—Despierta, dormilona.
Cuando abrí los ojos, los rayos solares me cegaron. Apenas mi visión se adaptó y bostecé, me di cuenta de mi almohada era suave, sí, pero con algo de dureza… hasta que me di cuenta de que no era una, sino el regazo de Jandrio. El susodicho me miraba con una sonrisa.
—¡B-Buenas días! —dije casi monótamente, levantándome como si mi vida dependiese de ello.
Mierda, me quejé mientras limpiaba mis ojos, con este cuerpo me será difícil mantener mi masculinidad. ¡Malditas hormonas femeninas! ¡Y encima me siento así por un tipo que me pasa por más de diez años físicos!
En Dinrat, la edad de consentimiento es (en su mayoría) desde los diez años y, mientras exista esa autorización, el rango de edad entre una pareja no suele importar. Hay muchas veces donde esto se pasa por alto y es visto como algo medianamente común. Sin embargo, para alguien de la Tierra como yo, ¡me parecía una aberración!
—Como sea —dije con un bostezo—, ¿vamos a desayunar o no?
—Glotona —carcajeó Jandrio.
Una pequeña discusión y un desayuno demasiado ligero para mi gusto después, ya estábamos en marcha. Yendo en dirección hacia el este a paso rápido, llegamos relativamente en poco tiempo a la Ciudad de Damten. Era de tamaño medio y de calidad decente.
Apenas entramos, nos fuimos a la sede de la Liga Ilnak. Allí obtuve la recompensa por matar a los nagas (cincuenta ágranes) y, tan pronto guardé los billetes, nos dirigimos a la posada donde nos hospedábamos.
—¿Cómo pasaron la noche? —preguntó Ádellet en cuanto entré a la habitación que compartíamos los tres, su sonrisa indicando un tema peligroso.
—Bien, ¿y tú? —pregunté, sin hacerle mucho caso, a la vez que buscaba una muda de ropa limpia—. ¿Al final mataste a esos orcos?
—Casi muero, pero sí —respondió Ádellet con una sonrisa de satisfacción.
Antes de salir de Damten junto a Jandrio, Ádellet había ido a hacer una misión como mercenaria. Me sorprendió saber que logró matar a un pequeño grupo de orcos cercanos, más por el hecho de que se veía tan enérgica que por el asesinato en sí.
—¡Pero eso no es lo importante! —exclamó Syndra con una sonrisa peligrosa—. Cuéntanos sobre lo que hicieron tú y Jandrio afuera.
—Eh, más tarde —dije para zafarme del problema—. Ahora tengo que bañarme y pedirle a Jandrio que me responda algunas preguntas sobre magia.
—Oh, ¿entonces irás a su habitación? —Ádellet sonaba más peligrosa que nunca—. Tú…
—¡Se me está haciendo tarde! —exclamé, apurándome para entrar al baño con la muda de ropa y una toalla—. ¡Ya vengo!
Me escapé de la habitación y me encerré en el baño, el cual estaba conectado al dormitorio-sala. Preparé rápidamente el agua caliente en la tina de madera, desnudándome y sumergiéndome en el cálido líquido cristalino.
Ah, esto se siente genial, pensé mientras aflojaba mis tensos músculos. Sí, tratar de relajarme es lo mejor. Si sigo haciendo todo de forma tan rígida, apenas preocupándome por mí mismo, algún día me derrumbaré y echaré todo a perder. Un paso a la vez, Teressia, no la perfección inmediata.
De repente, me sentí algo confundido por esa última parte de mis pensamientos. Después de todo, pocas veces me había dicho a mí mismo por mi nombre actual. Se sentía un poco extraño el hecho de que ya lo aceptaba, al menos en parte.
Mm, hablando de cosas actuales…
Mi mirada bajó hasta poder observar mi cuerpo. Gracias al Reino Sólido y las lentas pero constantes mejoras físicas del resto de reinos mágicos, mi figura había dejado de ser escuálida. De hecho, ahora tenía una cantidad decente de músculo junto a curvas, aunque no era mucho mejor que una tabla de planchar.
Dos limones y un trapo enrollado, pensé con un ligero suspiro, el cual mezclaba alivio y resignación. El lado bueno es que así tengo menos probabilidades de sufrir por lujuriosos y que mi espalda no sufre por el pecho. El malo es que siento mi orgullo algo herido.
Desde que había renacido en Qíntico, había empezado a perderle poco a poco el gusto a las mujeres, seguramente debido a mi cuerpo femenino heterosexual. Ese cambio estuvo acompañado de otros varios, como el que ahora lo que definía como «orgullo» comenzaba a mezclarse con conceptos más femeninos como el tamaño del pecho y el trasero.
Ese tema está tomando un camino bastante indeseable, suspiré, pero al menos hay muchos más beneficios de mi nueva vida como para quejarme. Además, ¡todavía no se pierde la esperanza de mantener parte de mi masculinidad!
*
—¿El flujo marcial? —Jandrio, recostado sobre su cama, alzó una ceja.
—Sí —afirmé, sentado en el borde—, lo que sea que hiciste para ocultarlo.
Luego de un largo baño caliente y ya habiéndome cambiado de ropa, ignoré el aluvión de preguntas de Syndra y Ádellet para ir a la habitación de Jandrio. Era más estrecho y sólo tenía una cama, como era de esperarse.
—Ah, sí —asintió Jandrio, como si hubiese recordado algo—. Es una técnica simple pero dolorosa. Mi padre me la enseñó desde mi infancia y tardé una buena cantidad de años en dominarla.
» Como sabrás, el Reino Naciente se enfoca en expandir los meridianos para la fácil circulación del qí. El resto de reinos mágicos siguen de forma similar este proceso, pero mucho más lento y menos notorio, para adaptarse a la creciente cantidad de energía mágica.
» ¿Sabes cómo funciona la hipertrofia?
—Más o menos —respondí, aunque no entendía del todo el porqué de la pregunta—. Si no recuerdo mal, es romper las fibras para que se regeneren más fuertes y grandes. ¿Es esto una metáfora?
—Exacto —asintió Jandrio con una sonrisa astuta—. Imagina a los meridianos como músculos que, si los dañas, se reparan más gruesos y resistentes. Ahora, ¿entiendes para dónde va la cosa?
—No exactamente —admití.
—Ah, entendido —suspiró Jandrio de resignación—, tampoco es que sea muy intuitivo si lo digo así. Para hacerlo simple, mientras más grosor tenga el meridiano, el flujo marcial menos será visible desde el exterior. O sea, como si los meridianos fueran pisos que ocultan el suelo de abajo.
—Eso suena… ¿complicado? —No sabía cómo describirlo—. ¿Cómo se supone que se hace algo así?
—Manipula tu qí con precisión quirúrgica —explicó Jandrio—, para que ataquen los meridianos con golpes ni muy fuertes ni muy suaves. Imagínatelo como si pusieras presión en tu paladar con tu lengua, pero con un líquido dentro de gran parte de tu cuerpo.
—Bien, lo intentaré —declaré, cerrando los ojos para concentrarme.
Ya tenía una manipulación decente del qí, por lo que el problema era poner la presión justa. Si me iba demasiado para un extremo u otro, las consecuencias serían exageradamente dolorosas en el mejor de los casos. Si me pasaba de fuerza, lo peor sería que mis meridianos se rompan permanentemente y sea incapaz de usar magia. Eso o morir debido a que habría fugas de qí.
Sintiéndome bastante nervioso por lo que significaba un entrenamiento de tal calibre, actué con excesiva precaución. Si tuviese que dar una metáfora, sería como un principiante en la costura tratando de meter un hilo dentro de una aguja, pero con el triple de cuidado y lentitud.
No sé cuánto tiempo había pasado, pero estaba demasiado enfocado como para preocuparme por pequeñeces. Poniendo presión sobre los meridianos, el dolor era espantoso y mucho peor que lo que sentía en el Reino Naciente. Sin embargo, poco a poco ganaba más confianza para aumentar la fuerza.
Sentí mi piel pegajosa por el sudor, mi cabeza afectada por una migraña que no hacía más que crecer. Aun con todo el dolor que me causaba, seguí y seguí aumentando la fuerza hasta que llegué a un punto culmen, donde estaba a pocos pasos de pasarme de lo necesario.
Mierda, pensé mientras dejaba en paz el flujo marcial.
Mi camisa estaba pegada a mi piel con fuerza, el sudor cubriéndome como un manto. Mi cabeza ardía y palpitaba, la jaqueca siendo casi insoportable. El dolor que recorría cada centímetro de mi cuerpo no ayudaba en nada. Me sentía tan cansado que podría dormir durante días y mi hambre parecía insaciable.
No, eso último es igual todos los días.
—¿Y bien? —preguntó Jandrio, quien ahora estaba sostenía un libro—. ¿Qué tan espantoso fue del uno al diez?
—Veinte.
—Entonces, estás más que bien para continuar —declaró Jandrio—. Ahora, ¿puedes caminar? Ya manchaste suficiente la cama.
—Al menos dame un elixir —suspiré, sintiéndome demasiado agotado como para moverme.
—¿En serio quieres desperdiciar uno para eso? —Jandrio alzó una ceja.
—¡Sólo dame uno! —reclamé.
—Bien, bien —dijo Jandrio con un suspiro de resignación, sacando un elixir de su mochila (la cual estaba tirada al lado de la cama) y entregándomela—. Apestas, por cierto.
—Lo sé —gruñí.
*
En algún lugar de Sortrón, tiempo desconocido.
Una noche especialmente fría, las personas de la ciudad se arremolinaban frente a una casa que era consumida por las llamas hasta los cimientos. Los gritos desgarradores que provenían del interior causaban un profundo escalofrío a todos, una sensación opresiva que helaba la sangre pesando sobre todos los presentes. Todos menos uno.
Un adolescente observaba la casa en llamas con una mirada fría, el fuego iluminando suave y tenebrosamente aquella expresión carente de toda humanidad. La tristeza era inexistente dentro de aquel corazón a pesar de ver cómo toda su familia era quemada viva. En vez de sentir miedo, sorpresa o melancolía, el joven sólo sentía una cosa ante la escena.
Leigong se estaba deleitando.

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