2024/02/25

Capítulo 24: Historias alrededor del fuego

Reino de Zennug, al sur de Krulmón.

Habiendo pasado una semana desde el Torneo Mensual de Combate Amistoso, habíamos logrado salir de Krulmón y llegar a Zennug, ambos países estando en muy buenos términos debido a que alguna vez fueron parte de un imperio. Ahora nos quedaban tres naciones (contando la actual) para llegar a Irlad, algo que no era muy motivador, pero al menos era un comienzo.

Actualmente nos encontramos viajando a través de una carretera en medio de pastizales en una carreta bastante espaciosa. Syndra estaba durmiendo sobre los muslos de Ádellet, quien leía un libro sobre magia.

—¿Qué haces con eso? —le pregunté a Jandrio, quien estaba sentado a mi lado.

—Observando —respondió el Guerrero Errante, sus manos sosteniendo un mapa.

Lo había comprado al principio de nuestro viaje hacia Irlad y era del ahora renombrado Reino Vasallo de Krulmón. Debido a que lo conseguí de un geógrafo de poca monta, el mapa no era muy preciso comparado a los que tenían los libros de Dírdin, por lo que habían representaciones erradas. Sin embargo, servía lo suficiente como para guiarnos.


—¿Por qué? Si ya no estamos en Krulmón —dije, bastante confundido, antes de sacar algo de mi mochila y casi pegándoselo en la cara—. Toma esto, que es lo que en verdad necesitamos ahora.


El mapa que ahora estaba a centímetros de la nariz de Jandrio era uno que representaba a Dinrat. Gracias a que lo había conseguido de una tienda de calidad media, era mucho más preciso. Aunque faltaban múltiples islas y habían defectos aquí y allá, servía excelentemente para guiarnos.

—Ya sé, cariño —dijo Jandrio con una carcajada, apartando el mapa de su cara—. Es que sigo sin creer que me fui de mi país natal casi como si nada.

«Cariño» se había convertido en un apodo irónico que rozaba el sarcasmo, pues al bastardo le parecía graciosa la reacción que tenían Syndra y Ádellet cada vez que lo decía. Terminé acostumbrándome y a no gastar inútilmente mis energías en corregirlo, aunque a costa de mucha vergüenza.

—Como sea —suspiré con resignación mientras guardaba el mapa—, ¿todavía no vas a contarme por qué estabas coqueteando con esa recepcionista?

—¿Aún sigues con eso? —preguntó Jandrio, como si estuviese cansado—. No soy infiel, así que no te preocupes.

—¡Estaba a punto de desmayarme y tú estabas coqueteando como un imbécil! —exclamé, ignorando sus últimas palabras.

—¡Hey! De alguna forma tenía que bajar el precio de las habitaciones, ¿no? —Se escudó Jandrio.

—Tú…

—Ya dejen de discutir, tortolitos —dijo de repente Syndra con un bostezo—, que no puedo dormir bien.

—¡No…! Ah, olvídalo —suspiré de resignación.

*

Un naga es un monstruo con la apariencia de una serpiente del tamaño de una persona con escamas azules y seis brazos con una movilidad antinatural (casi pareciendo no tener huesos), siendo clasificado como una criatura de peligrosidad media. Es típico de Dinrat y posee una poderosa debilidad hacia el fuego.

Bien…, pensé. Ya.

Utilizando mi pierna derecha para impulsarme hacia adelante, desenvainé mi espada de oricalco y, en una fracción de segundo, la blandí en un tajo horizontal imbuido al máximo con mi flujo marcial. Junto a ello conjuré múltiples Bolas de Fuego, iluminando la cueva.

Los nagas trataron de esquivar inútilmente, siendo rebanados e incinerados entre siseos de agonía. El hedor a sangre llegó tan pronto como la mayoría murió, los pocos sobrevivientes siendo empalados por la rápida y precisa lanza de Jandrio.

—¡Hey! —exclamé mientras me limpiaba el sudor—. ¡Te dije que no atacaras! Se supone que mi seudocontrato con Rakuth…

—Sí, sí , ya sé —interrumpió Jandrio, sacando su lanza del cadáver de un naga, mientras usaba un tono parecido al de un niño—, pero seguramente fueses herida de gravedad si te dejaba matar al resto.

—Eso… tiene sentido —suspiré, notando la cantidad exorbitante de sudor que tenía y mi respiración entrecortada—. Después de todo, usar otro elemento además del agua me hace gastar demasiado qí. Gracias, supongo.

—De nada, cariño —dijo Jandrio con el pulgar arriba y su mejor sonrisa de galán.

En serio, algún día me vengaré de este cabrón, me prometí mientras limpiaba mi espada con una servilleta. Lo bueno es que mejora bastante el estado de ánimo. Gracias a él, el viaje ha sido más apetecible… No, desde que pisamos Vastrem lo ha sido. No sé cómo, pero ahora podemos andar con normalidad y dejar de pensar tanto en el pasado.

Las pesadillas también habían bajado bastante su frecuencia, lo que era un gran punto extra a favor. También estaba el hecho de que teníamos el suficiente dinero como para parecer personas civilizadas y no vagabundos que se mueren de hambre.

—Ya es bastante tarde —comenté mientras salíamos de la cueva donde los nagas tenían su guarida—, ¿qué quieres hacer?

—Damten está a casi dos horas de distancia... —dijo Jandrio, poniendo una mano en su barbilla y mencionando la ciudad donde nos hospedábamos temporalmente, al norte de Zennug—. Ya deben ser… ¿las diez u once de la noche? Demasiado tarde como para que nos dejen entrar.

—Entonces, ¿hacemos un campamento cerca? —sugerí, ambos atravesando un sendero que nos guiaba a la carretera principal.

—Suena bien —asintió Jandrio—, pero lávate primero; apestas a sangre.

Un poco de magia del agua para lavar mi ropa y cuerpo después, ambos estábamos reunidos cerca de la carretera. Armamos rápidamente un improvisado campamento y, como no tenía sueño, decidí quedarme despierto un rato.

Debido a que no teníamos ningún artefacto de iluminación, tuvimos que crear una fogata. El clima empezaba a aumentar con el pasar de los días debido al cercano verano, pero el frío seguía presente durante las noches y no se podía desperdiciar qí en calefacción cuando se estaba de guardia.

—Sabes, Teressia —dijo Jandrio de pronto, sentado con la espalda recostada sobre el tronco de un árbol—, me parece curioso.

—¿Qué? —pregunté, confundido.

—Tu grupo —explicó Jandrio—. Una sanadora, una emisora de fuego y una potenciadora de agua. Una madre, una hermana mayor y una hermana menor. Una pequeña familia al que le falta un integrante y encima está inmiscuida en un largo y agotador viaje.

» Sé que puede ser insensible de mi parte, pero, ¿podrías contarme qué les pasó?

—La vida siempre tiene algún giro de mal gusto —suspiré con tristeza, recordando la noticia de Vruwyn y el Pueblo de Dírdin siendo consumido por las llamas—, eso fue lo que pasó. Supongo que conoces la reciente guerra entre el Imperio wandiolense y Krulmón, así que te puedes hacer una idea.

—Sí, lo hago —asintió Jandrio—. Es por eso que no pregunté hasta ahora, pues ya sabía más o menos lo doloroso que podría ser lo que les ocurrió. ¿Cuántos años tienes?

—Nueve, ¿qué tiene que ver? —Estaba algo confundido.

—Para apenas estar entrando en la adolescencia, te comportas más como una adulta —explicó Jandrio—. A tu edad, una persona estaría comportándose sin preocupaciones y disfrutando la compañía de su familia y amigos. Ya sabes, lo típico.

—¿A qué quieres llegar?

—Creo que te estás sobreexigiendo —afirmó Jandrio—. Siempre pareciera que estás tratando de hacer todo lo posible, como si tu objetivo fuese lo único que tienes en mente. No te importa nada más que cumplirlo.

—Jandrio —dije con seriedad—, sé que te preocupas por mí y todo. Lo aprecio, tenlo seguro, pero creo que no dimensionas mi… No, nuestra situación. Las tres pasamos por un momento demasiado duro como para digerirlo bien, dos golpes continuos seguidos de mucho más sufrimiento para ser exactos.

» Ahora mismo, ir a Irlad lo significa TODO en nuestras vidas. Nuestro p-pueblo, Dírdin, fue arrasado y mi… p-padre, Vruwyn, a-asesinado… Llegar a nuestro destino n-nos dará un nuevo hogar y una o-oportunidad para salir adelante.

El recordar y mencionar la destrucción de Dírdin y la muerte de Vruwyn me entristecieron, sintiendo cómo las lágrimas querían salir. Me sentía raro por el hecho, pues era más sentimental de lo que debería, teniendo en cuenta cómo estábamos llevando las cosas hasta el momento.

—Mi aldea, al oeste de Krulmón, fue destruida por demonios —declaró Jandrio, su tono extremadamente melancólico—. Vi a mi familia, amigos y conocidos siendo despedazados. Logré salir vivo sólo gracias al sacrificio de mi padre.

Su puño derecho temblaba mientras su ceño se fruncía, pero su voz era firme.

—Desde entonces —continuó—, quise hacerme más y más fuerte. Quería evitar perder a más personas en mi vida y me enfrasqué en un viaje donde batallaba sin cesar, ayudando indirectamente a varios. Sin embargo, algo andaba mal… ¿Sabes por qué me gané el apodo de «Guerrero Errante»?

—Porque vas de un lado a otro, ¿no?

—No —negó Jandrio con una sonrisa suave—, sino porque tenía miedo. Estaba aterrorizado de tener cariño hacia alguien y perderlo, sintiéndome igual o peor que cuando mi aldea fue destruida. Tarde fue cuando me di cuenta de que el sentido de mi viaje no era nada más que yo tratando de evitar mi trauma de alguna forma, matando para desahogarme.

» Conozco bastante el sentimiento que tienes, por lo que te puedo asegurar que sé que no es lo correcto lo que haces. Aunque estoy lejos de superar mi trauma por completo, aún puedo aconsejarte.

—… —Me quedé en silencio un momento—. ¿Cuál?

—Centrate tanto en un solo objetivo hará que ignores todo lo demás —explicó Jandrio—. ¿Sabes siquiera lo que sienten tu madre y tu hermana? Están preocupadas por ti, viendo cómo te sobreesfuerzas cada día y te vas rompiendo.

—Eso… —Quería refutarlo, pero las palabras no salieron.

Vi mis manos callosas, cerrando los ojos. Me sentía cansado, un sentimiento más profundo de lo que debería. No era sólo mi cuerpo, sino que mi mente también sufría.

Un síndrome de Atlas, ¿eh?, me dije, sintiéndome como un estúpido. Tratando de corregir los errores de mi vida pasada, sólo me he ido a un extremo insalubre. Ahora estoy cargando más responsabilidad de la que debo y encima no estoy pensando en los sentimientos de mamá y Ádel, que es lo que se supone que estoy haciendo.

Pasé mis manos por mi cara, soltando un largo suspiro.

—Perdón —dije—, yo…

—¿Por qué deberías pedir perdón? —interrumpió Jandrio con una sonrisa—. Todos cometemos errores, ¿sabes? Aún no has llegado a un punto de no retorno y encima empiezas a darte cuenta de tu equivocación. Siempre hay una oportunidad para hacer las cosas bien, Teressia.

Me acarició el cabello, lo que me entristeció un poco. Me hacía recordar que, a pesar de tener una segunda oportunidad, volvía a cometer los mismos errores y encima era tratado con cariño.

Si tan solo supieras quién fui, pensé, no estarías diciendo eso. Sin embargo, supongo que tienes razón. Siempre hay una segunda oportunidad, es la persona quien decide si tomarla o no.

—Gracias.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario