Qrae’jazka es un dios del caos conocido como la «Bruma Corrupta». No se sabe cómo, pero logró esparcir una maldición indestructible por Qíntico que convierte a los cadáveres en criaturas llamadas draugar.
Son, en esencia, zombis. Poseen fuerza sobrehumana, llevando consigo el inconfundible hedor a putrefacción y un hambre insaciable de carne humana. La única forma de evitar que alguien se convierta en un draug es cremar el cadáver antes de que se cumplan 24 horas desde su muerte, momento en que se transforman.
Qué asco, pensé con cierta urgencia de vomitar.
Esta semana les había pedido a Vruwyn y Syndra si tenían un libro sobre magia, pero (para mi desgracia) el único que tenían había sido destrozado por Ádellet durante su revoltosa infancia. Estábamos por ver si alguien en Dírdin tenía uno, cuando mamá sugirió que fuéramos a la Ciudad de Runval, pues ella ya tenía planeado ir para conseguir algunos ingredientes para el cumpleaños número 19 de mi hermana mayor.
Por cierto, actualmente Vruwyn tiene 43 y Syndra tiene 39. Gadwil ya debería haber cumplido veinte y está viajando de regreso tras su educación en la Academia de Artes Militares Romtus.
Montados a caballo, los tres viajamos hacia Runval. Ádellet, ya en el Reino Constructivo, se quedó para trabajar como guardia, su oficio temporal hasta que consiga avanzar en las artes mágicas para volverse una profesora en la prestigiosa Universidad de Prácticas Arcanas (UPA), una institución en el Reino de Irlad.
Durante el doloroso camino (pues andar a caballo por primera vez me incomodaba bastante), nos encontramos con un draug. Al parecer, el pobre tipo había sido asesinado por bandidos a un lado de la carretera según sus ropajes típicos de un comerciante y al carruaje tirado.
Vruwyn sólo necesitó un movimiento de su espada para decapitarlo, una de las formas de matar a un draug. Las otras opciones son atravesar el cerebro o directamente destrozar por completo la cabeza.
Ya me había empezado a acostumbrar a matar monstruos y qüelios, pero aún me picaba el remordimiento de acabar con una vida. Ver a un cadáver putrefacto de lo que alguna vez fue una persona y que encima se estuviese moviendo para devorarme me provocaba un profundo sentimiento de repulsión.
—Bien, continuemos. —Y, como si no hubiese sucedido nada, Vruwyn siguió cabalgando.
—Querida, te veo un poco pálida —dijo de repente Syndra, quien estaba detrás de mí—. ¿Quieres que paremos para descansar?
—No, estoy bien —respondí, tomando un poco de aire para tranquilizarme por completo—, sólo me causa… algo de asco y pena lo del draug.
—Bueno, es un avance —comentó Vruwyn—; la primera vez que viste a uno te desmayaste y te orinaste encima.
—¡H-Hey! —La mención del vergonzoso hecho provocó un aumento de temperatura en mi cuerpo y un profundo rubor—. ¡D-Dijiste que no lo contarías!
—No pasa nada, cariño —dijo Syndra con una risita—. Son cosas que pasan y listo, no hay de qué preocuparte. Yo la pasé peor en mis tiempos.
—¿Tus tiempos? —Alcé una ceja.
—Sí, cuando era mercenaria —respondió Syndra—. Apenas cumplí la mayoría de edad, me aventuré por el reino junto a tu padre. Ambos pasamos un par de años trabajando de eso y hasta creamos un pequeño grupo llamado Veneno del Sabueso. Fueron tiempos peligrosos, pero llenos de diversión.
—Interesante —dije para mí mismo con un asentimiento—. ¿Eran sólo tú y papá o habían más integrantes?
—Teníamos a unos cuatro compañeros —explicó Syndra—. Eran Drasior, Keishara, Tryshna y Ardreth. Hacíamos buen equipo, lástima que por una equivocación perdimos a Drasior en una mazmorra.
En Qíntico, las mazmorras llenas de monstruos existen. Son fortalezas subterráneas creadas por los dioses del orden para que los humanos pudiesen entrenar, aunque varias fueron corrompidas por los dioses del caos para convertirse en nidos de monstruos que destrozan la naturaleza circundante, pues dichas criaturas siguen teniendo necesidades básicas como comer, beber y defecar.
Syndra, al contar el hecho, mostró una expresión triste y un tono algo deprimido. Pero, para mi sorpresa, desaparecieron casi al instante y fueron reemplazados por una suave sonrisa.
—Ahora eso está en el pasado —dijo—, por lo que no vale la pena lamentarse de algo que no se puede cambiar. Drasior era bruto y cometió una grave equivocación, tratamos de ayudarlo y lo perdimos en la mazmorra. Lo hecho, hecho está.
Qué estoica, admiré.
*
Esa misma noche, antes de la cena.
Sentado sobre el sofá, tenía entre mis manos un libro común sobre magia. En él se listaban los conjuros y hechizos, de los más simples hasta los más complejos. También tenía una guía de cómo lanzar magia.
Bien, veamos…
Ya habiendo leído la guía y elegido un conjuro, seguí los pasos requeridos para el lanzamiento de magia: mover el qí por los meridianos hasta la zona seleccionada, imaginar los efectos del conjuro/hechizo y mezclar el qí interno con el externo.
El conjuro que había elegido era «Brisa Secadora», el cual evoca un viento seco, la velocidad radicando en lo que el mago desee. Es una magia básica que hasta los niños pueden realizar y muy fácil de manejar, por lo que las posibilidades de romper algo dentro de casa eran escasas.
Cerré los ojos, manipulando mi qí para moverlo a través de los meridianos hacia mi mano derecha. El tortuoso proceso era doloroso, pero menor a lo que al principio del Reino Naciente. Soporté la aflicción, ahora imaginando los efectos de la Brisa Secadora.
Un viento suave y seco, pensé para guiarme un poco mejor. Como dice el nombre: una brisa sin humedad. Una pequeña y ligera ventisca, como una secadora de pelo de baja potencia… Sí.
Apenas mezclé el qí interno con el externo, abrí los ojos para ver los resultados.
Mis expectativas no eran altas, pero me sigue decepcionando un poco, pensé mientras sentía cómo mi mano derecha desprendía una brisa demasiado ligera, casi imperceptible. Apenas podía mover mi ropa.
—Agrégale un poco más de qí —sugirió Ádellet, quien estaba sentada a mi lado. Ahora se veía como una adulta joven, con un cuerpo algo voluptuoso y una belleza un poco envidiable.
Sólo asentí ante sus palabras, siguiendo su consejo. Imbuir con más qí el conjuro obviamente me agotó más y aumentó el dolor de los meridianos, pero hizo que la Brisa Secadora finalmente pareciese una secadora de pelo mágica.
Uh, esto es raro, pensé mientras sentía cómo el lanzar el conjuro me provocaba un sentimiento desconocido y difícil de describir, como si fuese una picazón en la nuca. Además, el gasto de qí había sido significativamente mayor de lo que debería.
Identificando el problema con la ligera discordancia entre mí y la magia del aire, salí al patio trasero junto con el libro para practicar más libremente. Ádellet me acompañó, seguro por curiosidad y para guiarme.
Veamos… «Disparo Pétreo» suena bien, pensé mientras leía el libro.
Siguiendo los mismos pasos que antes, soportando el dolor de los meridianos, conjuré la magia básica de tierra. En mi mano derecha se materializó un trozo de roca con forma de bala, la cual salió disparada hacia el frente. Como era de esperarse al ser un potenciador, el conjuro se dispersó a pocos metros.
Parece que tampoco es mi afinidad, calculé al tener el mismo sentimiento y gasto excesivo de qí. Probemos con otro, entonces. Haber… «Disparo Fluvial» es del mismo rango que Disparo Pétreo, siendo su versión acuática, así que debería estar bien.
Estaba por probar con la magia del fuego, pero decidí dejarla para el final. Después de todo, quisiera no provocar un incendio en mi patio.
Mismos pasos y mismo dolor después, en mi mano derecha se materializó una masa de agua esférica. Un Disparo Fluvial salió arrojado hacia adelante un segundo después, el conjuro dispersándose casi a la misma distancia que el anterior. Esta vez, el sentimiento de discordancia era inexistente y la cantidad de qí fue normal.
Mi afinidad elemental es con la magia del agua, ¿eh?, pensé. No está mal, supongo. Se supone que es la que representa el cambio, así que tiene muchos usos. Por lo menos no moriré de sed fácilmente.
Sólo por si acaso, decidí probar con la magia del fuego. Una «Bola de Fuego» y ayuda de Ádellet para apagar las llamas después, comprobé que no tenía afinidad.
—Bueno, al menos puedo seguir usando el resto de elementos —murmuré para animarme ante las malas noticias.
—Parece que ahora somos más opuestas —comentó Ádellet con una sonrisa suave, como si la situación le pareciese cómica.
—¿A qué te refieres? —Estaba algo distraído, por lo que pregunté sin pensar mucho.
—Soy una maga de fuego, ¿recuerdas? —explicó Ádellet—. Ahora que descubrimos que eres una maga de agua, somos más opuestas; una emisora de fuego y una potenciadora de agua.
—Sí, suena hasta irónico —confirmé con una risita.
El tiempo pasa rápido, ¿no?, pensé mientras entrábamos de vuelta a casa. Ya han pasado ocho años desde reencarné aquí. Vruwyn y Syndra ya están entrando a la mediana edad, Ádel es toda una adulta y yo me estoy volviendo una mejor versión de mí mismo.
Sentía que había avanzado mucho en tan poco tiempo. ¿Quién diría que ese bastardo de Bruno Ezin se convertiría en lo que soy ahora? Claro, aún me falta un largo camino por recorrer, pero esto ya puede considerarse un logro por sí mismo.
*
—¿En cuánto tiempo lo harán? —preguntó un hombre joven de cabello negro bien peinado y ojos rojos. Estaba sentado dentro de una elegante habitación, vistiendo ropajes cómodos y de alto valor. Su mirada era penetrante, como si fuese un depredador esperando a que su presa se rinda.
—No seas impaciente, niño —respondió un hombre que, en apariencia, era de una edad similar. Su cabello blanco era desprolijo, con una venda manchada de sangre reciente cubriendo sus ojos. Su piel parecía suave, pero era áspera al contacto. Una sonrisa aterradora se formaba en sus labios, emitiendo una repugnante y tétrica aura apenas contenida.
A pesar de su mirada, Qivssen Oletior, hijo del presidente de la República de Krulmón, estaba haciendo su mejor esfuerzo por mantener la ira, pero (por sobre todo) su miedo. Por mucho que odiase la actitud soberbia y altanera del hombre que estaba frente a él, la persona con la que estaba interactuaba ocultaba un trasfondo tan horroroso que hacía temblar de terror hasta a los más valientes.
—A pesar de nuestros esfuerzos, tenemos las manos ocupadas en otras cosas —explicó ese monstruo con disfraz de humano, una metáfora que rozaba la verdad—. Lo que quieres hacer requiere más que unos simples ataques, por lo que tendrás que esperar. Si tanto quieres que suceda rápido, deberías replantearte lo del otro día.
Qivssen se tragó sus groseras palabras, sólo asintiendo. El hombre con el que hablaba sonrió de forma espeluznante, levantándose de su cómodo asiento y marchándose.
Apenas se fue, Qivssen suspiró de alivio. Sus hombros se relajaron, sintiendo que había estado al borde de la muerte durante toda la conversación. Un profundo terror se había introducido en su psique, dejándolo aterrado.
Después de todo, Leigong la Tempestad Ruin no era un simple mago.


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