2024/02/24

Capítulo 15: Una pesadilla real

«Cuando tus facciones se reflejen en las aguas rojas, tu destino se torcerá de forma irremediable.»

Mi estómago se revolvió, los gritos de Ádellet siendo opacados por un fuerte pitido en mis oídos. Sentía que estaba a punto de vomitar, cayendo hace atrás mientras mi cuerpo temblaba.

El río se estaba llevando miembros desmembrados, algunos que pude identificar. La cabeza del herrero, el brazo con una distinguible cicatriz perteneciente al carnicero, la pierna maltrecha de una de las profesoras.

Espera, ¿ésa no es la cabeza de…?, mis ojos reconocieron una cara conocida que flotaba en el río.

Rorgva. La misma profesora Rorgva que me daba clases a mí y a mis compañeros. La misma que tenía su cabeza decapitada con una expresión de horror, el río llevándosela. Le siguieron la cabeza de Áranqi y varios amigos, conocidos y compañeros de escuela. La de Falein no era una excepción. 

—Oh, mierda. —Desvié la mirada y me arrodillé, mirando el suelo mientras sentía algo tratar de subir por mi garganta.

Vomité.

Esto no puede ser verdad, ¿no?, pensé cuando escupí todo lo que tenía mi estómago. No puede ser real todo esto, ¿no? 

Tenía que ser una pesadilla. Una horrible pesadilla.

¿Cómo era posible que todos en Dírdin muriesen? ¿El Ejército wandiolense llegó hasta aquí? ¡Ni siquiera recibimos noticias de una invasión a Runval, mierda! ¡Es la ciudad más cercana y más propensa a ser atacada!

—¡T-Teressia, Teressia! —La voz de Ádellet logró superar el pitido en mis oídos, sacándome de mis pensamientos.

Ádellet tenía lágrimas en los ojos, su pecho inflándose y desinflándose una y otra vez. Me agarraba de los hombros con fuerza, moviéndome hacia atrás y adelante.

—¡T-Tenemos que ir a c-contarle a mamá s-sobre esto! —dijo Ádellet entre lágrimas y mocos, su voz quebrándose.

—S-Sí, ¡tienes r-razón!

Esto es una pesadilla, nada más que eso. Y, si esto es una pesadilla, en algún momento tendrá que acabar, ¿no?

Corrimos hacia donde estaba Syndra, quien en ese momento estaba guardando el mantel. Al vernos, nos miró con una expresión confundida mientras preguntaba:

—¿Por qué tanto griterío? ¿Cuál es el problema?

—¡D-Dírdin! —respondió Ádellet con voz quebrada—. ¡Ése e-es el p-problema! ¡H-Hay que ir de i-inmediato!

Syndra se mostró confundida mientras Ádellet la agarraba por el brazo, casi arrastrándola hacia el pueblo. Mamá giró la cabeza hacia el río, notando la sangre y miembros desmembrados que flotaban.

Su expresión cambió por completo a una de preocupación, su cuerpo temblando y su rostro palideciendo. Balbuceó algo mientras nos dirigíamos hacia Dírdin, pero no logré entender una sola palabra. Sus ojos estaban vidriosos.

Atravesamos el bosque con paso rápido, casi tropezándonos más de una vez. Estábamos tan apurados que ni siquiera hablamos sobre la situación ni notamos la luz a lo lejos.

Y, entonces, lo vi.

—¡O-Oh, por L-Lóndirra! —Syndra cayó de rodillas, sus ojos derramando lágrimas.

Ádellet le siguió, sollozando.

Esto no puede ser real, mis manos temblaron, mi rodilla derecha cediendo y un potente pitido azotando mis oídos.

Fuego. Las llamas estaban consumiendo todo, un humo negro plagando el cielo. Las murallas estaban destrozadas, cabezas humeantes de los guardias estaban clavadas en picas enfrente de la entrada destruida.

—J-Ja, ja… —Sentía líquido resbalar por mis mejillas, mi voz quebrándose.

Qué absurdo, qué estúpidamente absurdo.

Mi esfuerzo de una vida normal se hacía añicos. Una segunda oportunidad que no puedo aprovechar como debería. Por mucho que lo intente, no logro hacer las cosas bien.

Primero la muerte de Vruwyn y luego la destrucción de Dírdin. No pude siquiera tratar de convencer a mi nuevo padre en este mundo para que no vaya a la guerra, ni pude evitar la masacre del pueblo.

No puedo hacer nada bien.

No importa cuánto lo intente, siempre pasa lo mismo, pensé con frustración. Termino por hacer las cosas de la peor forma posible. Primero en la Tierra como Bruno Ezin, convirtiéndome en un drogadicto ladrón y asesino, y ahora en Qíntico como Teressia Górmot, sin haber tratado de evitar la muerte de Vruwyn y la masacre de Dírdin.

Bajé la mirada, encontrándome con la empuñadura de mi espada.

Esto no tiene sentido, pensé, agarrándola con fuerza con mis temblorosas manos. Sigo haciendo las cosas mal sin poder evitar nada. No tengo lo que se necesita para mejorar, para ayudar a los que amo. Todo sigue siendo igual desde que reencarné.

¿Tenía sentido seguir con esto? ¿Continuar sufriendo mientras trato inútilmente de mejorar como persona? Quizás siempre me engañé a mí mismo, haciéndome pensar que podría ser mejor hombre. Que dejaría de ser ese drogadicto ladrón y asesino de la noche a la mañana.

A fin de cuentas, parece que sigo siendo el mismo Bruno Ezin de siempre.

De repente, el pitido en mis oídos permitió entrar otro sonido. El de un llanto, el de lamentos femeninos. El de dos almas que derramaban lágrimas de tristeza.

Levanté la mirada, viendo a Syndra y Ádellet abrazadas mientras sollozaban. Ambas temblaban mientras el césped bajo ellas se mojaba por las lágrimas que caían como una cascada. Sólo podía ver sus espaldas, pero estaba seguro de cómo eran sus expresiones.

Tristes.

Volví a bajar la mirada, notando cómo mi espada estaba por salirse de su vaina. Yo estaba a punto de desenvainarla, dispuesto a quitarme mi vida y tener la esperanza de dejar de pensar para siempre, para dejar de cometer error tras error.

¿Qué se supone que estoy haciendo?, pensé mientras ponía mi espada en su vaina.

Estoy haciendo lo mejor que puedo. Traté de ser mejor persona en este mundo, refinando mi cuerpo, magia y habilidades sociales. Ayudé con lo que podía a mi familia, amigos y conocidos.

Vruwyn no iba a cambiar de opinión sobre ir a la guerra porque había sido llamado por su patriotismo y amor hacia nuestra familia. Si se negaba, hubiese estado viviendo con el remordimiento de habernos ayudado más. Escapar con todo el pueblo sólo nos haría un objetivo más grande, mientras que hacerlo nosotros solos sería peor que morir por la culpa.

Dírdin debió ser atacada por el Ejército wandiolense. Yo había tratado de llevar a Syndra y Ádellet a un lugar tranquilo y lindo donde podríamos pasar tiempo en familia y poder superar, como mínimo, una parte de la muerte de Vruwyn. Incluso si hubiese estado en el pueblo, no podría haber acabado con los guerreros wandiolenses teniendo sólo cinco años y poder marcial tan débil.

Sigo siendo humano; cometo errores, pudiendo aprender de ellos, pensé, tratando de ponerme de pie. Es apresurado sacar conclusiones ahora, con sólo nuevo años luego de reencarnarme. Tengo muchos errores por cometer y muchos más por aprender.

Logré ponerme de pie, inhalando y exhalando para calmarme. Me limpié las lágrimas y los mocos, poniéndome erguido mientras miraba Dírdin.

Yo no maté a esta gente. Yo no los despedacé ni los tiré al río. Yo no quemé el pueblo, me dije. Esto es culpa del Imperio wandiolense, no mía. El imperio es quien merece ser castigado por esto, no yo.

Me iba a vengar algún día. El Imperio wandiolense masacró a la gente que me cuidó como uno más de ellos, destruyendo la casa que me dio cobijo y la de quienes me importaban.

El imperio iba a recibir su merecido. Juré que yo mismo sería quien se lo daría, cuando obtuviese el poder suficiente.

Sin embargo, eso no importaba ahora.

Tenía una madre y una hermana a quienes proteger, a quienes darle una razón para seguir adelante y que no rindan luego de ver cómo todo lo que amaban se hacía añicos. Vruwyn ya no estaba y tenía que ser yo quien hiciese esa laboriosa tarea.

Así que, moviéndome entre la ceniza y humo que llevaba el viento, fui donde estaba Syndra y Ádellet. Las abracé, limpiando sus lágrimas y mocos, antes de pedirles:

—Vayámonos, por favor.

*

Mientras tanto, en la Provincia de Wífaris (donde se encuentra la capital), Ciudad de Vóriya.

A lo largo de los siglos se convirtió en una gran extensión de edificios de piedra, murallas de varios metros de alto, calles pavimentadas y llenas de gente. La ciudad estaba bien fortificada, con una defensa que consistía en magos tanto emisores como potenciadores, artefactos como las catapultas mágicas y un terreno despejado a los alrededores, poniendo a cualquiera como un blanco fácil.

Sin embargo, ni todo eso evitó que la llegada del Ejército Wandiolense se convirtiese en su devastación.

—¡Preparen las catapultas! —ordenó el general Jantrón, un hombre de cuarenta años con cabello negro y ojos negros, a la unidad de esclavos que tenía enfrente.

Los esclavos frente a Jantrón se apresuraron a correr hacia las catapultas sobre las murallas. Allí hicieron los procedimientos adecuados, activando la función de acumulación de los artefactos, quienes usaron el qí del ambiente para crear proyectiles mágicos.

La marea viviente frente a Vóriya no dejaba ver el césped debajo. Las armaduras negras, las espadas, las lanzas, las ballestas, los arcos y los escudos, una bandera negra con un círculo rojo en el centro que contenía un dragón azabache. El ejército de Wandión demostraba su poderío en una auténtica masa de carne, metal y magia.

Y, liderando en el frente, estaba el más temido de todos del ejército.

Era un hombre de cabello gris descuidado, ojos púrpuras que parecían ver el alma, complexión delgada pero musculosa y 1,82 metros de altura. Aparentaba tener más de treinta años, con múltiples cicatrices en el rostro y vistiendo una armadura ligera de color negro, una espada colgando de su cintura.




Uno de los emisores sobre las murallas soltó un chillido cuando reconoció al hombre.

—¡E-Es Jeglorián! ¡Jeglorián Írnadun! —exclamó el hombre con horror puro.

—¡¿Q-Qué?! ¡¿El Destrozaejércitos?! —El emisor que estaba a su alrededor tembló con sólo escuchar el nombre.

—¡E-Estamos muertos! —gritó un potenciador con horror.

—¡Cálmense todos! —ordenó el general Jantrón, aunque él mismo estaba temblando—. ¡No pierdan la compostura y ataquen con todo lo que tienen en cuanto se los ordene!

Entonces, Jantrón vio al ejército frenar, siendo Jeglorián el único que continuó marchando. Llegó hasta la entrada de Vóriya, sin miedo a pesar de tener cientos de magos lanzadores apuntándole con conjuros preparados y magos marciales con espadas desenvainadas e imbuidas con flujo marcial.

—¡Ríndanse, voriyanos! —gritó Jeglorián con voz grave.

Todos en las murallas tragaron saliva ante la declaración, muchos dudando sobre si continuar y rendirse. Incluso el general Jantrón dudó, pero su misión estaba clara.

—¡Larga vida a Krulmón! —Desenvainó su espada, su flujo marcial distribuyéndose equitativamente por todo su cuerpo y arma.

Las catapultas lanzaron sus proyectiles mágicos imbuidos con todos los elementos, los emisores enviaron decenas de conjuros y los potenciadores bajaron de las murallas. Un aluvión de magia llovió sobre Jeglorián y su ejército.

Sin embargo, él sólo sonrió cruelmente y desenvainó su espada.

*

Mientras más avanzan en su magia, más fuertes, rápidos y resistentes se vuelven. Mientras más progresan, más peligrosos se vuelven. Los potenciadores son bestias que, con cada avance, se convierten poco a poco en depredadores.

Y ni siquiera catapultas mágicas, emisores y potenciadores lograron vencer contra uno que alcanzó el Reino de la Alta Maestría.

Jeglorián agarró la cabeza decapitada del general Jantrón, levantándola con una sonrisa cruel y triunfante. Entre los escombros, cadáveres y armas destruidas, el Maestro de Espadas se veía como la auténtica parca, reclamando las vidas de la gente de Vóriya.

Sus ojos púrpuras brillaron como los de un demonio.

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