2024/02/25

Capítulo 26: Un poco de turismo

—Come tus verduras.

Moví la zanahoria picada más cerca del centro del plato.

—No.

Alejó la porción a una esquina.

—Cómelas.

Volví a acercarla.

—Estoy bien con la carne.

Volvió a alejarla.

—Pareces un niño caprichoso.

La acerqué más.

—Y tú pareces una vieja testadura.

La alejó más.

—¡¿A quién llamas vieja testadura, imbécil?! —exclamé, golpeando con el dorso de la mano la frente de Jandrio.

—Ya, ya, cariño —dijo el Guerrero Errante con una sonrisa, como si no hubiese sido afectado en lo absoluto por mi ataque—. Tampoco se va a acabar el mundo por no comer mis verduras.

—Pero si te puedes caer tú por falta de micronutrientes —argumenté, aunque al final desistí a mi accionar.

Ya habían pasado poco más de dos semanas desde que dejamos Damten. Tras un viaje agitado, habíamos llegado a la Ciudad de Wextrom, la capital de Zennug. El lugar estaba ubicado en una inmensa pradera utilizada para el cultivo, la arquitectura recordándome vagamente a Francia.

Durante el viaje, había puesto en práctica las enseñanzas de Jandrio sobre el grosor de los meridianos, al menos entrenando eso una vez al día. En paralelo, traté de disfrutar un poco más de la compañía de Syndra y Ádellet a la vez que descansaba.

Luego de un rejuvenecedor sueño, todos habíamos bajado al comedor para desayunar. Esta vez, elegí una comida que sí me satisfaga por completo. Jandrio estaba sentado a mi lado derecho mientras que Syndra en el izquierdo, Ádellet a su costado.

—Dejando de lado el coqueteo —dijo Syndra—, ¿qué era lo que querías hacer hoy?

—Disfrutar el día —respondí, ignorando la primera parte—, ya que hoy decidí darme un descanso. ¿Qué quisieran hacer?

—Un poco de turismo no estaría mal —sugirió Ádellet—, así podemos recorrer toda la ciudad a la vez y ver si podemos comprar algo.

—Que la pasen bien, entonces —afirmó Jandrio—. Yo voy a hacer alguna misión de…

—¿Quién fue el que dio el discurso de la sobreexigencia? —interrumpí, viéndolo con seriedad.

—Yo —admitió Jandrio con un suspiro—, pero…

—Entonces, asunto solucionado —concluí con tono firme—. Vamos a descansar todos, ¿entendido?

—Bien —suspiró Jandrio de resignación con una sonrisa suave—. ¿Dónde iremos primero?

—No soy muy creyente, pero vi una catedral interesante de Lóndirra —sugerí, recordando el edificio con asombro—. También podemos ir al jardín de Voumiers, el museo de Auberrak y la torre Draroux.

Al estar en territorio zennugiano, conseguir libros de historia y cultura del país era excesivamente fácil. Comprando dos, pude informarme más de Zennug. Si tuviera que compararlo con alguna nación de la Tierra, podría ser un equivalente a Francia. ¡Incluso tenía su propia versión de la torre Eiffel: Draroux!

Así, emprendimos nuestro viaje turístico por la capital.

*

La catedral de Emad Erton fue construida en los comienzos de Wextrom, alrededor del 10 1163 d. L. Su nombre significa «Gran Dama» en kimanti, una lengua muerta y el equivalente al latín en Qíntico; según cuentan las leyendas, fue el primer idioma universal creado por los dioses.

Con el pasar los siglos, la catedral acumuló tanta historia que puede llenar una estantería completa con libros del grosor de un muslo humano. Entre los muchos acontecimientos se pueden destacar los ataques terroristas, las demoliciones forzosas y hasta el asesinato de los recién casados reyes.

En la actualidad, Emad Erton luce como una edificación de proporciones inmensas. Ocupa una cantidad significativa de una cuadra cerca del centro de la capital, su arquitectura asemejándose a la de Notre Dame. No soy un conocedor de construcción religiosa como para detallar, pero admito que era majestuosa.

—Grandiosa —comentó Syndra apenas vio la catedral, fascinada.

*

El jardín de Voumiers fue, alguna vez, el patio delantero de la mansión de un aristócrata de renombre. Por razones políticas y religiosas que no me quedan claras debido a la falta de información, fue demolida y el lugar fue transformado en el parque público que se conoce hoy en día.

—Muy lindo —afirmó Ádellet, viendo una de las estatuas.

Era un monumento que representaba a un gourlin, un qüelio con apariencia similar al de un felino blanco con alas doradas y cabeza semejante al de un ave. En muchas culturas se les ve como criaturas que simbolizan la justicia, siendo el avatar más frecuente de Lóndirra.

*

El museo de Auberrak es uno de los edificios más grandes de Wextrom, centrado en las bellas artes y la arqueología de la historia zennugiana. Su arquitectura es magnífica y majestuosa, construida sobre lo que antes era una fortaleza.

—Genial —murmuré, observando con fascinación las obras que se exhibían.

Una de las más me dejaron embobado fue «La sublevación de la Gran Salvadora», una pintura hecha con una técnica qintiquiana equivalente al óleo. En ella, se retrataba el antiguo castillo nacional en llamas mientras soldados, tanto magos como no-magos, luchaban en una sangrienta batalla liderada por Laurette de Pueyrredón.

Nacida en un pueblo desconocido, se ganó su apellido tras décadas de esfuerzo para ser reconocida por la Familia Imperial de entonces. Sin embargo, en su corazón siempre existió el rencor hacia los dirigente del Imperio iqarí, el cual existió durante unos siglos y conformó Krulmón, Zennug y Beshni (al sur del segundo).

Laurette reunió a todos los afectados por las horribles condiciones del Imperio iqarí, armando lo que pronto se conoció como la «Rebelión de la Libertad». Debido a sus enormes contribuciones a lo que son ahora los tres países y a su inmensa devoción al londarrismo, es recordada como una revolucionaria y una santa.

Había aprendido bastante de ella gracias a la profesora Rorgva durante sus clases de Historia y Religión y a un libro de la escuela.

—Esto sí es genial —comentó Jandrio con una sonrisa, observando una escultura a mi lado.

En ella se representaba a uno de los avatares de Qratia, la Diosa de la Victoria: una mujer significativamente voluptuosa vestida con una armadura plateada, sosteniendo su espada blanca en alto. Su cabello dorado resplandeciente amarrado en una coleta de caballo, sus ojos azules mostrando pura valentía.

La escultura era absurdamente detallada y colorida gracias a la magia de la tierra. «La victoria es la única opción» de Ottilia Krafagno, una poderosa emisora con afinidad hacia el elemento terrestre reconocida por sus múltiples obras, mostraba a Qratia en una pose épica que demostraba tanto la gracia como la valentía de la diosa.

—Bueno, tiene su encanto —admití, bastante fascinado—. Es muy refinada y muestra muy bien al avatar de Qratia, aunque me sigue gustando un poco más la pintura. Después de todo, ¿no es genial saber que una persona se enfrenta a un imperio con todo lo que tiene? Aunque recibió ayuda, claro.

—Lo que tú digas, cerebrito —carcajeó Jandrio.

*

La torre Draroux es una inmensa estructura de un material similar al hierro, teniendo la increíble altura aproximada de trescientos cuarenta metros. Es lo primero que llega a acaparar la atención de alguien que se está acercando a Wextrom, sirviendo tanto como sitio turístico como núcleo de la magia de protección de la capital.

En la base de la torre se podían comprar las entradas y subir a través de unas escaleras en caracol. Tardamos un tiempo, pero la larga espera valió la pena.

El primer nivel tiene un enorme restaurante que servía todo tipo de platos y bebidas típicos de Zennug. Entre ellas se encuentran equivalentes a los pretzel, flanes (o al menos eso parecían) con frutas, tartas de cereza, cócteles y jugos.

El segundo nivel es considerado como el que tiene mejor vista, pues la altitud es óptima con relación a los edificios que se encuentran abajo (en el tercer piso son menos visibles) y a la perspectiva general (obviamente más limitada en el primer piso). El lugar tiene una tienda de recuerdos de viaje como pinturas, juguetes y ropa.

El tercer nivel es el más costoso y mayormente reservado por aristócratas y plebeyos adinerados, pero gracias a mi relación con Rakuth pude facilitar las cosas. Desde aquel lugar se podía observar, bajo el cielo ya nocturno, toda la ciudad y los alrededores.

—Debo admitir que esto es agradable —comentó Jandrio, acodado sobre el firme borde de metal.

Ambos nos habíamos separado de Syndra y Ádellet, quienes estaban viendo el lado norte. Jandrio y yo, en cambio, observábamos el sur.

—Gracias —dije, mi mirada puesta en aquel horizonte donde tanto esfuerzo estaba poniendo para llegar.

—¿Gracias por qué? —preguntó Jandrio con tono confundido.

—Por haberme dicho eso aquel día en las afueras de Damten —expliqué, dándome vuelta para mirarlo—. Si no lo hubieras hecho, me hubiese tardado mucho más en darme cuenta… O quizá fuese demasiado tarde para entonces, quién sabe. Después de todo, a veces soy muy ciega con mis propios errores.

—Yo no lo veo tan así, ¿sabes? —dijo Jandrio con una sonrisa suave—. Estoy seguro de que lo hubieses logrado a tiempo, aunque es probable que no por ti misma. Y es que ése es uno de tus mayores defectos: te preocupas demasiado por el resto, descuidándote.

—¿Eso crees? 

Al final, parece que he cambiado, pensé. Me queda un camino demasiado largo por recorrer, pero ahora puedo aceptar que algo cambió en mí; ya no soy ese Bruno Ezin que se despreocupaba por el resto, abandonando a quienes lo amaban y apreciaban. Aunque lo que he estado haciendo ahora se fue al otro extremo, es mejor que lo que hacía antes… creo.

—Jandrio —dije—, ¿por qué no querías acompañarnos hoy? Te veías triste.

—No me sentía… aceptado, supongo —explicó el Guerrero Errante con una sonrisa algo melancólica—. Tenía la sensación de que, a pesar de todo, no encajaba del todo. Quería darles un tiempo en familia, pero ahora me doy cuenta de que estaba equivocado.

—Bueno, al menos lo hiciste rápido —reí—. Aunque no pueda parecerlo del todo en un comienzo, eres un gran amigo para nosotras. Gracias a ti, nuestra tristeza se ha disipado, en su mayoría, por tu compañía. Si no fuera por ti, nuestro viaje continuaría bastante sombrío. Gracias.

—No —negó Jandrio con la cabeza—, yo debería darles las gracias. Después de todo, ahora puedo redireccionar mejor mi vida debido a que ustedes me mostraron lo que significaba estar en familia, otra vez. Aunque no compartamos sangre, me estuvieron tratando como tal.

—Yo… —Quise decir, pero algo me interrumpió.

Me di vuelta, sintiendo una aterradora presión que erizaba mi piel. Jandrio también se puso en alerta, ambos viendo para todos lados tratando de encontrar aquello que tanto terror estaba infundiendo en nuestro corazones. Un miedo opresivo que parecía helar la sangre, una sensación que podría hacer temblar hasta al más veterano.

Entonces, varios gritaron de horror mientras gritaban y retrocedían, dejando espacio a dos personas. Una era una mujer que desconocía, pero el hombre a su lado era una entidad que no podría dejar pasar por alto ni siquiera si el más fuerte de los alcoholes contaminase mi cuerpo y mente.

Cabello rubio desprolijo, ojos celestes con profundas ojeras y que mostraban pura locura. Su piel parecía suave, pero era áspera al contacto. Una sonrisa aterradora que deformaba sus labios, emitiendo una repugnante y tétrica aura apenas contenida.

Era Leigong la Tempestad Ruin.

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