2024/02/25

Capítulo 18: Un nuevo oficio (Parte 1)

En cuatro días empezaba el Torneo Mensual de Combate Amistoso de Vastrem, por lo que tenía cuatro días para prepararme, tanto física como mentalmente. Eso lo sabía desde mucho antes de llegar a la ciudad, pero aún me sentía inquieto; jamás había participado en algo así, donde tendría que ser visto por toda una ciudad.

Cerca de Vastrem había un páramo desolado, donde decidí entrenar como de costumbre. No lo hacía de esa forma seguido, pues no es que hayan ese tipo de lugares por todos lados.

Vestido con mi camisa gris, pantalones negros y botas marrones me dirigí a la zona. Mi espada envainada, la misma que alguna vez perteneció a Vruwyn, se movía con cada paso, acompañándome a donde fuese.

Cuando llegué al páramo desolado, verifiqué que no hubiese nadie. No fue tan difícil, pues el lugar era un espacio abierto sólo con arbustos. Los únicos seres vivos que habían eran qüelios inofensivos y un trasgo al que maté antes de dejar el cuerpo lo más lejos posible, pues no quería que las bestias que atrajese me molestaran.

Apenas terminé el trabajo, desenvainé mi espada. Controlé mi respiración al máximo, lanzando un tajo vertical. Una y otra vez, como solía hacer para pulir mis ataques, cambiando la dirección cada varios pares de minutos.

No serviría de nada practicar técnicas complejas si no asentaba bien mis bases. Después de todo, ¿cómo podría hacer algo tan complicado si mi potencia de corte era insuficiente? Si quería atacar, debía poner énfasis en lo básico.

Estuve aproximadamente dos horas haciéndolo, parando entre respiraciones entrecortadas. Pasaron varios minutos hasta que logré recuperarme, momento en que me repetí el proceso tantas veces como pude.

Tengo un largo camino por recorrer, pensé. Y pienso caminarlo hasta el final.

*

Con el sol poniéndose y mi cuerpo agotado, regresé a Vastrem. Allí busqué a Syndra y Ádellet en el centro de la ciudad como siempre hacíamos, dirigiéndonos a una posada que ellas ya habían buscado con anterioridad.

Entramos a nuestra habitación, la cual tenía tres camas y un baño. Syndra y Ádellet se sentaron a charlar, mientras que yo fui a bañarme.

Entré en la bañera de madera, el agua caliente cubriéndome. Sentí mis músculos relajándose después de tanto tiempo, hundiéndome en la tranquilidad.

Esto me está dando sueño, pensé con un bostezo. 

Mis pensamientos divagaron por un tiempo mientras me bañaba, haciéndome replantear sobre ciertas cosas que cada vez se distanciaban de lo que podría considerarse normal. ¿Podré llegar lejos en el torneo? ¿Cuánto tiempo necesitaré para avanzar al Reino de la Cohesión? ¿Existirá una versión de la Biblia en este mundo?

Bueno, en realidad sí había una equivalencia llamada Praaráh, un libro con varias copias. El original está en posesión de la Teocracia Zeahlá, al norte del continente Qrétar, la cual es considerada como la nación más cercana a los dioses del orden debido al linaje semidivino que comparte la Familia Real.

Cuando salí de la bañera me dirigí a mi cama, poniéndome a entrenar el Reino Psíquico en un estado de meditación extrema.

El problema de dicho reino mágico es que que realizar una modificación tan drástica sobre el propio cerebro siempre representa un gran riesgo. El más mínimo error puede causar que mi mente se hundiese en un estado de completa confusión que me llevase a funcionar únicamente por instinto. En el peor de los casos, podría perder todos mis recuerdos, volverme loco o incluso desarrollar una doble personalidad cuando despertase de ese estado.

El Reino Psíquico es extremadamente peligroso, así que tenía que proceder con las mayores precauciones. Sólo me atrevía a entrenar en los momentos de mayor tranquilidad y no podía permitirme la más mínima distracción del exterior, por lo que ya había avisado a Syndra y Ádellet de no molestarme incluso con las cosas más sutiles.

Y, cuando el sol bajó por completo y la luna dominó los cielos, me dormí.

*

Una luna azul se alzaba en el cielo, las estrellas acompañándola para iluminar suavemente a Qíntico. Era un espectáculo hermoso, pero, para Syndra Górmot, sólo le recordaba la horrible realidad.

Nacida en el Pueblo de Dírdin, desde muy pequeña se juntó con un niño llamado Vruwyn, quien había llegado al pueblo de una forma… peculiar. Según él, había escapado de unos traficantes de esclavos y llegado al lugar después de una semana.

Fue adoptado por un potenciador del pueblo, Dakath, quien lo entrenó. La experiencia previa del entonces niño ayudó a desarrollar su talento hasta llegar al Reino de la Cohesión a la edad de 36 años.

Antes de ello había dejado Dírdin junto a Syndra, ambos viajando por la República de Krulmón como mercenarios del grupo Veneno de Sabueso. Se hicieron un nombre por la nación, ganando popularidad y habilidad.

Cuando regresaron a Dírdin, Vruwyn se convirtió en un protector y se casó con Syndra. Era un amor mutuo que llevó a que tuvieran dos hijas.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Syndra, esos recuerdos reviviendo el momento en que descubrió que Vruwyn había muerto. Su esposo asesinado a manos de Jeglorián Írnadun en la Ciudad de Xebrana, al norte.

Luego vino la masacre de Dírdin, el largo viaje lleno de problemas siendo el siguiente. Golpe tras golpe; todo había sucedido tan rápido que destrozó a Syndra.

Su esposo había muerto, su pueblo quemado, su gente masacrada y ahora tenían que emprender un viaje por el país para encontrar un nuevo hogar. Syndra sufría de pesadillas cada noche, sus ojos velados por las lágrimas más de una vez.

El cielo estrellado sólo le hacía recordar que todo era real, que todo lo anterior no había sido un mal sueño. Syndra deseaba con ansias más de una vez que ésa fuese la realidad; poder vivir como antes, abrazar a su esposo, hablar con sus vecinos, ver que sus hijos tuvieran una vida normal.

Todo eso era ahora sólo un sueño hecho añicos, uno que nunca podría ser realidad.

Sus ojos estaban mojados por las lágrimas, listos para derramarlas entre un largo sollozo. Sin embargo, Syndra miró al cielo como de costumbre, suprimiendo ese llanto dentro de sí misma.

En vez de llorar, en lugar de derramar lágrimas sin cesar, rezó. Oró en su mente a los dioses, especialmente a Lóndirra, por el bienestar de sus hijos, por un futuro libre de males, uno donde ella y su familia podrían volver a ser felices.

Tengo que ser fuerte, pensó luego de su corto pero sentimental rezo mental. Debo estar ahí para mis hijas, para cuando no puedan más con este duro camino que tomamos. Tengo que ser lo que necesiten en el momento en que sus rodillas cedan y sus mentes se agoten.

Syndra quería lo mejor para sus hijas y eso iba a tratar de hacer.

*

Cuando desperté realicé mi rutina de entrenamiento, tanto de calistenia como de espada. Al terminar, regresé a la posada y me bañé, despidiéndome de Syndra antes de ir junto con Ádellet a la sede del gremio de mercenarios.

—Mm —murmuré con irritación y aborrecimiento mientras caminábamos.

—Sí, un asco —susurró Ádellet con la voz más baja que pudo, su voz irradiando furia y repulsión.

Mientras atravesábamos las atiborradas calles de la Ciudad de Vastrem, pudimos ver varios estandartes del Imperio wandiolense: un cuartelado en cruz de rojo y oro con un halcón de plumaje dorado, patas y pico negros y una lengua azul. El pájaro representaba al avatar de Krateria la Diosa de la Guerra, quien se dice ayudó al fundador de la nación.

La sola vista del estandarte imperial revolvía mis intestinos y me provocaba un deseo de matar a alguien, preferiblemente a un caballero wandiolense. Además de hacerme recordar todo el sufrimiento que me provocó esa maldita nación, me hizo rememorar a cierta persona.

Esa mujer que apareció antes de que arrasaran el pueblo, recordé con rabia. Esa bastarda llevaba símbolos wandiolenses, tratándome con cariño a pesar de que estaba poniendo como objetivo del imperio a Dírdin.

Había visto el estandarte imperial una vez en un libro, pero no había podido reconocerlo en el momento y creí estúpidamente que aquella mujer no era una enemiga. Descubriendo que en realidad era Anduralia Faelbrin, una paladín wandiolense de alto rango, averigüé que era todo lo contrario.

Aunque se mostró triste, ¿qué me asegura de que no era sólo una actuación?, pensé, sintiendo cómo mis puños se cerraban por la ira. Pudo haber estado fingiendo para que yo no sospechara. Incluso si fuese real, pudo haber hecho ALGO para evitar que Dírdin fuera un objetivo debido a que es una paladín de alto rango. Mierda, ¡habían miles de opciones!

Ahora, por su culpa, la mitad de Dírdin había sido masacrada. Siguiendo la misma metodología que en el resto de pueblos y ciudades, el Imperio wandiolense seguro se llevó al resto como esclavos forzados. Podría ser que la mayoría de mis amigos más cercanos estuviese vivo, pero, ¿para qué? ¿Para que sufran el resto de sus vidas como manos de obra, sirvientes o hasta objetos sexuales?

La sola idea me hizo hervir de furia, por lo que hice todo lo posible para calmarme. Tardé varios minutos en tranquilizar mi respiración y bajar la temperatura de mi cuerpo justo cuando ya habíamos llegado a nuestro destino.

La sede del gremio de mercenarios era amplia, de dos pisos y estructura de ladrillo gris. Para ser específicos, el gremio al que nos uniríamos era la Liga Ilnak, la organización privada más grande y poderosa en su ámbito. Si no recuerdo mal, había sido fundada por la familia aristócrata Ilnak poco después de la completa colonización de Dinrat.

Cuando entramos, nos encontramos con una recepción extensa y bastante llena. Los mercenarios son conocidos por su escasa higiene debido a una mala costumbre que ganan tras tanto tiempo viajando, por lo que el olor no era el mejor. Bueno, tampoco es que yo pudiera decir mucho, ya que hasta ayer era una esponja de suciedad.

—Buenos días —dijo Ádellet, acercándose a una recepcionista—, queremos unirnos al gremio.

—Eh, bien. —La recepcionista se veía bastante confundida al verme, pero no molestó como la vieja de ayer, por lo que sacó de inmediato dos hojas de debajo del mostrador—. Firmen esto y paguen la tarifa de quince ágranes.

Un ataque a nuestras billeteras y una hoja rellena después, sólo nos quedaba hacer una prueba de admisión para comprobar nuestras habilidades y asignarnos un rango adecuado para no morir en la primera misión, al menos por ignorancia. El sistema de clasificación de la Liga Ilnak es desde el grado (o rango) quince hasta el cero, los colores de la insignia siendo: bronce desde el quince hasta el diez, plateado desde el nueve hasta cinco, dorado desde el cuatro hasta el uno y negro para el cero.

Nos llevaron hasta el salón de entrenamiento de la sede, siendo una habitación amplia de piso suave. El examinador sería un hombre de cabello azul, ojos negros y de mediana edad llamado Rakuth, quien se encontraba en el centro con una espada de madera.

—Agarra un arma —me dijo sin ningún tipo de delicadeza, señalando un mueblo repleto de armamento de madera—, porque te haré trizas.

Sí, eso no suena muy amable que digamos.

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