ya se estaba hartando de inconvenientes y destruyó el conjuro con un rayo controlado.
Cuando buscó al culpable, se encontró con una atemorizada Ádellet.
—¡M-Mierda! —exclamó, tratando de ocultarse en la multitud.
Viendo cómo Yaara perseguía a Teressia y Jandrio, la joven emisora había reunido todo el coraje que tenía para tejer una poderosa Cuchilla Incandescente. Pero ahora que había visto su esfuerzo ser destrozado en una fracción de segundo, el profundo miedo que la atacó en cuanto vio a Leigong regresó y se apoderó de su cuerpo.
Para su desgracia, la multitud se alejaba de ella. Todos sabían cómo el Culto de Kraknak trataba a sus enemigos, sin importar qué hicieron y quiénes fueron; si trataban de proteger a alguien que atacó a un miembro tan importante, sólo les depararía horrores inimaginables.
Así, Ádellet estaba expuesta.
Acabemos con esto de una vez, que alguien interrumpiera sus planes una vez ya era increíblemente molesto. Que ocurriese dos veces era insólito, por lo que Leigong quería encargarse del asunto cuanto antes y después encargarse de las pequeñeces, como lo sería investigar los antecedentes de la joven para torturar y matar a toda su familia.
Un rayo negro se materializó en la mano derecha de Leigong, saliendo disparado con una velocidad pasmosa. El conjuro acortó la distancia en una fracción de segundo, alcanzando a Ádellet y matándola en el acto.
O eso hubiese ocurrido.
—¡No puedes estar jodiéndome! —exclamó Leigong con hartazgo, viendo cómo su conjuro era detenido y destruido.
Frente a él se encontraba un hombre que reconocía bien gracias a la multitud de libros referentes. Su característico manto azabache con el emblema de su país se había interpuesto en el camino del rayo negro, destruyéndolo. Esos ojos azules lo miraban con desprecio absoluto, como si estuviese viendo lo más repugnante conocido por la humanidad.
—Supuse que sería algo importante —comentó Kondro Zavinkov mientras sacaba su báculo de su anillo espacial—, pero no de este calibre. ¡Esa niña es más interesante de lo que creí!
—¡Deja de hablar solo, bastardo! —vociferó un colérico Leigong, desatando un aluvión de rayos negros.
La electricidad maligna carbonizó a múltiples personas, quienes apenas pudieron gritar. Todos los demás retrocedieron con terror absoluto, mientras que Kondro sólo escupía con molestia y utilizaba su báculo.
Utilizó el artefacto para conjurar «Fortaleza Escarchada» en menos de una fracción de segundo, evocando una gruesa pared de hielo que evitó que los rayos lo atacaran. Tan pronto como el conjuro se deshizo, usó magia del aire para lanzar «Sometimiento Invisible».
Un látigo de aire se enroscó en Leigong antes de que múltiples carámbanos lo atacaran desde todas direcciones. Debido a su túnica negra con magia de protección, los conjuros apenas dejaban mella sobre su cuerpo. Sin embargo, Kondro no le dejaría la más mínima oportunidad de hacer algo al respecto.
—¡Bajen todos y escapen! —ordenó mientras hacía todo lo posible para mantener bajo control a Leigong—. ¡Si siguen todos aquí, van a…!
—¡Así que quieres mantenerlos vivos a todos! —interrumpió la Tempestad Ruin con una sonrisa lunática—. ¡QUÉ LÁSTIMA!
Entonces, todo se oscureció.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario