2024/02/22

Capítulo 1: Prólogo

Si me dieran una moneda por las veces que hice las cosas mal, sería multimillonario. Es lo normal, pensarán. La gente comete errores, nadie es perfecto en esa vida.

Pero temo arruinarles la idea que puedan tener sobre mí. Yo, Bruno Ezin, fui de las personas más estúpidas que pisaron este planeta. 

Empecemos por el principio. Nací en una familia de clase media, de las pocas que quedan en hoy en día. Fui el tercero de los cuatro hermanos que tuve, con dos padres amorosos, tíos divertidos, primos medio tontos pero graciosos y unos abuelos muy carismáticos.

Todo bien hasta que empecé a ser un pelotudo. Mierda que la cagué cuando digo que le di la espalda a mi familia por razones que todavía no entiendo. 

La escuela era difícil y aburrida por mis compañeros poco amigables, quienes se juntaban en sus respectivos grupos y me dejaban entre los solitarios de la clase. Socialicé con aquellos que compartían mi situación, algo que ayudó y empeoró las cosas.

Me ayudó a mejorar mis habilidades sociales y a no sentirme solo, pero ellos eran chicos con poca autoestima. Decían lo malo que era la soledad, la mierda que se solía decir de ellos por parte del resto de la clase, ese tipo de cosas.

Parece que eso me llegó a afectar, ya que sentí esos mismos sentimientos cuanto más me juntaba con ellos. La soledad me dejaba sin qué hacer la mayoría del tiempo, pensando en lo bien que sería hacer juntadas con amigos sin siquiera tratar de hacer o entrar a una, lo que mis compañeros podrían estar diciendo sobre mí a mis espaldas haciéndome sentir inseguro.

Nos decíamos palabras no muy agradables para un niño en pleno desarrollo y que estaba muy cerca de ingresar a la escuela secundaria. Esas mismas palabras de auto desprecio se tallaban en la mente del otro, haciendo que más y más palabras iguales salieran, creando un ciclo de desprecio entre nosotros que, a pesar de estar camuflado por bromas, nos dañaba a cada uno.

Nuestra amistad existía, sí, pero sólo estaba mantenida por frágiles pilares de auto desprecio que nos unía con un sentimiento en común. La soledad. Algo que pronto nos llevó a que, cuando pasamos de grado e ingresamos a la secundaria, nos separáramos y dejáramos de hablarnos por siempre.

El ciclo de auto desprecio entre nosotros cambió mi forma de pensar durante todo ese tiempo. Me sentía inseguro de mí mismo por las «bromas» (a lo que llamábamos la forma de hacer a un lado nuestros problemas) que hacíamos entre nosotros, las cosas que nos decíamos.

No sé en qué pensaba cuando metí a mi familia en esa mierda. Digo, ¿por qué dejé de tratar de socializar con ellos por algo que yo mismo me decía? ¿Por qué trataba de desafiarlos por no ser personas perfectas a pesar de que yo tampoco lo era? ¿En qué carajo pensaba?

Le decía palabras dolorosas a mis padres cuando ellos sólo trataban de ayudarme con mi situación, mis hermanos tratando de hacerme sentir bien con bromas y haciéndome salir de casa sólo empeorando mi situación. Sin contar que sus amigos eran personas que me caían bastante mal.

Cuando llegó el momento de empezar el secundario, todo empeoró. Mierda que empeoró.

Me junté con tipos raros e inadaptados como lo hacía en la primaria, tratando de crear un círculo social donde podría sentirme integrado. Tratamos de hacer juntadas en el parque cerca de la escuela, nos divertíamos y reíamos juntos.

Pero no era muy diferente que mi anterior grupo. Las palabras y «bromas» de auto desprecio que nos decíamos muy de vez en cuando dañaron nuestra forma de pensar inconscientemente.

Ese auto desprecio camuflado con bromas y humor negro nos dañó. Sin embargo (¿en serio estoy diciendo algo tan elegante como «sin embargo»?), ellos pudieron hacer algo. Ellos pudieron superar sus defectos y quererse, esos chistes de auto desprecio empezaron a ser sólo eso, chistes para reírse como amigos.

Yo fui el único que no cambió, el único que no podía cambiar. No. Yo era el que no quería cambiar. Había vivido toda mi vida auto despreciándome, las bromas que me contaba cuando estaba sola me moldearon. Me convertí en una persona insegura en letra mayúsculas.

Me empecé a llevar mejor con mi hermano mayor por la misma razón. Agustín tenía una vida escolar poco bonita, su cuerpo flácido y personalidad llevándolo a ser intimidado por unos tipos de la clase de al lado.

Se metió en las drogas. Era lo único que lo hacía sentir bien. Me había preguntado más de una vez si quería probar también, pero siempre me negaba. No era ese tipo de persona, todavía no me había rebajado a tanto.

Todavía.

Mi relación con mis familiares se volvió cada vez más agria. La fase rebelde era mucho más fuerte de lo que pensaba, pues la agresividad de mis palabras hacia mis padres y hermanos provocó que me dieran bastantes golpes.

Cuando tenía quince años llegó la navidad como siempre, donde apenas hice acto de presencia. Hablé con uno que otro tío y mis abuelos, pero nada más. Comí algo y me fui a mi pieza, donde pasé el resto del tiempo.

Mierda que soy un pelotudo. Quisiera viajar en el tiempo y darle un buen golpe a mi yo del pasado. No me había dado cuenta hasta ese momento todo lo que había pasado durante ese tiempo, lo poco que había prestado atención a mi entorno. Mi familia había cambiado tanto que, ese día, fue la última navidad donde todos estuvieron juntos.

La mayoría de mis tíos se separaron y se fueron, dejándome también sin primos. Mi hermano menor había sido llevado al hospital por unos tipos de su escuela, acabando por morir. Mi maldita abuela murió por los problemas respiratorios que tenía y había ignorado, muriendo sin que pudiera despedirme.

Fue de los golpes más bajos de mi vida. Me encerré en mi pieza durante casi todo un año. En ese momento, las hormonas y el auto desprecio parecían haber desaparecido, dejándome pensar con claridad.

Mis tíos eran geniales y me visitaban seguido. Mis primos, a pesar de su tontera, daban de las mejores compañías. Mi hermano menor siempre había tratado de ser amable conmigo y muchas veces me había visto como alguien que admirar. Mi abuela era de las personas más cariñosas que conocí, y terminó muriendo sin ver por última vez a su nieto, quien estaba jugando con su celular.

Mis tíos mostraban signos de rompimiento, mis primos nerviosos realzando esta idea. Mi hermano siempre volvía a casa con moretones, las veces que me contaba cómo era intimidado lejos de poder contarse con todos los dedos de mi cuerpo y la de mis padres. Mi abuela siempre que estaba conmigo me dejaba entrever que estaba mal, sus «cuando yo no esté» siempre camuflados para que supiese que aprovechase el poco tiempo que le quedaba sin que me llorase en el acto.

Todo eso lo había pasado por alto. La mierda que contaminaba mi mente me impidió ver cosas como esas. Quería pegarme un tiro en ese momento, la estupidez que tenía pareciendo patadas en las bolas cada vez que me daba cuenta de ella. 

Pero no pasó mucho tiempo hasta que volví a ser como antes. Apenas había cambiado. Toda la mierda de «seré mejor», «haré algo con mi vida» y «no dejaré que vuelva a pasar» siendo sólo promesas vacías.

Pronto me uní al círculo de drogadictos que tenía Agustín. Eran graciosos, con un humor negro que me parecía estupendo y actitudes relajadas que daban seguridad. Fue la peor decisión que pude tomar en toda mi maldita vida.

Empecé a drogarme, a fumar y hasta a robar algunas cosas, ya que algunos de esos drogadictos también eran pandilleros, según Agustín. Una vez uno de ellos le rompió la pierna a una abuela con un fierro, yo encargándome de robarme su bolso que contenía su billetera.

En ese momento pensé: «pronto se recuperará y volverá a estar bien. Además, es una jubilada; tal vez tenga plata para pagar la posible cirugía». En serio que era una mierda de persona, una enorme.

Vi las noticias ese día. Tuve la mala suerte de estar en el canal de noticias, justo el mismo donde mostraban cómo habían roto la pierna de una anciana, robándole y llevándole a urgencias, donde acabó muriendo.

Lloré. Lloré cuando supe, aunque fuera por un momento, la mierda que fui. Un pelotudo que mataba indirectamente a una inocente abuelita. Escoria humana.

Sin embargo, ¿por qué siempre era tan hijo de puta? Lloré, sí, pero sólo hasta que me dije palabras de ánimo, tratando de hacerme sentir menos culpable. Apagué la tele y pensé en otra cosa, me distraje, traté de no pensar en la mierda humana que era.

Las cosas se volvieron cada vez peores. Me hundí en las drogas y el robo, fumando muy poco (aunque no cambiaba nada). Mis papás se terminaron por separar cuando papá engañó a mamá con la vecina.

¿Lo sabía? No, siempre estaba en lo mío. ¿Hice algo ayudar? No, pues, como dije, siempre estaba en lo mío y apenas solté unas lágrimas al enterarme. ¿Me importó? No, como la mierda humana que era.

Viví del robo y de la plata que me daba mi mamá, quien, a pesar de lo mal que la traté, siempre me amó. Maldita sea, mamá, ¿por qué dejaste que alguien así siguiera viviendo en tu casa en vez de echarlo? Quisiera volver al pasado para abrazarla de nuevo, decirlo lo mucho que la amo y lo mierda que fui para que no cometiera el mismo error.

Pero ya no podía hacer nada. Mamá murió en un accidente de tránsito. Fue de las pocas veces que fui a un funeral, de las pocas veces que lloré por un familiar y de las pocas veces que no iba drogado. 

Su ataúd fue como una patada en el estómago, no, en las bolas. Una apuñalada limpia en el corazón, una costilla rota perforándome por dentro. Lloré mientras me arrepentía de todo, diciéndole lo mucho que la amaba y lo mal que la traté a pesar de haber hecho todo por mí.

Sin embargo (otra vez elegante), todo dejó de importar cuando llegó el día. El momento en que el miedo se apoderó de mí, la sangre manchando mi cuerpo y ropa.

La puerta se rompió. Dos hombres entraron y dijeron algo sobre cierta persona. Una bala atravesó la cabeza de uno de los amigos de Agustín. Corrimos y nos escondimos. Lloramos de desesperación, ninguna forma de llamar a la policía.

—¡Perdón, perdón! —me decía mi hermano mayor una y otra vez, su voz quebrada por el llanto silencioso—. ¡Perdón por meterte en todo esto! ¡Perdón por ser un asco de hermano mayor! ¡Perdón por no ser alguien a quien admirar!

Fue lo último que dijo. Uno de los hombres lo agarró por atrás, el segundo haciendo lo mismo conmigo. Un cuchillo apuñaló a Agustín en la panza y cuello, mientras que a mí… a mí…

El blanco iluminó todo acompañado de un ruido fuerte y un desgarrador dolor en la cabeza. Sentía que iba a una increíble velocidad a pesar de estar quieto. Sentía que estaba en esas escenas de una película de ciencia ficción donde se viaja a la velocidad de la luz.

¿Morí? ¿Estoy muerto? ¿Se acabó todo? Las lágrimas velaron mis ojos, todo el arrepentimiento de mi vida golpeándome con la fuerza de un camión. Ya no había nada que hacer. Nadie con quien disculparse, nadie con quien compartir mi dolor, nadie a quien pudiera hablar.

Nada. Nada que pudiera hacer. Lloré, lloré tan fuerte que sentí que tenía la fuerza de romper el vidrio. Mi voz estaba quebrada, yo estaba quebrado. Me decía lo mierda que fui, todo lo que desperdicié y la poco que valoré.

Roto. No había otra forma de describirlo. Estaba roto, sin poder hacer nada más que llorar en desesperación. No había alegría o miedo, ningún recuerdo feliz en mis últimos momentos. Sólo recuerdos llenos de tristeza y lágrimas.

Ya no había nada más que hacer. Sólo podía esperar a que terminara este momento. Sólo podía llorar hasta que llegara adonde sea que me espera.

¿El Infierno, quizás? Sería lo justo, pues mis acciones fueron de las peores. Pero ya no me importaba. Sólo quería desahogarme antes de que todo terminase para mí.

Seguí llorando, esperando lo inevitable.

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